EL
GUERRERO DE GOR
John
Norman
Título
Original: Tarnsman of Gor
Traducción: Carlota Romero
© 1967 by John Norman
© 1981 Editorial Lidiun
Florida 336 - Buenos Aires
Edición digital: Arant
R6 11/02
1 - UN PUÑADO
DE TIERRA
Me llamo Tarl
Cabot. Mi apellido, según dicen, deriva del nombre italiano Caboto, pero yo no
sé de ninguna vinculación al respecto, tanto más que mi familia, unos modestos
comerciantes de Bristol, mi familia se caracterizó por tener un color de piel
claro y el pelo llamativamente rojo y rebelde. También mi nombre de pila es
poco común y, especialmente en mi época estudiantil, me ocasionó más de un
disgusto. Este nombre me lo dio mi padre, que desapareció de mi vida cuando yo
era aún muy joven. Lo consideraba muerto hasta que, casi veinte años después de
su desaparición, recibí de él un extraño mensaje. Mi madre falleció
aproximadamente en la época en que comencé a ir a la escuela. Los detalles
biográficos suelen ser una lectura fatigosa; por ello me limitaré a comentar
que fui un niño inteligente, bastante evolucionado para mi edad, y que me educó
una tía, que me dio todo lo que un niño puede desear, todo menos amor.
Pude también
terminar decorosamente mis estudios en la Universidad de Oxford y por fin me
encontré, adecuadamente educado, en el umbral de la vida, con la convicción de
que no podría integrarme sin más en el mundo del que me hablaban los libros.
Dado que me había desempeñado bastante bien en mis estudios de historia inglesa
me presenté como aspirante al cargo de profesor de Historia, ante varios
pequeños colleges norteamericanos. Mis profesores de Oxford tuvieron la
amabilidad de confirmar, con recomendaciones escritas, el informe algo
exagerado acerca de mi formación y, de este modo, hallé finalmente un pequeño y
liberal instituto en New Hampshire dispuesto a admitirme.
Yo estaba
seguro de que pronto se enterarían de la verdad, pero, por el momento, tenía un
pasaje pagado a los Estados Unidos y un puesto en el que podría desempeñarme
por lo menos un año. Esta circunstancia me resultaba muy grata, si bien no
podía liberarme de la sospecha de que fundamentalmente me habían incorporado
como elemento exótico; con seguridad existían otros aspirantes norteamericanos
que, exceptuando mi inconfundible acento británico, me superaban en mucho en
cuanto a conocimientos y a recomendaciones.
Los Estados
Unidos me gustaron mucho, a pesar de que en el primer semestre tuve que
esforzarme bastante para poder aventajar al menos en algo a mis alumnos. Hice
el descubrimiento poco grato de que, por el solo hecho de ser inglés, no se es
automáticamente también una autoridad en el campo de la historia inglesa. Por
suerte, mi superior, un hombre benévolo que usaba anteojos, sabía aún menos que
yo sobre el tema, o al menos así me lo hizo creer.
Las vacaciones
de Navidad me resultaron sumamente útiles; me proponía aprovechar el tiempo
libre para lograr adelantarme algo más con respecto a mis alumnos. Pero después
de todas las pruebas y exámenes del primer semestre sentí el deseo irresistible
de dejar de lado al Imperio Británico y usar mis días libres para hacer una
excursión, pensaba irme de campamento a las White Mountains, próximas a mí
lugar de trabajo.
A uno de mis
pocos amigos del instituto le pedí prestado un equipo para acampar y el mismo
me llevó en su coche hasta las montañas. Nos pusimos de acuerdo en que,
exactamente al cabo de tres días, volvería a buscarme en el mismo lugar. Mi
primera precaución fue la de revisar mi brújula, como si ya supiera exactamente
lo que habría de sucederme; poco después me encontraba caminando en medio del
bosque. No temía el encuentro con la naturaleza; más bien me sentía a gusto de
hallarme solo entre los pinos verdes y los campos de nieve.
Habría caminado
unas dos horas cuando empezó a pesarme la mochila sobre la espalda. Me detuve
para ingerir una comida fría y poco después me interné aún más en las montañas.
Al anochecer
coloqué mis cosas sobre una meseta rocosa y comencé a juntar leña para hacer
fuego. Me había alejado algunos metros de mi campamento provisional cuando me
detuve desconcertado. En la oscuridad, a mi izquierda, algo emitía un brillo
azul, sereno. Cautelosamente me acerqué al objeto. Parecía tratarse de un sobre
de metal, rectangular, apenas más grande que un sobre común. Lo toqué y me
pareció que estaba caliente. Mis cabellos se erizaron, mis pupilas se
dilataron. En el sobre se leían en letras inglesas antiguas dos palabras: mi
nombre, Tarl Cabot.
Naturalmente,
se trataba de una broma. De alguna manera mi amigo me había seguido y se
escondía en la oscuridad. Me reí y lo llamé por el nombre, pero no hubo
respuesta. Después de una búsqueda infructuosa, que me irritó bastante, llegué
a la conclusión de que había dejado el sobre con el fin de que yo lo
encontrara. Lo tomé en la mano. Me pareció más frío, si bien seguía irradiando
cierto calor. A decir verdad, era un objeto extraño.
Lo llevé a mi
campamento y encendí el fuego que debía protegerme del frío y de la oscuridad.
Respiraba con dificultad; el corazón me latía violentamente. Tenía miedo.
Moviéndome
lentamente calenté una lata de habas y las comí para desviar, mediante una
actividad rutinaria, mis pensamientos del sobre inquietante. Cuando por fin
volví a observarlo ya no estaba caliente. ¿Cuánto tiempo había estado allí en
el bosque? Casi parecería que su brillo sólo hubiera tenido como propósito
atraer mi atención, y ese propósito se había logrado.
La escritura,
que parecía incrustada en el metal, me recordaba las reproducciones de
documentos en mis libros de Historia. El sobre no tenía junturas; al pasar mi
pulgar por encima de él no dejó ninguna huella. De mala gana cogí el abridor de
latas y traté de atravesar el sobre con la punta de metal. A pesar de lo
liviano que parecía ser, opuso tal resistencia al metal, como si tuviera que
vérmelas con un yunque. El abridor se torció hacia un lado, mientras el extraño
objeto no denotó ni un simple rasguño.
Confundido,
volví a observarlo. Sobre el reverso se advertía un pequeño círculo, en el que
se veía la impresión de un pulgar. Lo limpié con mi manga, pero la mancha no
desapareció. Lo apreté con el dedo índice y no sucedió nada.
Cansado de
estas adivinanzas decidí acostarme. Durante mucho tiempo no pude conciliar el
sueño, pues me sentía solo, experimentaba una extraña soledad, como si fuera el
único ser vivo sobre el planeta. Casi tenía la impresión de que mi destino se
hallaba fuera de nuestro pequeño mundo, en otra parte, en otros lejanos,
extraños mundos del Universo.
Y de repente se
me ocurrió algo y supe qué debía hacer. Ese sobre no era una broma ni un truco.
Algo en mi fuero interno sabía la verdad, la había sabido desde el principio.
Medio dormido coloqué más leña sobre el fuego crepitante, tomé el sobre y
apreté lentamente el pulgar derecho sobre el círculo. Y tal como esperaba, como
lo había temido, el sobre, que aparentemente constaba de una sola pieza, se
abrió con un crujido.
Un objeto cayó
de él: un anillo de metal rojo con un sencillo signo, una «C». En mi estado de
excitación apenas reparé en ello. Un texto cubría la parte interior del sobre,
con la misma letra que había visto en la parte exterior.
Me quedé helado
cuando observé la fecha. La carta había sido escrita el 3 de febrero de 1.640,
hace más de trescientos años. Extrañamente, el día en que esto acontecía también
era un 3 de febrero. La firma debajo de la carta estaba escrita en caracteres
modernos.
Yo conocía esa
letra, la había visto una o dos veces sobre cartas que conservaba mi tía,
aunque no recordaba a la persona: se trataba de la firma de mi padre, Matthew
Cabot, que había desaparecido en mi temprana juventud.
El bosque
giraba a mi alrededor. Sentí que no podía moverme. Por un instante perdí el
sentido, pero de inmediato di una sacudida, apreté los dientes y me dije que
todavía estaba vivo, que no soñaba, que aquí, en mi mano, tenía una carta, que
había llegado a destino trescientos años después de haber sido enviada, escrita
por un hombre que, según nuestra cronología, debía tener unos cincuenta años.
Aún hoy
recuerdo cada palabra de esa carta:
Escrito el 3 de
febrero del año de Nuestro Señor de 1.640
Tarl Cabot,
hijo mío:
Perdóname, pero
no existe otra alternativa. La decisión ha sido tomada. Haz siempre lo que
consideres justo según tu propio interés, pero has sido elegido y no puedes
eludir tu destino. Te deseo lo mejor a ti y a tu madre. Lleva contigo el anillo
de metal rojo y tráeme, por favor, un puñado de tierra verde.
No conserves
esta carta. Debe ser destruida.
Matthew Cabot
Leí el texto
una y otra vez y mientras lo hacía me iba sintiendo extraordinariamente
tranquilo. Estaba seguro de que todavía estaba en mi sano juicio. Metí la carta
en la mochila. Debía regresar inmediatamente a la ciudad. No sabía de cuánto
tiempo disponía, pero si se trataba de algunas horas, quizá aún lograría llegar
a una carretera, un río o una choza.
Lleno de
inquietud miré a mi alrededor. De algún modo tenía la sensación de ser
observado, una sensación bastante desagradable. Me puse las botas y el abrigo,
recogí mi mochila y apagué el fuego.
Algo relumbraba
en la ceniza. Me agaché y recogí el anillo. Estaba caliente por el fuego, pero
era duro y sólido; un pedazo de realidad. Existía. Lo deslicé dentro del
bolsillo de mi abrigo.
Apremiado por
el impulso indefinido de abandonar el campamento me marché en la oscuridad. Era
algo así como desafiar al destino, porque apenas podía ver mi mano delante de
los ojos. Había avanzado a tientas entre los árboles unos veinte minutos cuando
advertí horrorizado que se incendiaban la bolsa de dormir y la mochila sobre mi
espalda. Con un movimiento precipitado arrojé lejos de mí la carga quemante.
Parecía como si estuviera contemplando un alto horno. Yo sabía que la carta era
la causa de este infierno y me estremecí al imaginar qué habría ocurrido si
hubiera guardado el sobre en el bolsillo del abrigo.
Si reflexiono
acerca de esto en la actualidad, resulta en realidad extraño que no haya huido
despavorido. Por el contrario, examiné los restos de mi bolsa de dormir con una
pequeña linterna y comprobé que, en apariencia, el sobre se había disuelto sin
dejar ningún rastro. Al mismo tiempo se percibía un perfume desconocido en el
aire.
Reflexioné
acerca de si el anillo podría incendiarse de la misma manera, pero aunque
parezca extraño, lo puse en duda.
¿Acaso no me
habían indicado expresamente que llevara el anillo y me deshiciera de la carta?
Una advertencia que, por imprudente, había desoído.
De todos modos,
todavía me quedaba la brújula, que representaba un fuerte vínculo con la
realidad. La silenciosa llamarada me había confundido; había perdido el sentido
de la orientación. Mi brújula me auxiliaría. Pero al tomar la bitácora, me
pareció que mi corazón dejaba de latir: la aguja se movía ciegamente trazando
un círculo, como si de repente ya no existieran las leyes de la naturaleza.
Por primera vez
después de haber hecho el extraño hallazgo perdí la serenidad. La brújula había
sido mi ancla, mi apoyo, algo en que confiar. Se escuchó un ruido intenso:
indudablemente mi propia voz, que estalló en un alarido repentino y asustado
que siempre recordaré con vergüenza.
Momentos
después salí corriendo como un animal aterrorizado. Ya no recuerdo cuánto
tiempo corrí. Quizá durante algunas horas, quizá sólo unos minutos.
Innumerables veces tropecé o caí, y otras tantas veces las ramas de pino se me
clavaban en la carne y me retenían.
De repente
salió la luna e iluminó la pendiente con su fría luz. Caí al suelo exhausto.
Por primera vez en mi vida había sentido un miedo incontrolable, al que me
había sometido por completo, como a una fuerza a la que no puede ofrecérsele
ninguna resistencia. Debía cuidarme de este poder. Miré a mi alrededor y
distinguí la meseta rocosa sobre la que había instalado mi campamento, y las
cenizas del fuego. Había regresado al campamento.
Sentí la tierra
debajo de mí, la presión contra mis músculos doloridos, el cuerpo bañado en
sudor. Y sabía que era bueno sentir dolor. Era importante poder sentir: eso me
indicaba que estaba vivo.
Entonces, vi
descender la nave. Durante un breve instante pareció una estrella fugaz, luego
la distinguí con claridad, como un ancho y grueso disco plateado.
Silenciosamente aterrizó sobre la meseta rocosa. Un leve soplo estremeció las
hojas en el suelo y me levanté. Al mismo tiempo se abrió una puerta en el
costado de la nave. Tenía que entrar en ella. Recordé las palabras de mi padre:
«No puedes eludir tu destino». Antes de embarcarme, permanecí un instante de
pie y recogí un puñado de tierra verde, en respuesta al pedido de mi padre.
También para mí mismo era importante tener algo que representara mi patria.
Tierra de mi planeta, de mi mundo.
2 - LA
CONTRATIERRA
Cuando
desperté, me sentía descansado. No tenía la menor idea acerca de qué había
ocurrido conmigo después de mi ascenso a la nave. Abrí los ojos, y casi
esperaba encontrarme en mi cuarto en el college. Pero no era así; yacía sobre
una superficie lisa, dura, quizás una mesa, en una habitación circular con
techo bajo. Las ventanas largas y estrechas me recordaban las cañoneras de
torres medievales. A mi derecha colgaba un gran tapiz con una escena de caza.
Un grupo de cazadores atacaba a un animal de aspecto desagradable, semejante a
un jabalí; aunque, por cierto, en comparación con los hombres, resultaba
excesivamente grande. Además tenía cuatro colmillos, que parecían tan afilados
como cuchillos.
Del otro lado
colgaba un escudo redondo con unas lanzas cruzadas por detrás. El escudo me
recordaba los escudos griegos de épocas tempranas, pero no pude descifrar los
signos que contenía. Encima del escudo había un casco con una incisión más o
menos en forma de Y para los ojos, la nariz y la boca. De las armas, que
colgaban allí de la pared, emanaba cierta dignidad severa, como si estuvieran
listas para el combate.
Aparte de estos
adornos en la pared y de dos bloques de piedra, que quizá servían de sillas, la
habitación estaba vacía; las paredes, el techo y el suelo eran lisos como si
fueran de mármol. Parecía que no había puertas. Me incorporé, me dejé deslizar
por la mesa de piedra y fui hacia una ventana. Miré hacia fuera y vi el Sol, tenía
que ser nuestro Sol. Aparentaba ser algo más grande de lo que yo recordaba. El
cielo era azul, lo mismo que en la Tierra. Respiraba libremente, y esto me
hacía pensar en una atmósfera que contenía mucho oxígeno. Por consiguiente,
tenía que estar en la Tierra. Pero cuando seguí mirando a mi alrededor, comencé
a darme cuenta de que no podía tratarse de mi planeta de origen. El edificio en
el que me encontraba parecía formar parte de un enorme grupo de torres,
cilindros planos que se extendían interminablemente, de formas y tamaños
diferentes, comunicados entre sí por puentes angostos y coloreados.
No pude
asomarme por la ventana lo suficiente como para reconocer también el suelo,
pero en la lejanía podían divisarse montañas cubiertas de vegetación verde. Desconcertado,
volví a acercarme a la mesa, contra la cual casi me golpeé la cadera. Sentí
como si, a causa de un vahído, hubiera tropezado. Di una vuelta por la
habitación y, por fin, salté sobre la mesa de la misma manera que normalmente
subo un escalón. Era diferente, era otro movimiento. Sí, debía de tratarse de
eso: una fuerza de gravitación menor. El planeta era pues, más pequeño que
nuestra Tierra y, de acuerdo con el tamaño aparente del Sol, estaba quizás algo
más cerca de él.
Mi vestimenta
consistía en una túnica roja, sostenida en las caderas por un cordón amarillo.
Vi que me habían colocado el anillo rojo con la «C». Tenía hambre y trataba de
concentrarme, pero no me servía de nada. Me veía a mí mismo como a un niño que
se encuentra de repente en un mundo de adultos completamente incomprensible.
Un sector de la
pared se desplazó hacia un lado y apareció, un hombre alto y pelirrojo. Tendría
alrededor de cincuenta años y estaba vestido igual que yo. Evidentemente se
trataba de un hombre procedente de la Tierra. Me sonrió, colocó sus manos sobre
mis hombros y dijo con cierto dejo de orgullo:
—¿Eres Tarl
Cabot?
—Sí, soy Tarl
Cabot —respondí.
—Yo soy tu
padre —dijo y me dio la mano. El gesto familiar me tranquilizó un poco. Me
sentía sorprendido, ya que no sólo aceptaba a este extraño como a un ser de mi
mundo, sino también como a aquel padre a quien no podía recordar.
—¿Cómo está tu
madre? —preguntó y sus ojos denotaban preocupación.
—Murió hace
mucho tiempo —dije.
Me miró. —De
todas fue a ella a la que más quise —dijo, y se apartó. Me sentía furioso
conmigo mismo, ya que aun contra mi voluntad sentí compasión por él. ¿Acaso no
nos había abandonado a mi madre y a mí? Pero de algún modo me sentí urgido a
acercarme a mi padre y colocar mi mano sobre su brazo, a tocarlo. Algo se
estaba moviendo dentro de mí, surgían recuerdos vagos y dolorosos que se habían
mantenido en estado latente durante muchos años.
—¡Padre! —dije.
Se irguió, se
dio la vuelta y me miró con tristeza. —¡Hijo mío! —respondió.
Nos encontramos
en la mitad de la habitación y nos abrazamos. Llorábamos los dos. Más tarde me
enteraría de que en este mundo un hombre puede mostrar sin reparos sus
sentimientos.
Finalmente nos
separamos.
Mi padre me
examinó con una mirada tranquila. —Ella será la última —dijo—. No tenía derecho
a su amor.
Luego hizo una
pausa. —Muchas gracias por tu regalo, Tarl Cabot —dijo entonces.
Lo miré sin
comprender.
—El puñado de
tierra. Un puñado del suelo de mi patria.
Asentí. Yo no
deseaba hablar ahora, quería escuchar innumerables cosas que seguramente debía
saber.
—Tendrás hambre
—me dijo.
—Quisiera saber
dónde estoy y para qué estoy aquí —contesté.
—Por supuesto
—respondió—. Pero también tienes que comer —sonrió— Mientras comes algo,
hablaremos.
Dio una palmada
y un sector de la pared volvió a desplazarse hacía un costado. Me sentí
desconcertado. A través de la abertura apareció una muchacha, cuyos cabellos
rubios estaban atados por detrás de la cabeza. Llevaba una vestimenta sin
mangas, con rayas diagonales. Iba descalza y, como único adorno, lucía un
liviano collar de acero alrededor de la garganta. Volvió a desaparecer
inmediatamente.
—La puedes
tener esta noche, si así lo deseas —dijo mi padre, que apenas pareció advertir
la presencia de la muchacha.
Yo no estaba
seguro de lo que había querido decir y rehusé.
Ante la
insistencia de mi padre empecé a comer. La comida era sencilla, pero exquisita.
El pan estaba todavía caliente, la carne parecía proceder de alguna pieza de
caza. Las frutas —una especie de uvas y duraznos— eran frescas y estaban frías
como la nieve de las montañas. Mientras yo comía mi padre comenzó a hablar.
—Gor —dijo—,
así se llama este mundo. En todas las lenguas del planeta esto significa
«Piedra del Hogar».
Hizo una pausa.
—«Piedra del Hogar» —repitió— En los pueblos de este mundo —prosiguió—, cada
choza se ha construido originariamente alrededor de una piedra plana que
formaba el centro del edificio circular. En ella se grababa el signo de la
familia y se la llamaba Piedra del Hogar. Se trataba en cierto modo de un signo
de independencia, una delimitación del espacio vital, y de que cada hombre en
su cabaña era su propio amo.
»Más tarde las
Piedras del Hogar también se utilizaron para poblados y finalmente para
ciudades. La Piedra del Hogar de un pueblo se encuentra siempre sobre la plaza
del mercado, y en una ciudad se la conserva siempre sobre la punta de la torre
más elevada. Con el pasar del tiempo a la Piedra se le atribuyeron fuerzas
místicas, despertaba sentimientos similares a los de los hombres de la Tierra
con respecto a sus banderas.
Mi padre se
había levantado y parecía que iba entrando en calor al hablar de este tema. Con
el correr del tiempo habría de comprender algo acerca de lo que sentía en ese
instante. Efectivamente existe una regla en Gor, según la cual el que habla de
las Piedras del Hogar debe ponerse de pie en señal de respeto.
—Estas Piedras
—prosiguió mi padre— naturalmente se hallan conformadas y coloreadas de manera
diferente, y muchas presentan dibujos complicados. Más de una gran ciudad sólo
posee una Piedra del Hogar pequeña, insignificante, que seguramente proviene de
la época en que la ciudad era un pueblo pequeño. Dondequiera que un hombre
coloque su Piedra del Hogar, reclama la tierra para sí. Las buenas tierras sólo
son protegidas por las espadas de los terratenientes más poderosos de la
región.
—¿Espadas?
—pregunté.
—Sí —dijo mi
padre, como si se tratara de lo más natural. Sonrió— Todavía tendrás que
aprender mucho sobre Gor —dijo— Podría decirse que existe una jerarquía en
cuanto a las Piedras del Hogar. Dos soldados que se matarían por una franja de
buena tierra, luchan juntos hasta la muerte por la Piedra del Hogar de su
pueblo o de la ciudad, dentro de cuyo radio de influencia se encuentra su
pueblo.
»Algún día te
mostraré mi propia pequeña Piedra del Hogar, que conservo en mis habitaciones.
Encierra un puñado de tierra que traje al venir a este mundo. Hace mucho tiempo
de esto —me contempló tranquilamente—. Guardaré la tierra que tú me has
regalado —dijo en voz baja—, y algún día quizá te pertenezca a ti si logras
conquistar tu propia Piedra.
Me puse de pie
y lo miré.
Se había
apartado, perdido aparentemente en sus propios pensamientos.
—De tiempo en
tiempo conquistadores o estadistas sueñan con crear una única gran Piedra del
Hogar para todo el planeta. De acuerdo con los rumores tal Piedra existe, pero
se encuentra en el Lugar Sagrado y es la fuente de poder de los Reyes
Sacerdotes.
—¿Y quiénes son
los Reyes Sacerdotes? —pregunté.
Mi padre se dio
la vuelta; parecía preocupado, como si ya hubiera dicho demasiado.
—Sí —dijo
finalmente—. Es cierto que también tendré que informarte acerca de los Reyes
Sacerdotes. Pero deja que lo haga a mi manera, a fin de que entiendas mejor lo
que voy a relatarte.
Volvimos a
sentarnos y mi padre se concentró en la tarea de explicarme metódicamente su
mundo.
En su relato,
designaba a menudo el planeta Gor como la Contratierra, una denominación que
procede de los escritos de los pitagóricos que fueron los primeros en sospechar
la existencia de semejante cuerpo celeste. Extrañamente, el Sol era llamado en
goreano Lar-Torvis, lo que significa fuego central, otra expresión pitagórica,
que sin embargo, por lo que sé, no fue aplicada al Sol. Existía en Gor una
secta que adoraba al Sol, según me enteré más tarde, pero era reducida e
insignificante en comparación con el culto a los Reyes Sacerdotes. Estos,
quienesquiera fueran, tenían para la población el rango de dioses, los más
antiguos de Gor, y, en un momento de peligro, aun al más valiente podría escapársele
una plegaria a los Reyes Sacerdotes.
—Los Reyes
Sacerdotes —prosiguió mi padre— son inmortales. Por lo menos eso es lo que aquí
cree la mayoría.
—¿También lo
crees tú? —pregunté.
—No lo sé.
Quizás.
—¿Qué tipo de
seres humanos son?
—No se sabe si
se trata de seres humanos —contestó mi padre.
—Y entonces
¿qué son?
—Quizá dioses.
—¡Pero tú no
crees eso!
—¿Por qué no?
—dijo—. Un ser que está por encima de la muerte y posee un poder y una
sabiduría inimaginables bien podría merecer ese nombre.
No respondí.
—Más bien
supondría —prosiguió mi padre— que a pesar de todo los Reyes Sacerdotes son
seres humanos; hombres como nosotros, o al menos organismos humanoides de
alguna especie, dotados de una ciencia y una tecnología tan superiores a las
nuestras como lo es el desarrollo del siglo veinte frente al saber de los
antiguos astrólogos y alquimistas.
Esta suposición
de mi padre me parecía fundamentada.
¿Acaso la
tecnología del sobre, la desconexión de mi brújula y la extraña aeronave no
parecían confirmar que aquí actuaban seres con poderes extraordinarios?
—Los Reyes
Sacerdotes —me dijo— tienen su Lugar Sagrado en las Montañas Sardar, un
desierto en el que nadie puede internarse. Para la gran mayoría, el Lugar
Sagrado es tabú. Hasta ahora nadie ha regresado de esas montañas.
Mi padre
parecía mirar al vacío.
—Ha habido
casos de idealistas y rebeldes que hallaron la muerte en las pendientes heladas
de los Montes. Si uno desea aproximarse debe ir a pie, pues nuestros animales
no se atreven a acercarse al lugar. Miembros de los cuerpos de algunas personas
que habían buscado refugio allí se encontraron en las llanuras, como pedazos de
carne arrojados para alimento de los animales de rapiña desde una distancia
inconcebible.
Mi mano agarró
el jarro con cierta vehemencia.
—A veces
—prosiguió—, algún anciano se pone en camino hacia las Montañas para encontrar
allí el secreto de la inmortalidad. Pero nadie ha regresado jamás. Algunos
afirman que llegan a ser Reyes Sacerdotes, pero yo más bien creo que querer
averiguar su misterio significa una muerte segura.
A continuación,
mi padre me explicó las leyendas que circulaban acerca de los Reyes Sacerdotes,
y me enteré que, al menos en un aspecto, eran los verdaderos dioses del
planeta, ya que podían aniquilar o controlar todo lo que deseaban. Según rezaba
la opinión general no se les escapaba nada de lo que ocurría en el planeta,
pero si esto era cierto apenas parecían percatarse de ello, como pude enterarme
después. Según decían, tendían hacia la santidad y en su recogimiento íntimo no
se podían ocupar de las nimiedades del mundo exterior. Esta suposición, por
cierto, no me parecía estar de acuerdo con el terrible destino que aguardaba a
todos aquellos que escalaban las Montañas Sardar. Me costaba imaginar a un
santo espiritualizado que sale un momento de su estado contemplativo para
despedazar a un intruso y dispersar sus restos sobre la llanura.
—Existe, sin
embargo, un área —dijo mi padre— por la cual los Reyes Sacerdotes muestran sumo
interés: la tecnología. Ellos limitan, mediante intervenciones activas, nuestro
desarrollo en esta área. Resulta increíble, pero las armas más poderosas que
nos permiten utilizar a nosotros, los cismontanos, que vivimos a la sombra de
las Montañas, son la lanza y la ballesta. Aparte de esto no existen medios
mecánicos de transporte o de comunicación o dispositivos de detección, como por
ejemplo el radar, sin los cuales resulta imposible imaginar la vida militar en
la Tierra.
Por otra parte,
nosotros los mortales, los cismontanos, hemos evolucionado mucho en cuanto a
áreas como iluminación, construcción de ciudades, agricultura y medicina —me
miró divertido— Seguramente te habrás interrogado por qué esas numerosas
lagunas en nuestra tecnología no fueron llenadas pasando por alto a los Reyes
Sacerdotes. Sería extraño que no hubiera mentes en este mundo capaces de
inventar algo así como un fusil o un tanque.
—Yo pienso lo
mismo —dije.
—Y así es
—agregó mi padre con enojo— De tiempo en tiempo ocurre algo por el estilo, pero
los inventores siempre son aniquilados poco después. Mueren devorados por las
llamas.
—¿Cómo el sobre
de metal azul?
—Sí —dijo—
Quien posee un arma prohibida debe morir devorado por las llamas. A veces,
algunos hombres valientes llegan a poseer material bélico y eluden la Muerte Llameante,
quizá durante un año. Pero más tarde o más temprano se los descubre.
—¿Y cómo
explicar entonces la existencia de la nave que me trajo hasta aquí? ¡Es un
ejemplo magnífico de vuestra tecnología!
—No de nuestra
tecnología, sino de la de los Reyes Sacerdotes —dijo— No creo que la
tripulación de la nave contara con hombres procedentes de las sombras de las
Montañas, a cismontanos.
—¿La
tripulación estaría constituida por Reyes Sacerdotes? —pregunté.
—Sinceramente
creo que la nave de las Montañas Sardar se hallaba pilotada a distancia, de la
misma manera, según dicen, que todos los viajes de adquisición.
—¿Adquisición?
—Sí —dijo mi
padre—. Hace mucho yo realicé el mismo viaje extraño que realizaste tú. Igual
que muchos otros.
—Pero ¿con qué
fin, con qué propósito? —pregunté.
—Cada uno,
quizá, por un motivo diferente, con diversos fines —dijo.
Mi padre me
relató entonces que, según referencias de los Iniciados, que se consideraban
intermediarios entre los Reyes Sacerdotes y los hombres, el planeta Gor había
sido alguna vez el satélite de un sol lejano. La ciencia de los Reyes
Sacerdotes lo habría desplazado repetidas veces y habría encontrado para él una
y otra vez nuevas estrellas. Consideré poco probable esta historia, y no en
última instancia por las enormes distancias. Si era cierto que el planeta había
sido movido alguna vez —y yo sabía que esto era empíricamente posible— debió de
ocurrir desde una estrella que se encontrara muy próxima. Quizá Gor había sido
alguna vez un satélite de Alfa Centauro aunque también en este caso las
distancias eran casi insuperables.
Existía otra
posibilidad, que le comuniqué a mi padre: quizás el planeta siempre había sido
parte de nuestro sistema, claro que sin haber sido descubierto. Esto parecía
probable si se tenían en cuenta los estudios astronómicos realizados durante
milenios desde el hombre de Neandertal hasta los brillantes investigadores de
Monte Wilson y Monte Palomar. Asombrado advertí que mi padre admitía sin más
esta hipótesis absurda.
—Esa —dijo
vivazmente— es la teoría del escudo solar. Es por esta razón que también
imagino a menudo al planeta como la Contratierra, no sólo porque se asemeja
tanto a nuestro planeta de origen, sino porque se encuentra exactamente opuesto
a la Tierra en su órbita. Tiene la misma órbita de revolución y mantiene
siempre el fuego central entre sí y su hermana planetaria la Tierra, a pesar de
que esto requiera de tiempo en tiempo una variación en la velocidad de
revoluciones.
—Pero es
imposible que no lo descubran —objeté—. No se puede esconder sin más un planeta
del tamaño de la Tierra. ¡Es imposible!
—Subestimas a
los Reyes Sacerdotes y su ciencia —dijo mi padre sonriendo— Todo poder capaz de
mover un planeta, y yo creo que los Reyes Sacerdotes lo tienen, también puede
influir en la velocidad general de revolución de este cuerpo celeste, a fin de
que el Sol nos sirva constantemente de escudo protector. Estoy convencido que
los Reyes Sacerdotes pueden neutralizar la fuerza de gravitación, por lo menos
en una zona limitada, y creo que efectivamente lo hacen. Por ejemplo, ciertos
indicios físicos, que hacen pensar en la existencia de un planeta —como rayos
luminosos y ondas sonoras— pueden ser desviados, quizás por una deformación de
la fuerza de gravitación del universo en la proximidad del planeta, por lo cual
las ondas luminosas y sonoras se dispersan, se desvían o son reflejadas; y, de
este modo, no delatarían la presencia de ese mundo. De la misma manera pueden
manejarse satélites de exploración —agregó mi padre— Naturalmente sólo cito
aquí algunas hipótesis, pues lo que hacen realmente los Reyes Sacerdotes, y
cómo lo hacen, sólo ellos lo saben.
Vacié mi jarro.
—Efectivamente
existen indicios acerca de la existencia de la Contratierra —dijo mi padre—
Determinadas señales naturales en el campo de radiaciones del espectro.
Mi sorpresa era
evidente.
—Sí —agregó—,
pero como la suposición de que pudiera existir otro mundo no es digna de
crédito, estas referencias han sido interpretadas en conformidad con otras
teorías, a veces se prefirió suponer imperfecciones en los instrumentos antes
que admitir la presencia de otro mundo en nuestro sistema solar. Y es que es
más fácil creer sólo lo que se quiere creer.
Mi padre no
tenía nada más que decirme. Se levantó, me tomó por los hombros, me retuvo durante
un instante y sonrió. A continuación el sector de la pared se desplazó
silenciosamente hacia un costado y mi padre abandonó la habitación. No había
dicho nada acerca de la misión que me esperaba aquí. La razón por la cual yo
había venido a la Contratierra era algo acerca de lo que todavía no deseaba
conversar conmigo, y tampoco me explicó el secreto relativamente poco
importante de la extraña carta. Lo que más me dolía era que no había hablado
nada acerca de sí mismo. Sentía un deseo imperioso de conocer más de cerca este
amable extraño que era mi padre.
Mi informe sólo
contiene datos que conozco como reales por propia experiencia, pero no me
sentiré ofendido si usted, estimado lector, se muestra incrédulo. Con las pocas
pruebas que puedo ofrecerle es casi su deber poner en duda mi relato o al menos
suspender su juicio al respecto. Efectivamente, la probabilidad de que este
informe sea tomado en serio es tan lejana que los Reyes Sacerdotes de las
Montañas Sardar evidentemente nada tienen que objetarle a su redacción. Me
alegro de que así sea, pues siento una necesidad urgente de contar mi historia;
no puedo dejar de hacerlo.
Quizá los Reyes
Sacerdotes sean también lo bastante humanos como para ser vanidosos, si es que
realmente se trata de seres humanos, pues jamás han sido vistos por nadie.
Quizá sean lo suficientemente vanidosos como para desear que usted, lector, se
entere de su existencia, si bien sólo de una manera tal que le imposibilite
tomar en serio mi relato. Quizás en el Lugar Sagrado exista el humor o la
ironía. Pues aun si me creyera ¿qué podría hacer usted? Nada. Usted, con su
tecnología primitiva de la que se siente tan orgulloso, por lo menos durante
mil años no podría hacer nada; y para entonces, si los Reyes Sacerdotes así lo
desearan, este planeta ya habría encontrado desde tiempo atrás un nuevo Sol y
nuevos pueblos para sus verdes prados.
3 - EL TARN
—¡Eh! —exclamó
Torm, un miembro bastante poco típico de la Casta de los Escribas, y se cubrió
la cabeza con su túnica como si ya no soportara verme— ¡Sí! —exclamó y dejó
entrever un mechón de cabello rubio entre los pliegues de la tela—. Sí, me lo
he merecido. ¿Por qué, yo, un idiota, siempre tendré que vérmelas con idiotas?
¿Acaso no tengo otras cosas más importantes que hacer? ¿Acaso no aguardan aquí
mil rollos escritos el momento de ser descifrados?
—No me lo
preguntes a mí —dije.
—¡Pues mira!
—exclamó desesperado, e hizo un gesto de desconsuelo. En todo Gor no había
visto una habitación tan desordenada. La ancha mesa de madera estaba cubierta
de papeles y tinteros; el suelo, hasta el último centímetro cuadrado, estaba
lleno de rollos, y otros, cientos quizá, se hallaban apilados sobre estantes.
Una de las ventanas había sido agrandada violentamente, y yo me imaginaba a
Torm con un martillo, golpeando iracundo la pared para obtener más luz para su
trabajo. Debajo de la mesa había un brasero con carbones ardientes que le
calentaban los pies, peligrosamente cerca de sus rollos eruditos.
Torm era de
complexión endeble y solía recordarme a un pájaro enojado, cuya ocupación
preferida consistiera en insultar a las ardillas. Los goreanos a quienes había
llegado a conocer hasta ahora, se vestían siempre con pulcritud, pero Torm
evidentemente tenía otras cosas más importantes que hacer. Entre ellas se
contaba también, en apariencia, instruir a seres que, como yo, no tenían idea
de nada.
A pesar de su
excentricidad, me sentía atraído hacia este hombre. Percibía en él algo que
despertaba mi admiración: un espíritu inteligente y amable, sentido del humor y
amor por el estudio, uno de los sentimientos más profundos y sinceros que
pueden existir. Este amor por sus rollos y por los hombres que los habían
escrito hacía siglos era lo que en realidad más me impresionaba. Podría parecer
increíble, pero para mí era el hombre más docto en la ciudad de los cilindros.
Torm, irritado,
se abrió paso entre uno de los enormes montones de papel, tomó finalmente,
apoyándose sobre sus manos y rodillas, un rollo pequeño y delgado y lo colocó
en el dispositivo para la lectura, un marco metálico con rollos de ambos lados.
—¡Al-Ka!
—exclamó, al tiempo que señalaba un signo con un dedo largo e imperioso— Al-ka.
—Al-Ka —repetí.
Nos miramos y
comenzamos a reímos. Una lágrima de alegría le rodó a Torm por la nariz. Sus
ojos, de un azul claro, centelleaban.
Y así empecé a
aprender el alfabeto goreano.
Las semanas
siguientes me depararon bastante trabajo, sólo interrumpidas por pausas para el
descanso cuidadosamente calculadas. En un primer momento, mis maestros fueron
mi padre y Torm, pero cuando empecé a familiarizarme con el idioma, se sumaron
varios otros que me impartían enseñanzas sobre diversos temas. Torm, en
realidad, sólo había aprendido el inglés como práctica y diversión, ya que no
se hablaba en ninguna parte del planeta; evidentemente le gustaba expresar sus
pensamientos en un idioma totalmente extraño.
Mi formación
abarcaba, junto al saber intelectual, el conocimiento de las armas y el uso de
otros numerosos instrumentos, tan familiares a los goreanos como entre nosotros
son las calculadoras y las balanzas.
Uno de los
aparatos más interesantes era el traductor, que se podía adaptar a diferentes
idiomas. A pesar de que en Gor parecía existir un idioma principal conocido por
todos, que tenía varios dialectos y lenguas secundarias, existían algunos
idiomas que para mí no sonaban en absoluto como tales; me parecían más bien
gritos de aves y animales de rapiña. El traductor me resultó, pues, muy útil.
Fue una grata
sorpresa que mi padre hubiera adaptado uno de esos aparatos al idioma inglés:
circunstancia muy favorable para mi estudio de idiomas. Para alivio de Torm yo
también podía arreglármelas solo con el aparato, que además era una maravilla
por sus reducidas dimensiones. Del tamaño aproximado al de una máquina de
escribir portátil, podía ser adaptado a cuatro idiomas no goreanos.
Naturalmente, las traducciones resultan muy literales y el vocabulario está
limitado a unas veinticinco mil equivalencias para cada idioma. Por esta razón
la máquina no era muy apropiada para una comunicación fluida.
Torm me había
explicado escuetamente: —Debes ocuparte de la historia y leyendas de Gor, de su
geografía y economía, de sus estructuras sociales y costumbres, como puede ser
el sistema de castas y los grupos de clanes, el derecho a colocar la Piedra del
Hogar, el Lugar Sagrado, el derecho militar, etcétera.
Y yo me iba
familiarizando con todo esto. De vez en cuando, Torm prorrumpía en un grito de
espanto cuando yo cometía algún error, y entonces se armaba de un gran rollo de
papel —con las obras de un autor con el que no simpatizaba— y me propinaba un
golpe en la cabeza. Del modo que fuera, estaba decidido a que su instrucción
diese frutos.
Extrañamente la
enseñanza religiosa se reducía a la adoración de los Reyes Sacerdotes. Torm
eludía mis otras preguntas con la observación de que eso era cosa de los
Iniciados. Evidentemente en este mundo la religión es un tesoro guardado con
celo por la Casta de los Iniciados, que en pocas ocasiones permite la
participación de miembros de otras castas en sus sacrificios y ceremonias.
Debía aprender de memoria algunas plegarias dirigidas a los Reyes Sacerdotes,
pero se conservaban en goreano antiguo, una lengua que sólo hablaban los
Iniciados, de modo que no me preocupé mucho por ello. Además tenía la impresión
de que existían ciertas tensiones entre la Casta de los Escribas y la de los
Iniciados.
Las reglas
éticas de vida en Gor se hallan conservadas, en su mayoría, en las costumbres
de las castas, colecciones de indicaciones, cuyos orígenes se perdían en el
pasado. A mí me educaban especialmente de acuerdo con el código de la casta
guerrera.
—De todos
modos, tú nunca llegarías a ser un buen escriba —dijo Torm.
El código de
los guerreros se caracterizaba por una rudimentaria caballerosidad y enfatizaba
la fidelidad hacia los superiores y la Piedra del Hogar. Las reglas eran duras,
pero contenían cierta gallardía, un sentido del honor, que yo podía respetar.
También recibí
instrucciones acerca del Doble Conocimiento, es decir, me enteré qué sabían los
hombres en general y qué llegaban a saber los intelectuales en particular. A
veces existía una diferencia sorprendente entre ambos. Por ejemplo, se hacía
creer a los hombres que se hallaban por debajo de las castas elevadas que el
mundo es un disco ancho y plano. Quizá se pretendía de esta manera evitar todo
intento de indagación. Por otra parte, las castas elevadas —Guerreros,
Constructores, Escribas, Iniciados y Médicos— conocían la verdad acerca de
estos temas. Sin embargo, comencé a interrogarme acerca de si el Segundo
Conocimiento, el de los intelectuales, acaso no estaba tan limitado como la
enseñanza en el nivel inferior, si no se proponía también frenar y poner trabas
al ansia de saber humano. Tenía la impresión de que existía un Tercer
Conocimiento, que se hallaba limitado a los Reyes Sacerdotes.
—La ciudad
estado —comentó mi padre una tarde— es la unidad política normal en Gor,
ciudades rivales que controlan el territorio adyacente, rodeadas por una tierra
de nadie, compuesta de territorios libres.
—¿Cómo se
determina la conducción en estas ciudades? —pregunté.
—Los
gobernantes son elegidos entre los miembros de cualquier casta elevada.
Fruncí el ceño.
—¿Sólo de las castas elevadas?
—El sistema de
castas —respondió mi padre pacientemente— es relativamente rígido, pero no está
congelado y no depende exclusivamente del nacimiento. Cuando, por ejemplo, un
niño en la escuela demuestra que está en condiciones de pertenecer a una casta
más elevada, esto le es concedido. Existe también el caso contrario; es decir, cuando
un niño no logra el nivel que se espera de él como miembro de su casta.
—Comprendo
—dije, sin sentirme realmente convencido.
—Las castas
elevadas de cada ciudad —prosiguió mi padre— eligen por un tiempo determinado
un administrador y un consejo. Si surge una crisis, se nombra un jefe militar,
un Ubar, que ejerce la totalidad del poder, hasta que a su entender la crisis
ha pasado.
—¿A su
entender? —pregunté con escepticismo.
—Generalmente
los Ubares renuncian a su cargo después de la crisis. Esto es parte del código
de los guerreros.
—Pero ¿qué es
lo que ocurre cuando no renuncian a su cargo? —Me había dado cuenta ya de que
no siempre se podía confiar en el cumplimiento de las reglas de las castas.
—Si un Ubar no
quiere dimitir, por lo general es abandonado por su gente. El líder militar se
queda solo en su palacio, a merced de las furiosas masas populares.
Asentí con la
cabeza e imaginé un palacio vacío, en el que un hombre solitario se encontrara
sentado sobre un trono, envuelto en las vestimentas propias de su cargo,
esperando el asedio de las masas.
—Sin embargo
—continuó mí padre—, a veces un Ubar logra conquistar el corazón de sus
hombres, quienes permanecen a su lado. Entonces se convierte en tirano y
gobierna hasta que es derribado por la fuerza de una u otra manera.
Las facciones
de mi padre se habían endurecido. Parecía conocer un hombre semejante. —Hasta
que es derribado por la fuerza —repitió lentamente.
A la mañana
siguiente, me aguardaban junto a Torm nuevas e interminables lecciones.
Gor no era una
esfera, sino un esferoide, algo más pesado en el hemisferio sur. La inclinación
de su eje era algo mayor que la de la Tierra, pero no lo suficiente como para
que el clima no presentara cambios de estación. Gor contaba con dos zonas
polares y una ecuatorial, entre las cuales se extendían, al norte y al sur,
zonas de clima moderado. Con sorpresa descubrí que una gran parte de los mapas
estaba en blanco, pero aun así me costó bastante aprender de memoria todos los
ríos, mares, llanuras y penínsulas conocidos.
Desde un punto
de vista económico la vida goreana se basaba en el trabajo del campesino libre,
quizá la casta más baja, pero también la más sólida. El alimento básico era un
grano amarillo, llamado Sa-Tarna, hija de la vida. Resulta interesante señalar
que a la carne se la llamaba Sa-Tassna, lo que significa madre de la vida.
Además, en el lenguaje corriente, Sa-Tassna servía para designar el alimento en
general. Esto parecía sugerir que los goreanos alguna vez, en épocas
anteriores, se habían alimentado preferentemente de la caza.
Por cierto que
me quedaba poco tiempo libre para especulaciones, ya que debía cumplir con las
exigencias de mi plan de estudios. Parecía que existía el propósito de
convertirme, en unas pocas semanas, en un auténtico goreano. Pero esas semanas
también me aportaron satisfacciones, como siempre cuando estudiaba y sentía que
me desarrollaba, aun sin conocer todavía la meta final. En esas semanas entré
en contacto con muchos goreanos, por lo general miembros de la Casta de los
Escribas y de los Guerreros.
Hasta ahora
había visto pocas mujeres, pero sabía que en el caso de que fueran libres,
ascendían o descendían dentro del sistema de castas según las mismas reglas que
los hombres si bien esto parecía diferir de una ciudad a otra. Tomada en
conjunto, la gente me gustaba y estaba seguro de que básicamente procedía de la
Tierra. Sus antepasados debían de haber llegado a Gor a través de los así
llamados viajes de adquisición y luego, simplemente, se los había dejado vivir
en libertad, como a animales en una reserva natural.
En lo que
respecta a estos antepasados puede haberse tratado de caldeos o celtas, sirios
o ingleses, que en el transcurso de muchos siglos habían llegado aquí
procedentes de las más diversas civilizaciones. Los hijos y nietos naturalmente
se habrían convertido en goreanos, por lo cual desaparecía casi toda huella de
su origen terrestre. Sin embargo, de tiempo en tiempo me entusiasmaba el
encontrar una palabra inglesa en el idioma goreano, como por ejemplo «hacha» o
«barco».
—Torm —pregunté
en cierta ocasión—, ¿por qué el origen terrestre no es parte del Primer
Conocimiento?
—¿Acaso eso no
resulta evidente?
—No —dije.
—¡Ah!
—respondió. Cerró lentamente los ojos y permaneció un rato callado— Tienes
razón. No es evidente.
—¿Y qué hacemos
entonces? —pregunté.
—Continuemos
con nuestros estudios.
El sistema de
las castas, si bien socialmente eficaz, despertaba en mí ciertos reparos
personales. En mi opinión era demasiado rígido, particularmente con respecto a
la elección de los gobernantes entre los miembros de las castas elevadas y al
Doble Conocimiento. Pero todavía mucho peor era la institución de la
esclavitud. Para el goreano, fuera del sistema de las castas, existían sólo
tres formas de vida: esclavo, proscrito y rey sacerdote. Un hombre que no
quisiera ejercer su oficio o pretendiera cambiar de status sin el
consentimiento del Consejo de las Castas Elevadas, se convertía automáticamente
en un proscrito y era empalado.
La muchacha que
había visto el primer día en mi habitación había sido esclava, y el collar que
rodeaba su cuello, que yo tomé por un adorno, era su marca de esclavitud. Una
segunda marca, ésta con hierro candente, se hallaba oculta debajo de la ropa.
Esta última la señalaba como esclava, mientras que el collar identificaba a su
dueño. No había vuelto a ver a la joven y reflexionaba acerca de qué habría
sido de ella. Pero no pregunté nada al respecto. Fue parte de las primeras
enseñanzas que me impartieron en Gor: la preocupación por una esclava estaba fuera
de lugar. Por lo tanto me contuve. Aprendí incidentalmente de un Escriba que
los esclavos no pueden enseñar a los hombres libres, ya que esto podría
originar una deuda, y nadie podía deberle nada a un esclavo. Decidí defenderme
con todas mis fuerzas contra este sistema humillante. Hablé una vez con mi
padre sobre el tema, y me dijo que en Gor existían cosas aun mucho peores que
la esclavitud.
Sin ninguna
advertencia previa, la lanza de bronce surcó los aires, dirigida hacia mi
pecho. Salté hacia un lado y la punta cortó mi túnica y me produjo una marca
sangrienta en la piel. El metal se clavó unos veinte centímetros en un pilar de
madera que se hallaba detrás de mí. Si no hubiera saltado, la lanza me habría
atravesado.
—Es bastante
rápido —dijo el hombre que había arrojado la lanza—. Lo acepto.
Este fue mi
primer encuentro con mi instructor en el uso de las armas, quien también se
llamaba Tarl. Lo llamaré aquí Tarl el Viejo. Parecía un vikingo rubio; era un
tipo barbudo, de rostro alegre y arrugado y ojos azules y salvajes, que parecía
contemplar el mundo como si fuera de su propiedad. Era un hombre orgulloso sin
arrogancia, un hombre que sabía que manejaba bien sus armas y podía acabar con
cualquier contrincante.
Con el tiempo
llegué a conocerlo bien, pues la parte más importante de mi formación estaba
dedicada ahora, con mucho, a las armas, fundamentalmente a entrenarme en el
manejo de la espada y la lanza. La lanza me parecía particularmente liviana
debido a la menor fuerza de gravitación, y pronto llegué a manejarla con mucha
habilidad. A corta distancia podía atravesar un escudo y a una distancia de
veinte metros podía hacer blanco en un objeto del tamaño de un plato de sopa.
También tuve
que aprender a arrojar la lanza con la mano izquierda.
—¿Cómo te
arreglarías si estuvieras herido en el brazo derecho? —preguntó Tarl el Viejo,
que advirtió mi resistencia— ¿Qué harías entonces?
—¿Huir?
—preguntó Torm que de vez en cuando asistía a mis clases.
—¡No! —exclamó
Tarl el Viejo—. Tienes que seguir luchando y morir como un guerrero.
Torm tomó un
rollo escrito, lo colocó bajo el brazo y se sonó la nariz. —¿Y eso te parece
razonable? —Preguntó.
Tarl el Viejo
tomó su lanza y Torm, apresurado, alzó su túnica azul y desapareció.
Desesperado,
puse manos a la obra y advertí sorprendido, después de algún tiempo, que había
podido desarrollar cierta destreza también con el brazo izquierdo. Había
mejorado mis posibilidades de supervivencia en un porcentaje indefinido.
También fue muy
riguroso mi entrenamiento con la corta y ancha espada goreana. En Oxford había
pertenecido a un club de esgrima y, por lo tanto, ya contaba con algunos
conocimientos básicos; pero ahora la cosa iba realmente en serio. También
aprendí a manejar la espada con ambas manos, a pesar de lo cual tuve que
confesarme que era diestro y que nunca dejaría de serio.
En el
transcurso de mi aprendizaje con la espada, Tarl el Viejo me hirió más de una
vez con su arma. Cuando lo hacía, solía decir provocando mi fastidio: —¡Estás
muerto!— Hacia el final de la época de entrenamiento logré abrirme paso a
través de su defensa y provocarle una herida punzante en el pecho. Retiré mi
espada, cuya punta estaba manchada de sangre. Tarl arrojó su arma al suelo con
estrépito y me atrajo riendo hacia su pecho sangriento.
—¡Estoy muerto!
—bramó triunfante. Me palmeó los hombros, orgulloso como un padre que ha
enseñado ajedrez a su hijo y ha sido vencido por primera vez.
También me
enseñaron a manejar el escudo, que principalmente debía servir para desviar la
lanza y tornarla inofensiva. Cuando mi época de formación tocaba a su fin,
solía luchar con casco y escudo. Hubiera deseado que mi equipo se viera
completado por una armadura o quizás una cota de mallas, pero me enteré que eso
estaba prohibido por los Reyes Sacerdotes. Tal vez el motivo de esto residía en
el deseo de que la guerra siguiera siendo un proceso de selección biológica, en
el cual los débiles y los lentos sucumben y no siguen multiplicándose Esta
también puede ser la explicación de las armas relativamente primitivas que les
estaba permitido usar a los hombres que habitaban a la sombra de las Montañas
Sardar.
Aparte de la
lanza y de la espada se admitía el uso de la ballesta y del arco; pero apenas
recibí instrucción al respecto, ya que Tarl el Viejo no las apreciaba mucho.
Las consideraba armas de segunda categoría, poco dignas de ser utilizadas por
un guerrero. Yo no compartía su desprecio y trataba de adiestrarme en mis ratos
libres.
Sospechaba que
mi formación estaba llegando a su fin —quizá porque mis períodos de reposo se
iban haciendo más largos o porque más de una vez se mencionaban cosas que yo ya
conocía; quizá también por la actitud de mis instructores. Sentía que estaba
casi preparado, casi listo pero no tenía la menor idea del para qué. En esos
últimos días me producía un placer especial el hecho de dominar sin esfuerzo la
lengua goreana. Empecé a soñar en goreano y a lograr entender a mis maestros
cuando hablaban entre sí. También pensaba en goreano y debía hacer un pequeño
esfuerzo cada vez que deseaba volver a pensar o hablar en inglés. En cierta
oportunidad llegué a blasfemar en goreano, lo que le hizo mucha gracia a Tarl
el Viejo.
Un día, a la
hora de mis lecciones, Tarl el Viejo entró en mi habitación trayendo consigo
una barra metálica de unos sesenta centímetros de largo, que tenía un lazo de
cuero en un extremo. En este aparato se advertía una especie de conmutador. De
su cinturón colgaba un instrumento similar. —Esta no es un arma —dijo—. Tampoco
está permitido utilizarla como tal.
—Pero entonces
¿qué es?
—Un aguijón de
tarn —respondió. Se ajustó el conmutador más pequeño y tocó la mesa con él.
Innumerables chispas saltaron despidiendo un color amarillento hacia todas
direcciones, sin dejar ningún rastro sobre la mesa. Tarl desconectó la barra y
me la acercó. Cuando extendí la mano para cogerla la conectó y me la puso en la
mano. Infinitas estrellas amarillas parecían explotar en mi mano. Grité
asustado y me llevé la mano a la boca. Había sentido algo similar a una fuerte
descarga eléctrica. Revisé mi mano; no presentaba ninguna herida.
—Cuídate de un
aguijón de tarn —dijo Tarl el Viejo—. No es juego de niños.
Recogí
lentamente la barra, cuidando asirla cerca del cabo y coloqué la correa de
cuero alrededor de la muñeca.
Tarl el Viejo
abandonó la habitación; evidentemente yo debía seguirlo. Subirnos la escalera
de caracol que ascendía por la parte interior de la torre cilíndrica. Después
de atravesar varias docenas de pisos llegamos al techo plano del edificio. El
viento azotaba la superficie circular y me empujaba hacia el borde. No había
ninguna barandilla. Hice fuerza para no ser arrastrado por el viento mientras
me interrogaba qué habría de suceder ahora. Cerré los ojos. Tarl el Viejo sacó
un silbato de tarn de su túnica y se oyó un silbido penetrante.
Yo nunca había
visto un tarn, con excepción de las representaciones gráficas en mi habitación
y en libros de texto acerca de la cría, el cuidado y los utensilios propios
para el manejo de estas aves. No me habían preparado expresamente para
enfrentar esa situación, como lo habría de saber más tarde. Los goreanos creen
que la capacidad de dominar un tarn tiene que ser innata. No es posible
aprenderlo. Es cosa de la sangre y de la voluntad, del vínculo entre animal y
ser humano, una relación entre dos seres que debe darse de manera intuitiva y
espontánea. Se supone que un tarn sabe exactamente quién es un jinete y quién
no lo es. Se dice que quien no lo es muere en el primer encuentro que tiene con
su ave de combate.
Por de pronto
sentí sólo un poderoso soplo de viento y escuche un ruido jadeante,
ensordecedor, como si un gigante hiciera restallar una toalla; luego,
estremecido de horror, me acurruqué bajo una gran sombra alada. Un tarn enorme,
con garras semejantes a gigantescos ganchos de acero, batiendo salvajemente sus
alas en el aire, se mantuvo rígido por encima de nosotros.
—¡Cuidado con
las alas! —exclamó Tarl el Viejo.
La advertencia
fue obvia; apresuradamente me hice a un lado. Un golpe de esas alas me habría
arrojado al vacío.
El animal
aterrizó sobre el techo del cilindro y nos contempló con sus negros ojos
relucientes.
A pesar de que
el tarn, lo mismo que la mayoría de las aves, es sorprendentemente liviano —lo
que se debe, en primer término, a sus huesos huecos— es un ave sumamente
vigorosa. Mientras que las grandes aves terrestres, como por ejemplo el águila,
deben tomar carrera antes de levantar el vuelo, el tarn, con su increíble
musculatura, puede ascender con su jinete solamente con un rápido
estremecimiento de sus alas enormes. Para ello, también se ve favorecido por la
menor fuerza de gravitación de Gor. Los goreanos suelen llamar a estas aves
«hermanas del viento».
El plumaje del
tarn no es siempre el mismo, y se los cría teniendo también en cuenta su
colorido, y no solamente su fuerza e inteligencia. Los tarns negros se utilizan
para asaltos nocturnos; los blancos, para campañas militares invernales. Por su
parte, los guerreros que desean impresionar y no tratan de pasar camuflados
prefieren tarns de variados colores relucientes. El tarn común tiene un plumaje
marrón verdoso. Prescindiendo del tamaño, el halcón es el ave terrestre que más
se le parece, solo que el tarn tiene una cresta que se asemeja a la del grajo.
Los tarns,
malignos por naturaleza, no están por lo general más que medianamente
domesticados y, lo mismo que sus diminutos hermanos terrestres, son carnívoros.
En más de una ocasión un tarn a llegado a atacar y devorar a su propio jinete o
tarnsman. Sólo temen al aguijón de tarn. Son entrenados por hombres
pertenecientes a la Casta de los Tarns. Cada vez que un ave joven se escapa o
desobedece, es obligada a volver a su percha y se la castiga con el aguijón.
Más tarde, por supuesto, las aves son desencadenadas, pero un aro en la pata ha
de recordarles este castigo. Generalmente el entrenamiento da resultados
positivos, excepto cuando el animal está sumamente agitado o ha estado mucho
tiempo sin comer. El tarn se cuenta entre las dos cabalgaduras preferidas del
guerrero goreano; la segunda es el tharlarión, una especie de lagarto,
utilizado especialmente por los clanes que no saben manejar los tarns. Por lo
que yo sabía, nadie en la ciudad de los cilindros poseía un tharlarión, a pesar
de que, según decían, eran muy frecuentes en Gor, especialmente en las
llanuras, los pantanos y los desiertos.
Tarl el Viejo
había subido a su tarn, utilizando la escala de cinco escalones que cuelga del
lado izquierdo de la silla de montar y que es recogida durante el vuelo. Con un
ancho cinturón color púrpura se sujetó a la silla. Me arrojó un pequeño objeto,
que casi se me cae de la mano. Era un silbato que emitía un sonido que sólo
haría reaccionar a un tarn determinado: la cabalgadura que me estaba destinada.
Después del episodio con la brújula enloquecida en las montañas de New
Hampshire nunca me había sentido tan atemorizado, pero esta vez llegué a
dominar mi temor. Si tenía que morir, nada podía hacer para impedirlo.
Hice sonar el
silbato y se oyó un sonido agudo, que se diferenciaba netamente del silbido de
Tarl.
Momentos
después surgió un ser fantástico de la nada, quizá procedente de un resalto que
se encontraba más abajo, un segundo tarn enorme, más grande que el primero, un
ave negra reluciente, que voló una vez alrededor del cilindro y luego vino en
dirección hacia mí. Aterrizó a pocos metros de distancia, y sus garras
golpearon la piedra. Estaban fortalecidas por bordes de acero: era un tarn de
combate. El ave alzó al cielo su pico encorvado y lanzó un chillido, al tiempo
que sacudía sus alas. La poderosa cabeza giró hacía mí, sus ojos redondos me
observaban. Enseguida abrió el pico, eché un rápido vistazo a su lengua delgada
y cortante, tan larga como un brazo, y el monstruo se arrojó sobre mí, tratando
de golpearme con su tremendo pico, entonces escuché los gritos aterrorizados de
Tarl el Viejo:
—¡El aguijón!
¡El aguijón!
4 - LA MISIÓN
Para
protegerme, alcé rápidamente el brazo derecho; al hacerlo, el aguijón de tarn,
que colgaba de la correa de cuero, describió una amplia curva. Lo agarré, lo
usé como arma y golpeé con él el pico devorador que quería atraparme, como si
yo fuera un simple comestible sobre el plato chato del techo cilíndrico. El
tarn atacó dos veces y dos veces lo rechacé. Luego retiró la cabeza y abrió el
pico, con el propósito de volver a atacar. En ese momento conecté el aguijón de
tarn y le asesté un fuerte golpe. Las chispas saltaban como una cascada
reluciente y retumbó un grito de rabia y dolor, mientras el animal aleteaba y
se ponía fuera de mi alcance con un salto repentino, que casi me arrojó a las
profundidades. Me apoyé sobre manos y rodillas y traté de volver a enderezarme.
El tarn volaba alrededor del cilindro, profiriendo gritos penetrantes;
finalmente se alejó.
Sin reflexionar
un instante, toqué el silbato. Al oír ese sonido estridente, el ave gigante
pareció estremecerse en el aire, comenzó a girar, fue perdiendo altura y luego
volvió a ascender. En su pecho se desataba la lucha entre su naturaleza
salvaje, la llamada de las montañas lejanas y del aire libre, y el
entrenamiento a que había sido sometida en su juventud.
Con un violento
grito de rabia regresó finalmente al cilindro. Recogí la breve escala, que
colgaba de la silla de montar, trepé por ella, me acomodé en la silla y me
ajusté el ancho cinturón púrpura que habría de protegerme de una caída.
Al tarn se le
conduce mediante una correa de cuero colocada alrededor del cuello, al que
generalmente se hallan sujetas otras seis correas de cuero, que confluyen en un
aro metálico en la parte anterior de la silla de montar. Las riendas se hallan
teñidas de diferentes colores y terminan en aros diferentes, muy distanciados
entre sí en el collar colocado en el cuello del ave. Para determinar el rumbo,
se tira de la rienda cuyo extremo señala con mayor aproximación la dirección
deseada. Cuando, por ejemplo, se desea perder altura o aterrizar, se utiliza la
cuarta rienda, que termina inmediatamente delante del cuello del tarn. Para
ponerse en movimiento, se tira de la primera rienda, que ejerce una presión
sobre el aro en la parte posterior del cuello del ave.
También se
utiliza, ocasionalmente, el aguijón de tarn para conducir al animal; en este
caso se toca ligeramente al ave en la dirección opuesta a la que se desea
tomar, la que, al retroceder ante la barra eléctrica, seguirá adecuadamente.
Este método, sin embargo, no es muy adecuado, ya que la reacción ocurre de una
manera exclusivamente instintiva.
Tiré de la
primera rienda y sentí, con espanto y alegría a la vez, los fuertes aletazos
del ave. Fui violentamente arrojado hacia atrás, pero el cinturón me sostuvo.
Durante un instante dejé de respirar; me aferré atemorizado al aro de la silla
mientras mi mano sostenía la primera rienda. El tarn continuaba ascendiendo, y
fui perdiendo de vista la ciudad de los cilindros. Nunca había experimentado
algo similar, y si jamás anteriormente me había sentido semejante a un dios,
por cierto que lo experimenté en ese primer momento. Miré hacia abajo y
distinguí a Tarl el Viejo sobre su cabalgadura, que trataba de alcanzarme.
—¡Hola,
pequeño! —gritó—. ¿Acaso pretendes llegar hasta las lunas de Gor?
De repente me
sentí mareado. A mis pies las colinas y llanuras de Gor parecían un paisaje
compuesto de manchas borrosas; casi creí distinguir la curva del mundo, pero
debió haber sido una ilusión de los sentidos.
Antes de perder
el conocimiento, tiré de la cuarta rienda y el tarn empezó a descender como un
halcón que cae sobre su presa, con una rapidez que terminó por hacerme perder
el aliento. Dejé las riendas sueltas, lo que es la señal de un vuelo constante
en línea recta. El gran tarn aleteó, y empezó a volar más lentamente. Tarl el
Viejo, que parecía muy contento, conducía su tarn cerca del mío. Desde él, me
señaló la ciudad, que ahora se hallaba a bastantes kilómetros debajo de
nosotros.
—¡Una carrera!
—exclamé.
—¡De acuerdo!
—respondió a gritos. Hizo girar a su tarn y se alejó volando. Me sentí
fastidiado. Él era tan hábil en su trato con el animal, que enseguida se
adelantaba y resultaba imposible alcanzarlo. Finalmente también yo logré hacer
girar al animal y traté de aguijonearlo. Se me ocurrió que estas aves habrían
sido entrenadas para reaccionar ante la voz humana. Entonces vociferé en
goreano y en inglés: —¡Har-ta! ¡Har-ta! ¡Más rápido! ¡Más rápido!
El tarn pareció
percibir lo que yo quería. Observé en él un cambio notable. Estiró la cabeza
hacia adelante; las alas de repente batían el aire como látigos, los ojos
relampagueaban y cada músculo y cada hueso parecían irradiar una fuerza
inusitada. Fue un vuelo vertiginoso. Al cabo de un instante apenas nos
adelantamos al sorprendido Tarl, y pocos momentos después aterrizamos sobre el
gran cilindro, del que habíamos partido minutos antes.
—¡Por las
barbas de los Reyes Sacerdotes! —tronó Tarl el Viejo, mientras hacía aterrizar
a su ave— ¡Este tarn es increíble!
Los tarns,
dejados en libertad, volvieron por propio impulso a sus corrales, y Tarl el
Viejo y yo descendimos a nuestras habitaciones. Tarl casi no cabía en sí de
orgullo. —¡Qué tarn! —exclamó—. Yo te llevaba un pasang de ventaja y sin
embargo me has ganado. —El pasang es una unidad de distancia en Gor, que
aproximadamente equivale a un kilómetro. —¡Este tarn está hecho a tu medida!
—Yo pensé que
quería matarme —dije—. Casi tengo la impresión de que los criadores de tarns no
domestican suficientemente a sus animales.
—Estás equivocado
—exclamó Tarl el Viejo—. El entrenamiento es excelente. El espíritu del tarn no
debe ser quebrantado, por lo menos en el caso del tarn de combate. Está
domesticado hasta tal punto que depende de la fuerza de su amo si el animal lo
devora o le obedece. Tú llegarás a conocer al tuvo y él a ti. En el cielo, los
dos seréis uno solo: el tarn, el cuerpo, y tú, su voluntad. Vivirás con él un
armisticio continuo. Si eres débil o indefenso, te mata. Pero mientras te
mantengas fuerte y te afirmes como su amo, te acata y te respeta —calló un
instante—. No estábamos seguros de ti, tu padre y yo, pero hoy sé con certeza a
qué atenerme. Has dominado un tarn, un tarn de combate. Por tus venas debe de
correr la sangre de tu padre, que fue una vez Ubar, líder guerrero de Ko-ro-ba,
la ciudad de los cilindros, y que ahora es su administrador.
Me sentí
sorprendido, pues no sabía que mi padre había sido jefe supremo de esta ciudad
y que ahora se desempeñaba como su más alto funcionario civil.
De repente algo
interrumpió nuestra conversación. Delante de nuestras ventanas se oyó un
aleteo; Tarl el Viejo se arrojó sobre mí y me echó al suelo. En el mismo
instante el pivote de hierro de una ballesta entró silbando a través de una de
las estrechas ventanas, golpeó la pared detrás de la pata de mi silla y giró
por la habitación. De un vistazo logré distinguir el casco negro de un
tarnsman, que ya volvía a alejarse. Se oyeron gritos, pasos apresurados. Corrí
a la ventana y vi cómo numerosos pivotes de ballesta trataban de alcanzar al
agresor, que ya se encontraba a casi un pasang de distancia.
—Un miembro de
la Casta de los Asesinos —dijo Tarl el Viejo—, Marlenus, que bien quisiera ser
Ubar de todo Gor sabe de tu existencia.
—¿Quién es
Marlenus? —pregunté; me temblaba la voz.
—Mañana lo
sabrás —respondió Tarl el Viejo—. Y mañana te dirán también por qué te han
traído a Gor.
—¿Por qué no
puedo saberlo ahora?
—Porque el día
de mañana tarda poco en llegar —me respondió.
Lo miré
fijamente: —¿Y esta noche? —pregunté.
—Esta noche
—dijo— nos emborracharemos.
A la mañana
siguiente desperté sobre la estera de dormir, en un rincón de mi habitación.
Sentía frío. Tenía un terrible dolor de cabeza y la impresión de que
innumerables puntas de lanza me atravesaban el cerebro. Me incorporé con dificultad,
me levanté, fui a tropezones hasta la palangana que se encontraba sobre la mesa
y me salpiqué el rostro con agua.
No recordaba
muy bien qué había ocurrido la noche anterior. Tarl el Viejo y yo habíamos
paseado por la ciudad visitando una taberna tras otra, y todavía recordaba que
yo había avanzado cantando y trastabillando por estrechos puentes sin
barandillas. Tarl el Viejo también había bebido demasiado del jugo fermentado
de granos; se llamaba Pagar-Sa-Tarna, deleite de la hija de la vida. Pero solía
llamárselo simplemente «Paga». No tenía la menor intención de volver a probar
ese brebaje.
Recordé
asimismo a las muchachas de la última taberna, magníficas figuras en sedosos
vestidos de baile, esclavas criadas para el entretenimiento, para la pasión,
como si se tratara de animales. Si era cierto que existían seres esclavos o
libres de nacimiento, como sostenía Tarl el Viejo, estas muchachas eran
esclavas de nacimiento. Era imposible imaginarlas de otra manera, pero también
ellas debían de sentir un doloroso despertar, debían esforzarse en levantarse,
en asearse. En particular, recordaba a una muchacha, su cuerpo, delgado como
una vara, su pelo negro enmarañado sobre los hombros oscuros, las campanillas
en los tobillos, el leve tañido tras las cortinas en la alcoba. De pronto se me
ocurrió pensar que hubiera deseado poseer a esa muchacha por más tiempo que esa
única hora por la que había pagado. Desterré el pensamiento de mi cabeza
dolorida y, precisamente cuando me estaba abotonando la túnica, Tarl el Viejo
entró en la habitación.
—Ahora iremos a
la sala del Consejo —dijo.
Lo seguí.
La sala del
Consejo es la habitación en la cual realizan sus reuniones los representantes
elegidos de las castas elevadas de Ko-ro-ba. Cada ciudad tiene una habitación
semejante. Esta se encontraba en el cilindro más grande, y el techo era por lo
menos seis veces más alto que el de una habitación común. Los puntos de luz,
que me recordaban el cielo estrellado, brillaban en el techo; las paredes
estaban pintadas horizontalmente con franjas de colores, de abajo hacia arriba
de color blanco, azul, amarillo, verde y rojo, de acuerdo con los colores de
las castas. En cinco niveles diferentes junto a la pared, un nivel para cada
una de las castas elevadas, se alzaban los bancos de piedra para los miembros
del Consejo. Los bancos correspondían al color de la pared que se encontraba
detrás de ellos.
El banco más
bajo, pintado de blanco, les estaba reservado a los Iniciados, los intérpretes
de la voluntad de los Reyes Sacerdotes. Detrás de ellos se encontraban sentados
—en este orden— los representantes de los Escribas, de los Constructores, de
los Médicos y de los Guerreros.
Comprobé que
Torm no se contaba entre los representantes de los Escribas y sonreí. —Soy
demasiado práctico por naturaleza —decía— como para ocuparme de los asuntos
inútiles relacionados con el gobierno.
Me llamó
agradablemente la atención el hecho de que a mi propia casta, la Casta de los
Guerreros, le correspondía el status más bajo; si hubiera sido por mí, los guerreros
no hubieran debido pertenecer en absoluto a las castas elevadas. Por otra
parte, tenía mucho que objetar al hecho de que la Casta de los Iniciados
ocupara el lugar de honor, ya que éstos eran, a mi parecer, en un grado aun
mayor que los soldados, miembros improductivos de la sociedad. Al menos los
guerreros ofrecían su protección a la ciudad, mientras que los iniciados en
todo caso se ofrecían para curar enfermedades y plagas, que, en gran medida,
ellos mismos habían provocado.
En medio de la
sala circular se alzaba una especie de trono, sobre el cual se hallaba, vestido
en su traje de ceremonia —una sencilla túnica marrón—, mi padre, administrador
de Ko-ro-ba, anteriormente Ubar, jefe supremo de la ciudad. A sus pies tenía un
casco, un escudo, una lanza y una espada.
—Acércate, Tarl
Cabot —dijo mi padre, y me encontré de pie delante de su trono y sentí fijas en
mí las miradas de todos los presentes. Detrás de mí esperaba Tarl el Viejo, en
quien no se advertía huella de lo acontecido la noche anterior.
Tarl el Viejo
tomó la palabra. —Yo, Tarl, luchador de espada de Ko-ro-ba, doy mi palabra de
que este hombre es digno de convertirse en miembro de la Casta Elevada de los
Guerreros.
Mi padre le
respondió de acuerdo con el ritual prefijado.
—Ninguna torre
en Ko-ro-ba es más fuerte que la palabra de Tarl, el luchador de espada de
nuestra ciudad. Yo, Matthew Cabot de Ko-ro-ba, acepto su palabra.
A partir del
banco inferior y en forma ascendente, cada miembro del Consejo se iba poniendo
de pie, daba a conocer su nombre, y declaraba que también, por su parte,
aceptaba la palabra del rubio luchador de espada. Cuando todos hubieron
terminado, mi padre me entregó las armas que se hallaban delante del trono.
Sobre mi hombro colocó la espada de acero, sujetó el escudo redondo en mi brazo
izquierdo, me puso la lanza en la mano derecha y lentamente dejó descender el
casco sobre mi cabeza.
—¿Cumplirás con
el código de los Guerreros? —me preguntó.
—Sí —dije.
—¿Cuál es tu
Piedra del Hogar?
Sospeché cuál
era la respuesta que se esperaba de mí y respondí: —Mi Piedra del Hogar es la
Piedra del Hogar de Ko-ro-ba.
—¿Y en aras de
esta ciudad empeñas tu vida, tu honor y tu espada? —preguntó mi padre.
—Sí —respondí.
—Entonces
—prosiguió y me colocó solemnemente las manos sobre los hombros—, te declaro de
este modo Guerrero de Ko-ro-ba, en mi calidad de administrador de esta ciudad,
en presencia del Consejo de las Castas Elevadas.
Mi padre
sonrió. Me quité el casco y me sentí muy orgulloso al escuchar el
consentimiento del Consejo, la variante goreana del aplauso, que consiste en
que la mano derecha golpee en rápida sucesión el hombro izquierdo. Aparte de
los candidatos que debían ser admitidos en la Casta de los Guerreros, nadie
podía entrar armado a la sala del Consejo. Si hubieran estado armados, mis
hermanos de casta del último banco habrían manifestado su aplauso con la lanza
y el escudo; en las circunstancias actuales se atuvieron a la forma
generalmente aceptada de expresar el aplauso. De algún modo yo tenía la
impresión de que se sentían orgullosos de mí, a pesar de que no podía imaginar
el motivo. Al menos aún no había realizado nada que justificara su interés.
Acompañando a
Tarl el Viejo abandoné la sala del Consejo y entré en una pequeña sala lateral
para esperar allí a mi padre. En la habitación había una mesa, sobre la que se
encontraban algunos mapas. Tarl el Viejo se inclinó de inmediato sobre ellos.
Me llamó a su lado, y mientras los miraba atentamente me iba señalando
determinados lugares. —Y aquí —dijo finalmente y colocó el dedo sobre el papel—
está la ciudad de Ar, enemiga mortal de Ko-ro-ba, la capital de Marlenus, que
desea convertirse en Ubar de todo Gor.
—¿Y esto de
alguna manera se relaciona conmigo? —pregunté.
—Sí —dijo Tarl
el Viejo— Tú viajarás a Ar, robarás su Piedra del Hogar y la traerás a
Ko-ro-ba.
5 - LAS LUCES
DE LA FIESTA DE LA PLANTACIÓN
Subí a mi tarn,
esa espléndida ave salvaje. El escudo y la lanza estaban sujetos a la silla de
montar; llevaba la espada encima del hombro. Del lado derecho de la silla
colgaba una ballesta con una aljaba llena de flechas; y del lado izquierdo, un
arco con una segunda aljaba. Las bolsas de la silla de montar contenían el
equipo liviano que un tarnsman suele llevar consigo —en particular raciones
alimenticias, una brújula, mapas, cordones y cuerdas de repuesto para el arco—
En la silla, delante de mí, se encontraba una muchacha. Estaba encadenada y
llevaba una gorra de esclava sobre la cabeza; era Sana, la esclava de la torre,
a quien había visto el día de mi llegada a Gor.
Saludé desde mi
tarn a Tarl el Viejo y a mi padre, tiré de la primera rienda y de inmediato
comencé a volar. Dejé atrás la torre y las diminutas figuras humanas que se
encontraban en ella. Solté la cuarta rienda y tiré de la sexta, marcando de
este modo la dirección hacia Ar. Cuando pasé el cilindro en el que Torm
guardaba sus rollos escritos, creí ver al pequeño escriba de pie junto a su
ventana ensanchada Alzó un brazo azul en señal de saludo. Daba una impresión de
tristeza. Respondí a su saludo y volví la espalda a Ko-ro-ba. Poco quedaba de
la excitación que había sentido al realizar mi primer vuelo. Estaba preocupado
y molesto por ciertos aspectos desagradables de la misión que me esperaba.
Pensé en la muchacha inocente, sentada delante de mí, en estado inconsciente.
¡Cuán
sorprendido me había sentido cuando Sana apareció en la pequeña habitación
junto a la sala de reuniones! Se había arrodillado delante de mi padre, que me
explicó el plan del Consejo.
El poder de
Marlenus —o al menos gran parte de su poder— se basaba en el mito de la
victoria que lo rodeaba como un manto mágico, y parecía atraer milagrosamente a
los soldados y habitantes de su ciudad. No habiendo sido vencido en ninguna
batalla, en su condición de Ubar de todos los Ubares, se había resistido
audazmente a devolver su título. Esto había ocurrido hacía unos doce años, al
finalizar una guerra de menor importancia en los valles. Sus hombres
continuaron jurándole lealtad, y no lo habían abandonado a la suerte
normalmente deparada a un Ubar demasiado ambicioso. Los soldados y el Consejo
de su ciudad habían cedido a sus amenazas y promesas; deseaba colmar a Ar de
poder y riquezas.
En realidad,
parecía que habían colocado su confianza en el hombre indicado. Ar no era una
ciudad sitiada, aislada, a la manera de muchas en Gor, sino una metrópoli, en
la que se conservaban las Piedras del Hogar de numerosas ciudades que hasta
hacía poco habían sido libres. Existía un Imperio de Ar, un estado vigoroso,
arrogante, aguerrido, que estaba interesado muy a las claras en aniquilar a sus
enemigos y extender más y más su hegemonía política a través de las llanuras,
montañas y desiertos de Gor.
No podía pasar
ya mucho tiempo sin que también Ko-ro-ba tuviera que enviar su relativamente
reducido poder bélico compuesto de tarnsmanes, contra el Imperio de Ar. Mi
padre, en su calidad de administrador de Ko-ro-ba, había intentado formar una
alianza contra Ar, pero las Ciudades Libres se habían opuesto a ello, llenas de
orgullo y desconfianza; temían verse afectadas en su propia zona de influencia.
Habían llegado al extremo de expulsar a los enviados de mi padre a latigazos,
como a esclavos, de sus salas de Consejo, una ofensa que normalmente hubiera
desencadenado una guerra. Pero mi padre sabía que un conflicto entre las
Ciudades Libres era precisamente lo que Marlenus deseaba: era, pues, preferible
que se considerara a Ko-ro-ba una ciudad poblada por cobardes. Pero sí ahora se
lograba robar la Piedra del Hogar de Ar, símbolo y núcleo del Imperio, podría
destruirse también el poder mágico de Marlenus. Se convertiría en objeto de
escarnio y sus propios hombres desconfiarían de él, un jefe que había perdido
su Piedra del Hogar. Podría considerarse un hombre de suerte si no era empalado
públicamente.
La joven que
estaba sentada delante de mí comenzó a moverse; el efecto de la droga iba
desapareciendo. Se quejó en voz baja y se reclinó en la silla. Al partir le
había soltado las ataduras de sus pies y manos y sólo le había dejado el ancho
cinto que la sostenía sobre el lomo del tarn. No me proponía cumplir con el
plan del Consejo hasta los últimos detalles —por lo menos no en lo que
concernía a esa muchacha, a pesar de que se había hecho cargo de su papel y
sabía que no saldría con vida de esa empresa—. Apenas sabía de ella algo más
que su nombre —Sana— y que era una esclava de la ciudad de Thentis.
Tarl el Viejo
me había contado que Thentis era conocida por sus bandadas de tarns y que el
nombre procedía de las montañas que la rodeaban. Guerreros de Ar habían
asaltado en cierta oportunidad las bandadas de tarns y las torres exteriores de
Thentis y en esa ocasión se habían apoderado de la muchacha. El día de la
fiesta del amor había sido vendida en Ar y la había comprado un agente de mi
padre. Ese hombre tenía el encargo de adquirir, de acuerdo con el plan del
Consejo, una muchacha dispuesta a dar su vida para llevar a cabo la venganza
contra la ciudad de Ar.
La joven me
daba lástima. Había sufrido mucho e indudablemente no pertenecía a la misma
especie que las jóvenes de la taberna; seguramente no le había resultado fácil
vivir como esclava. De algún modo yo sentía que, a pesar de su collar de
esclava, era un ser libre —ya desde el instante mismo en que mi padre le había
ordenado que se sometiera a mí y me aceptara como su nuevo amo—. En esa
oportunidad se había levantado, había atravesado la habitación hasta llegar al
lugar donde yo me encontraba y se había arrodillado delante de mí; al hacerlo
bajó la cabeza y me ofreció las manos con los antebrazos cruzados, No se me
escapó el sentido ritual de este gesto: me ofrecía sus muñecas como indicándome
que la encadenara. Su papel en el plan era sencillo, pero mortal.
La Piedra del
Hogar de Ar se conservaba, como en la mayoría de las ciudades cilíndricas,
sobre la torre más elevada de la ciudad; se encontraba desprotegida sobre el
techo, como un desafío para los tarnsmanes de ciudades rivales. Naturalmente el
objeto sagrado estaba bien custodiado y ante la menor señal de peligro era
colocado a buen recaudo. Todo ataque a la Piedra del Hogar era considerado por
los pobladores de una ciudad como terrible sacrilegio y se castigaba
indefectiblemente con la muerte al atacante; paradójicamente constituía la
mayor proeza concebible traer a la propia ciudad la Piedra del Hogar de otra
ciudad; al guerrero que lo lograra se hacía acreedor a las mayores honras y era
considerado un hombre favorecido por los Reyes Sacerdotes.
La Piedra del
Hogar de una ciudad constituye el punto central de diversos rituales. El que
estaba más próximo era la fiesta vegetal del grano Sa-Tarna, la hija de la vida
que se celebraba cada primavera para asegurar una buena cosecha. Es una fiesta
compleja, que se conoce en la mayoría de las ciudades goreanas, y se compone de
numerosos rituales complicados. Generalmente son preparados y realizados por
los Iniciados de una ciudad. Sin embargo, ciertos momentos de la ceremonia a
menudo les son reservados a miembros de otras castas elevadas.
En Ar, por
ejemplo, un miembro de la Casta de los Constructores sube temprano por la
mañana al techo, donde se guarda la Piedra del Hogar, y coloca delante de ella
un símbolo primitivo de su profesión, un rectángulo de metal, y reza a los
Reyes Sacerdotes rogándoles bienestar para su casta en el próximo año; a
continuación un Guerrero coloca sus armas delante de la piedra, seguido por
representantes de las otras castas. Es parte importante de esta ceremonia que
los guardias de la Piedra del Hogar se retiren al interior del cilindro,
mientras los representantes de las castas elevadas cumplen con el ritual. Se
dice que el suplicante respectivo debe quedar solo con los Reyes Sacerdotes.
Como
culminación de la fiesta vegetal en Ar, y muy importante para el plan del
Consejo de Ko-ro-ba, un miembro de la familia del Ubar asciende al techo de
noche, bajo las tres lunas llenas, con las cuales se relaciona la fiesta.
Arroja granos de cereal sobre la Piedra y la rocía con algunas gotas de una
bebida roja semejante al vino, que se extrae del fruto del árbol llamado
Ka-la-na. El miembro de la familia del Ubar reza entonces a los Reyes
Sacerdotes y les pide una abundante cosecha. Luego regresa al interior del
cilindro, después de lo cual los guardias de la Piedra del Hogar vuelven a
ocupar su puesto.
Ese año el
honor del sacrificio de los granos le correspondía a la hija del Ubar. Yo no
sabía nada de ella, sólo que se llamaba Talena, que era considerada una de las
beldades de Ar y que yo debía matarla.
De acuerdo con
el plan del Consejo de Ko-ro-ba, yo debía aterrizar en el instante del
sacrificio, alrededor de la vigésima hora goreana —equivalente a nuestra
medianoche— sobre el techo del cilindro más elevado de Ar, debía matar a la
hija del Ubar y llevarme su cuerpo y la Piedra del Hogar. Tenía que arrojar a
la muchacha a la zona pantanosa, al norte de Ar y llevar la Piedra a Ko-ro-ba.
Sana, la joven que se encontraba delante de mí en la silla, tendría que ponerse
las pesadas vestiduras y velos de la muerta y regresar, en su lugar, al
interior del cilindro. Probablemente pasarían algunos minutos antes de que se
descubriera su identidad y entonces debía tomar el veneno que le había sido
suministrado por el Consejo.
Dos muchachas
tenían que morir esa noche, con el único fin de que yo pudiera huir con la
Piedra del Hogar antes de que cundiera la alarma. Sabía que no llevaría a cabo
ese plan. Abruptamente cambié de rumbo y conduje mi tarn hacia la reluciente
cordillera azul. Sana se quejó, se sacudió y sus manos palparon inseguras la
capucha de esclava que cubría su cabeza.
Le ayudé a
quitarse el gorro y me sentí encantado cuando su largo cabello rubio, agitado
por el viento, rozó mi mejilla. Lo coloqué dentro de la bolsa de mi silla de
montar y la contemplé admirado, no sólo por su belleza, sino también por su
evidente intrepidez. Cualquier joven normal hubiera tenido motivos para
mostrarse asustada: la altura a que nos encontrábamos, el animal salvaje que
montaba, y la perspectiva del destino terrible que la esperaba al final de ese
vuelo. Pero se trataba de una joven de Thentis, la ciudad rodeada de montañas;
allí las muchachas no se asustaban con tanta facilidad.
Sana no se dio
la vuelta, sino que observó sus muñecas y las frotó cuidadosamente.
—Me has
desatado —dijo—, y me has quitado el gorro. ¿Por qué?
—Pensé que te
sentirías más cómoda —respondí.
—Tratas a una
esclava con mucha consideración. Te lo agradezco.
—¿Será posible
que no sientas miedo? Te lo pregunto pensando en el tarn; seguramente ya habrás
montado alguna vez un tarn. Yo sentí mucho miedo al hacerlo por primera vez.
La joven volvió
el rostro desconcertada. —Las mujeres pocas veces pueden montar sobre el lomo
de un tarn —dijo— Pueden hacerlo en una canasta, pero no como un guerrero —de
repente se calló—. Dijiste que sentiste miedo —agregó después.
—Y es verdad
—reí, y recordé la excitación y el extraño cosquilleo del peligro.
—¿Por qué le
dices a una esclava que sentiste miedo?
—Pues, no lo sé
—respondí— Lo que sí sé es que sentí miedo.
Volvió a mirar
hacia adelante. —Yo ya había montado una vez sobre el lomo de un tarn —dijo
amargamente—. Encadenada a una silla, rumbo a Ar, donde fui vendida.
—Contempló el
horizonte y de repente se puso tensa: —Este no es el camino a Ar —exclamó.
—Ya lo sé
—dije.
—¿Qué haces?
—se volvió hacia mí y me miró sumamente sorprendida— ¿Adónde vuelas, señor?
La palabra
«señor» me confundió, aunque la utilizaba adecuadamente, ya que la muchacha era
efectivamente de mi propiedad.
—No me llames
«señor» —dije.
—Pero tú eres
mi dueño —respondió.
Saqué de mi
túnica la llave del collar de Sana. Abrí la cerradura del aro de acero, lo
arranqué de su cuello y lo arrojé a las profundidades.
—Eres libre —le
dije—. Estamos volando hacia Thentis.
Se puso rígida
y sus manos palparon incrédulas el cuello desnudo. —¿Por qué? —preguntó— ¿Por
qué?
¿Cómo habría de
responderle? ¿Que yo procedía de otro mundo, y estaba decidido a no aceptar
todo lo que en Gor se daba por supuesto, que ella no me había resultado
indiferente en su desamparo, que simplemente no podía verla como un instrumento
del Consejo, sino sólo como a una muchacha joven, llena de vida, una muchacha
que no debía ser sacrificada en un juego político…?
—Tengo mis
razones —dije—, pero no sé si las entenderías.
—Mi padre y mis
hermanos te recompensarán.
—No —respondí.
—Si así lo
deseas tienen que entregarme a ti sin que les pagues nada.
—El vuelo a
Thentis es largo —dije.
Sana respondió
orgullosa: —Mi precio de novia correspondería a cien tarns.
Silbé por lo
bajo, mi antigua esclava me hubiera costado mucho. Con mi sueldo de guerrero no
hubiera podido permitirme semejante lujo.
—Si quieres
aterrizar —dijo Sana, que evidentemente deseaba indemnizarme de alguna manera—,
yo estoy dispuesta.
—¿Quieres
disminuir el valor del regalo que te hago? —pregunté.
Reflexionó un
instante y me besó suavemente en los labios. —No, Tarl de Ko-ro-ba —dijo—, pero
tú sabes que siento cariño por ti.
Me di cuenta de
que me había hablado como mujer libre, al llamarme por mi nombre. La abracé
tratando de protegerla del soplo fresco del viento.
Más tarde la
dejé sobre una torre en Thentis, la besé una vez más y aparté sus brazos de mi
cuello. Sana lloraba. Hice ascender el tarn y saludé a la pequeña figura que
todavía vestía la túnica rayada de esclava. Había levantado su brazo blanco, y
sus rubios cabellos ondeaban agitados por el viento que barría el techo de la
torre.
Tomé el rumbo
de Ar.
Al cruzar el
Vosk, aquel poderoso río de unos cuarenta pasang de ancho, que constituye el
límite de Ar y desemboca en el Golfo de Tamber, tomé conciencia de que
finalmente había llegado al Imperio de Ar. Sana había insistido en darme la
cápsula de veneno que el Consejo le había suministrado para su propio uso, pero
no quise conservarla y la había tirado. Era una tentación a la que no quería
sucumbir. Si la muerte fuera tan fácil, quizás la vida no me importaría tanto,
aunque, tal vez, llegara un momento en que me arrepintiera de esa decisión.
Pasaron tres
días hasta que llegué a la ciudad de Ar. Poco después de cruzar el Vosk había
descendido y había acampado. Desde ese momento sólo viajaba de noche; durante
el día soltaba a mi tarn, que podía alimentarse a su gusto.
El primer día
descansé a la sombra de una pequeña arboleda, una de las muchas que se
encuentran en la región limítrofe de Ar. Dormí, comí de mis raciones, me
ejercité con mis armas y traté de mantenerme ágil —a pesar de los esfuerzos que
significaban los largos viajes en tarn—. Pero me aburría. Al principio hasta el
paisaje resultaba deprimente, ya que los habitantes de Ar habían devastado una
zona de unos trescientos pasang para delimitar su imperio; habían talado
árboles frutales, cegado pozos de agua y arrojado sal sobre zonas fértiles. Por
razones militares, a Ar se la había rodeado de un muro invisible, un cinturón
descolorido, que difícilmente podría ser atravesado por peatones.
El segundo día
tuve más suerte; acampé en una llanura cubierta de pasto, donde crecían algunos
árboles Ka-la-na. Durante la noche había volado por encima de campos de
cereales, que brillaban con un color amarillo plateado a la luz de las tres
lunas. A lo largo de mi vuelo me orientaba gracias a la aguja reluciente de mi
brújula goreana, que siempre señalaba en dirección a las Montañas Sardar, la
fortaleza de los Reyes Sacerdotes. A veces también dirigía a mi tarn hacia las
estrellas, las mismas estrellas fijas que ya había visto desde otro ángulo en
las montañas de New Hampshire.
El tercer día
acampé en el bosque pantanoso que limita la ciudad de Ar por el norte. Elegí
esa región porque es la menos poblada en las inmediaciones de Ar. Durante la
última noche había visto demasiados fuegos en los poblados, y en dos
oportunidades había oído los silbatos de tarn de patrullas cercanas, que
constaban, cada una de ellas, de tres guerreros. Pensé en la posibilidad de
abandonar el proyecto, de expulsarme yo mismo de la sociedad como un desertor.
Quería evadirme de ese plan descabellado.
Pero una hora
antes de la medianoche del día en que se celebraba la fiesta vegetal de
Sa-Tarna, volví a montar en mi tarn, tiré de la primera rienda y me elevé por
encima de los árboles frondosos del bosque pantanoso. En el mismo instante
escuché el grito ronco de un jefe de patrullas: —¡Ahí está! ¡Ya lo tenemos!
Habían
perseguido a mi tarn mientras volaba en busca de alimentos. A continuación,
tres guerreros de Ar se acercaron desde diferentes direcciones. Evidentemente
no tenían el propósito de prenderme, porque un instante después del grito un
pivote de ballesta pasó por encima de mi cabeza. Antes de que pudiera
reponerme, apareció delante de mí una oscura sombra alada y, a la luz de las
tres lunas, distinguí a un guerrero sobre un tarn que trataba de alcanzarme con
una lanza.
Con seguridad
hubiera dado en el blanco, si en ese instante mi tarn no se hubiera apartado
bruscamente hacia la izquierda; al hacerlo faltó poco para que chocara con
otro, con su jinete a cuestas. Éste disparó un pivote de ballesta, que golpeó
ruidosamente la bolsa de mi silla de montar. El tercer guerrero se acercó por
detrás. Me di la vuelta, alcé el aguijón de tarn, sujeto alrededor de mi muñeca
y traté de defenderme contra la espada. Espada y aguijón entrechocaron con
estrépito, y una lluvia de chispas amarillas voló en todas direcciones. De
alguna manera, sin darme cuenta, había conectado el instrumento. Mi tarn y el
del agresor retrocedieron instintivamente ante la descarga y, sin proponérmelo,
pude contar con un breve respiro.
Con rapidez
saqué mi arco del lazo, preparé una flecha e hice girar repentinamente a mi
tarn. El primero de mis perseguidores no había contado, tal vez, con esta
maniobra, sino que se había preparado para darme caza. Cuando pasé a su lado,
vi sus ojos desencajados a través de la «Y» de su casco, ya que debía reconocer
que a tan corta distancia era imposible que yo errara el blanco. Vi cómo de
repente se puso rígido sobre la silla y pude divisar a su tarn que se alejaba,
emitiendo chillidos.
Ahora los otros
dos hombres de la patrulla esperaban una oportunidad para el ataque. Se
acercaron montados sobre sus tarns, a unos cinco metros de distancia uno del
otro, y trataron de meterme dentro de una especie de pinza. Se proponían
levantarle las alas al mío y aprovechar el momento en que yo me encontrara
completamente desvalido.
No me quedaba
tiempo para reflexionar, pero al instante advertí que blandía la espada y había
colocado el aguijón de tarn en el cinturón. Cuando chocamos en el aire, tiré violentamente
de la primera rienda y puse en juego las garras reforzadas de acero de mi tarn
de combate. Y hasta el día de hoy les estoy agradecido a los criadores de tarns
de Ko-ro-ba por el cuidadoso entrenamiento a que sometieron a mi magnífica ave.
Quizá también debería alabar el espíritu de lucha de mi gigante alado, a quien
Tarl el Viejo había llamado el tarn entre los tarns. El pico y las garras se
movieron bruscamente hacia adelante y con un chillido ensordecedor, mi tarn se
arrojó sobre las otras dos aves.
Mi espada chocó
con la del guerrero que se hallaba más próximo; la lucha no duraría más que
unos pocos segundos. De repente, advertí que uno de los tarns enemigos
comenzaba a desplomarse, mientras batía violentamente las alas. El otro
guerrero hizo girar a su animal, como si pretendiera volver a atacarme, pero en
ese instante debió de haberse dado cuenta de que ahora su deber consistía en
llamar a rebato. Irrumpió en un grito rabioso, giró y se alejó velozmente en
dirección a las luces de la ciudad.
El guerrero
estaba seguro de que no lo alcanzaría, pero yo conocía a mi tarn. Le aflojé las
riendas y lo aguijoneé. Cuando nos acercarnos al guerrero en fuga, preparé una
segunda flecha. Como no me proponía matarlo, apunté al ala de su tarn, el cual
se volvió y comenzó a ocuparse de su ala herida. El guerrero ya no lograba
mantener a su ave bajo control, y vi cómo el tarn iba cayendo lentamente, en
torpes movimientos giratorios.
Volví a tirar
de la primera rienda y cuando ya habíamos alcanzado una altura adecuada,
tomamos nuevamente el rumbo de Ar. Quería volar por encima de las patrullas
comunes. Al acercarme a la ciudad, me incliné sobre el cuello del ave, con la
esperanza de que lo tomaran por un tarn salvaje que volara a gran altura por
encima de la ciudad.
La ciudad de Ar
debía constar de más de cien mil cilindros adornados con luces por la fiesta
vegetal. No puse en duda el hecho de que Ar fuera la ciudad más grande de todo
el planeta, al menos de lo que se conocía de Gor. Era grandiosa y bella, un digno
marco para la joya del imperio —una joya que se había convertido en la
tentación del Ubar, el victorioso Marlenus— Y en algún lugar allí abajo, en
medio de una impresionante claridad, se encontraba una piedra insignificante,
la Piedra del Hogar de esa gran ciudad, y yo debía apoderarme de ella.
6 - NAR LA
ARAÑA
No me costó
mucho reconocer el cilindro más grande de Ar: la morada del Ubar Marlenus. Al
acercarme a la ciudad, vi como reinaba una gran animación sobre todos los
puentes; muchos de los que festejaban el acontecimiento ya estarían quizás
embriagados bajo los efectos del Paga. Entre los diferentes cilindros volaban
tarnsmanes y, por lo que parecía, gozaban de ciertas libertades que les
otorgaba la fiesta: hacían carreras entre ellos, organizaban luchas simuladas,
avanzaban atacando sobre los puentes y sólo hacían ascender a sus animales unos
centímetros por encima de las cabezas de los asustados transeúntes.
Audazmente hice
descender a mi tarn, lo conduje para que volara entre los cilindros, uno más
entre los numerosos tarnsmanes de la ciudad. Dejé que mi animal se posara sobre
una de las varas de acero destinadas a los tarns que de tanto en tanto
sobresalían por encima de los cilindros. El enorme animal abría y cerraba las
alas con cuidado, y sus garras, fortalecidas por el acero, arañaban la vara.
Por último, logró establecer el equilibrio, plegó sus alas y permaneció quieto,
inmóvil, a excepción de los movimientos de alerta de su gran cabeza y el
centelleo de sus ojos malignos que contemplaban al gentío que circulaba por los
puentes cercanos.
Mi corazón
comenzó a latir violentamente y pensé que aún estaba a tiempo de huir. De
repente un guerrero borracho, sin casco pasó volando a mi lado y quiso también
posarse en mi vara; era un tarnsman salvaje, de bajo rango, con ganas de
luchar. Hubiera sido imposible dejarle la vara, ya que enseguida habría
despertado sospechas. En Gor existe una única respuesta honrosa a un desafío.
Aceptarla de inmediato.
—¡Que los Reyes
Sacerdotes dispersen tus huesos —le grité y agregué—: ¡Y tú, ve a alimentarte
de los excrementos del tharlarión!
Mi segunda
observación, que se refería a las tan odiadas cabalgaduras de los clanes
inferiores, pareció causarle mucha gracia.
—¡Que tu tamo
pierda sus plumas! —tronó.
Se golpeó los
muslos y aterrizó con su tarn sobre mi vara. Luego se inclinó en mi dirección y
me arrojó una bolsa de cuero con Paga. Bebí y, despectivamente, se la devolví.
Instantes después el guerrero volvió a emprender el vuelo entonando
desafinadamente una canción.
Lo mismo que la
mayoría de las brújulas de Gor, también la mía contenía un cronómetro. Le di la
vuelta al aparato, presioné la palanca con la que se abría la tapa posterior y
eché un vistazo a la aguja. ¡Eran las veinte horas y dos minutos! Olvidé todo
pensamiento de deserción. Bruscamente, puse en movimiento a mi tarn y lo guié
en dirección a la torre del Ubar.
A los pocos
minutos pude distinguir el edificio debajo de mí. De inmediato hice descender
al tarn, pues sin un motivo poderoso no puede uno acercarse a esa torre. Al
descender, pude observar el techo grande y redondo del cilindro. Parecía
iluminado desde abajo, irradiaba un resplandor azulado. En medio del círculo se
encontraba una plataforma baja y redonda, de unos tres metros de diámetro a la
que se llegaba por cuatro pequeños escalones. Sobre la plataforma había una
figura solitaria, vestida de negro. Cuando mi tarn se posó sobre la plataforma,
bajé de un salto, y oí el grito de una muchacha.
Corrí hacia el
centro de la plataforma; al hacerlo tropecé, rompí con el pie una pequeña
canasta llena de cereales y derramé un recipiente con Ka-la-na, que vertió su
rojo contenido sobre la superficie de piedra. Me arrojé sobre una pila de
Piedras que había en el medio de la plataforma; los gritos de la muchacha
resonaban en mis oídos. Desde muy cerca se oían fuertes voces de hombres y
estrépito de armas. Los guerreros subían apresuradamente la escalera que
conducía al techo. ¿Cuál era la Piedra del Hogar? Las fui apartando. Una de
ellas tenía que ser la Piedra de Ar, pero ¿cuál de ellas? ¿Cómo podía
distinguirla entre todas las demás, entre las Piedras de las ciudades que se
encontraban dominadas por Ar?
¡Sin lugar a
dudas tenía que ser la que estuviera mojada de Ka-la-na, la Piedra a la que
estaban adheridos los pequeños granos! Apresuradamente las palpé, pero varias
de ellas estaban húmedas y cubiertas de Sa-Tarna. Sentí que la figura embozada
tiraba de mí, que trataba de clavarme las uñas en los hombros y en el cuello.
Me volví y la empujé hacia atrás. Cayó sobre sus rodillas y, de repente, se
arrastró hacia una de las Piedras, la cogió y quiso emprender la fuga. Una
lanza resonó junto a mí sobre la plataforma. ¡Los guardias se encontraban sobre
el techo!
Corrí detrás de
la figura embozada, la agarré, la hice girar y me apoderé de la Piedra que
llevaba. Trató de golpearme y me persiguió en dirección al tarn, que, excitado,
batía las alas deseando abandonar el techo del cilindro. Salté hacia arriba y
me así al aro de la silla de montar. Instantes después ya me encontraba montado
sobre el tarn y tiraba violentamente de la primera rienda. La figura embozada
trató de trepar la escala de la silla de montar, pero se vio entorpecida por el
peso de sus vestiduras bordadas. Proferí una maldición al sentir que una flecha
rozaba mi hombro. En el mismo instante se desplegaron las poderosas alas del
tarn y el ave gigantesca se elevó por los aires. Emprendió el vuelo, y el
silbido de las flechas resonó en mis oídos, junto con los gritos de los hombres
enardecidos y el largo y penetrante alarido de espanto de una muchacha.
Desconcertado,
miré hacia abajo. La figura embozada seguía aferrándose desesperadamente a la
escala de la silla de montar. Oscilaba libremente debajo del tarn, mientras
dejábamos rápidamente atrás las luces de Ar. Desenvainé mi espada con el
propósito de cortar la escala, pero luego me contuve y, fastidiado, volví a
envainarla. No podía darme el lujo de cargar con un peso adicional, pero
tampoco podía decidirme a enviar a una muerte segura a la muchacha.
Lancé
maldiciones al escuchar abajo el concierto ensordecedor de los silbatos de
tarn. Esa noche, seguramente, todos los tarnsmanes de Ar circulaban por el
espacio. Dejé atrás los últimos cilindros de la ciudad y me sentí libre en la
noche goreana, en camino a Ko-ro-ba. Guardé la Piedra del Hogar en el bolso de
la silla, la cerré con candado, y, a continuación, me incliné hacia abajo para
alzar la escala de mi silla de montar.
La joven gemía
despavorida y sus músculos y dedos parecían congelados por el frío.
Cuando la
coloqué delante de mí en la silla y la sujeté firmemente al aro, tuve que
esforzarme para soltar sus dedos de la escala. Plegué esta última y la até a un
lado de la silla. La joven me daba lástima: una figura desamparada, juguete de
los ambiciosos planes políticos de su padre. Los sordos gemidos que emitía me
emocionaban.
—No tengas
miedo —dije— No te haré ningún daño. Cuando hayamos pasado el pantano, te haré
bajar cerca de algún camino. Quería tranquilizarla: —Mañana por la mañana
estarás nuevamente en Ar.
Indefensa,
tartamudeó alguna palabra incomprensible de agradecimiento, se dio la vuelta y
se abrazó a mí, como buscando protección. Sentí cómo temblaba, percibía junto a
mí su cuerpo inocente, y entonces, de repente, sus brazos ciñeron mis caderas y
con un grito de rabia me arrancó de la silla. Cuando comencé a caer me di
cuenta que en la precipitada fuga había olvidado ajustar mi propio cinturón.
Mis manos trataron de aferrarse a algo, pero se encontraron con el vacío y caí
de cabeza a la nada.
Durante una
fracción de segundo escuché su risa triunfante, que pronto se perdió en el
viento. Sentí cómo mi cuerpo se ponía tenso durante la caída, esperando el
impacto del golpe. Quizás también pensé si sentiría dolor, y llegué a la
conclusión de que, en efecto, habría de sentirlo. Absurdamente traté de aflojar
mi cuerpo y relajé los músculos, como si eso pudiera servir de algo. Esperaba
el golpe, fui consciente del dolor al pasar velozmente a través de ramas y al
sumergirme, por fin en una sustancia blanda, elástica. Perdí el conocimiento.
Cuando abrí los
ojos, mi cuerpo estaba adherido a una especie de nervadura extensa de franjas
anchas y elásticas, que constituían una estructura extraña, de aproximadamente
un pasang de diámetro, a través de la cual sobresalían a intervalos irregulares
los imponentes árboles del bosque pantanoso. Sentí cómo el extraño tejido se
estremecía y traté de levantarme. Pero no pude hacerlo. Estaba pegado a la
sustancia de la que se componía esa poderosa red. Desde la izquierda se
aproximó una de las arañas de los pantanos de Gor, con una rapidez
sorprendente, teniendo en cuenta su tamaño. Alcé los ojos al cielo azul.
Hubiera deseado hundirme en el pantano. Me estremecí cuando el monstruo se
detuvo a mi lado y sentí el leve roce de sus patas delanteras, adiviné el
contacto de sus pelos sensibles. Alcé la vista; el animal me observaba
fijamente con sus ocho ojos relucientes semejantes a botones, en actitud de
pregunta, según me pareció. Entonces, con sorpresa escuché una voz producida
mecánicamente que me preguntó: —¿Quién eres?
Comencé a
temblar, ya que pensaba que había terminado por perder el juicio. De inmediato,
la voz repitió su pregunta con un mayor volumen y agregó: —¿Eres de la Ciudad
de Ar?
—No —dije— y
entré de lleno en esa alucinación fantástica. —No, no vengo de Ar, sino de la
Ciudad Libre de Ko-ro-ba.
Cuando dije
eso, el insecto monstruoso se inclinó junto a mí y pude distinguir sus
mandíbulas, afiladas como cuchillos curvos. Traté de fortalecerme ante la idea
de la agresión mortal de esos cuchillos naturales. En lugar de atacarme, el
animal roció con saliva, o una secreción similar, la red que me rodeaba, que de
inmediato perdió su efecto adhesivo. Cuando volví a ser libre, las mandíbulas
se apoderaron de mí y fui transportado al borde de la red; de allí la araña se
deslizó, por una liana colgante, hasta el suelo, donde me depositó. Luego, se
alejó de mí sobre sus ocho patas, sin perderme de vista con sus ojos
relucientes.
Nuevamente oí
la voz mecánica.
—Me llamo Nar y
formo parte del pueblo de las arañas.
Entonces
descubrí el pequeño aparato, sujeto a la parte inferior de su cuerpo; un
dispositivo de traducción, tal como los vi anteriormente en Ko-ro-ba. Por lo
visto, el aparato traducía impulsos sonoros que se encontraban por debajo de mi
umbral de perceptibilidad. Seguramente mis respuestas eran trasformadas de la
misma manera. Una de las patas del insecto accionó un botón.
—¿Me puedes
oír? —preguntó el animal.
—Sí —dije.
El insecto
pareció sentirse aliviado.
—Me alegra
saberlo —contestó.
—Me has salvado
la vida. Te lo agradezco.
—Mi red te ha
salvado la vida —rectificó. Calló un instante y agregó luego, como si
advirtiera mi preocupación: —No te pasará nada malo. El pueblo de las arañas no
le hace daño a un ser racional.
—Te estoy
agradecido por ello —dije.
La próxima
frase me quitó el aliento: —¿Eres tú el hombre que se apoderó de la Piedra del
Hogar de Ar?
Titubeé un poco
antes de contestar y luego respondí afirmativamente. Por lo visto, ese ser no
simpatizaba mucho con los habitantes de Ar.
—Me alegra
oírlo —dijo el insecto—. Pues los habitantes de esa ciudad no tratan bien al
pueblo de las arañas. Nos persiguen y sólo nos dejan con vida para obtener el
hilo Cur-lon, que luego es utilizado en los telares de Ar. Si no fueran seres
racionales, los combatiríamos.
—¿Cómo sabes
que la Piedra del Hogar de Ar ha sido robada? —pregunté.
—Esa noticia se
difundió rápidamente, gracias a todos los seres racionales, sin hacer
diferencia entre los que se arrastran, vuelan o nadan. Y ello ha sido motivo de
gran alegría en Gor, menos en la ciudad de Ar, naturalmente.
—He vuelto a
perder la Piedra —dije—. Me engañó una joven que probablemente es la hija del
Ubar. Me arrojó de mi tarn y sólo me salvé gracias a tu red. Supongo que esta
noche también en Ar volverá a reinar la alegría, cuando la hija del Ubar lleve
de vuelta la Piedra del Hogar.
Nuevamente oí
la voz mecánica: —¿Cómo es posible que la hija del Ubar lleve de vuelta la
Piedra del Hogar, si tú llevas el aguijón de tarn en tu cinturón?
Me sentí
desconcertado por no habérseme ocurrido a mí. Me imaginé a la joven sobre el
lomo del tarn salvaje, sin ninguna práctica en el trato con semejante animal,
sin aguijón de tarn, con la cual podría defenderse de él. De repente, sus
posibilidades de supervivencia me parecieron muy reducidas, pues pronto
llegaría la hora de la comida del tarn. Seguramente ya había amanecido desde
hacía unas cuantas horas.
—Debo regresar
a Ko-ro-ba —dije— No he cumplido con mi misión.
—Si estás de
acuerdo, te llevaré hasta el borde del pantano —dijo el insecto. Le di las
gracias y suavemente me colocó sobre su lomo. La araña se movió ágil y
velozmente a través del bosque cenagoso.
Llevaríamos
aproximadamente una hora de viaje, cuando Nar de repente se detuvo y alzó sus
dos patas delanteras al aire como si olfateara algo.
—Aquí cerca hay
un tharlarión carnívoro, un tharlarión salvaje. ¡Sujétate bien!
Por suerte
obedecí enseguida, pues de inmediato Nar corrió hacia un árbol de los pantanos
que se hallaba próximo y trepó por el tronco. Algunos minutos más tarde escuché
el gruñido hambriento de un tharlarión salvaje, y a continuación el penetrante
grito de espanto de una muchacha.
Desde el lomo
de Nar yo podía distinguir la zona pantanosa con sus islas de juncos y sus enjambres
de insectos. En un cañaveral, a una distancia aproximada de cincuenta pasos,
apareció una figura humana que gritaba y se acercaba a tropezones. Con los
brazos extendidos, se internó a ciegas en el pantano. En el mismo instante
reconocí la vestidura bordada, ahora salpicada de barro y despedazada. ¡Era la
hija del Ubar!
Apenas la joven
había alcanzado el claro del bosque y corría por el agua verde y poco profunda
que se hallaba a nuestros pies, cuando apareció la temible cabeza de un
tharlarión salvaje entre los juncos. Los ojos redondos resplandecían excitados,
las enormes fauces estaban bien abiertas. Con una rapidez casi inimaginable
echó fuera una larga lengua marrón que se enroscó alrededor del cuerpo delgado
e indefenso de la muchacha, que chillaba histéricamente.
Sin pensarlo un
instante, bajé del lomo de Nar y me agarré de uno de los largos zarcillos,
semejante a las lianas, que viven como parásitos en los árboles del pantano. Un
segundo después aterricé al pie del árbol y corrí con la espada desenvainada
hacia el tharlarión. Me arrojé entre sus grandes fauces y la joven y, con un
rápido golpe de espada, seccioné la lengua marrón.
A través de la
sofocante atmósfera del pantano se oyó un ensordecedor grito de dolor; el
tharlarión se irguió dolorido sobre sus patas traseras y con un ruido
desagradable introdujo el muñón de su lengua dentro del hocico. Enseguida, sus
ojos malignos se dirigieron hacia mí y su boca, que ahora estaba llena de una
mucosidad incolora, se abrió y dejó al descubierto varias hileras de dientes
afilados.
El monstruo me
atacó. Yo me arrodillé y la poderosa cabeza pasó por encima de mí; en el mismo
instante alcé la espada con violencia y dejé que la hoja se hundiera
profundamente en su grueso cuello. El tharlarión se retiró algunos pasos hacia
atrás, lento, inseguro. El muñón de su lengua se asomó varias veces, como si el
animal no comprendiera por qué le faltaba parte de ella.
El tharlarión
se hundió algo más profundamente en el pantano y entrecerró los ojos. Entonces
supe que la lucha había terminado. El animal resbaló lentamente en el barro; el
agua se movía a su alrededor y sospeché que los pequeños lagartos acuáticos ya
habían dado comienzo a su repugnante tarea. Me incliné y lavé mi espada.
Precavidamente regresé luego hasta el tronco del árbol y trepé a la pequeña
isla seca que se había formado a su alrededor.
Traté de
encontrar a la joven, pero había huido. Y eso me fastidiaba un poco. Pero ¿qué
era lo que yo pretendía? ¿Que la muchacha me lo agradeciera? Sin duda me había dejado
a merced del tharlarión, alegrándose de que sus contrincantes se aniquilaran
mutuamente, mientras ella lograba ponerse a salvo. Me pregunté cuánto podría
avanzar la joven por el pantano antes de que un segundo tharlarión le siguiera
las huellas. Grité: —¡Nar!—, y busqué a mi alrededor a mi amiga, la araña, pero
ella también había desaparecido. Agotado, me apoyé en el tronco del árbol, sin
soltar la empuñadura de la espada.
Asqueado
observé el cuerpo del tharlarión muerto. Se había ladeado y quedaban al
descubierto los primeros huesos. Esos pequeños lagartos eran realmente muy
veloces.
Oí un ruido y
salté listo para el ataque. Pero se trataba solamente de la araña que se me
acercaba velozmente. Entre sus mandíbulas sujetaba a la hija del Ubar Marlenus.
La muchacha golpeaba a Nar con sus puños diminutos, pero la araña no parecía
preocuparse por eso y la depositó delante de mí; sus relucientes ojos,
semejantes a botones, parecían lunas vacías, inexpresivas, en un cielo
nocturno.
—Esta es la
hija del Ubar Marlenus —dijo Nar, y agregó con ironía—: Desgraciadamente olvidó
agradecerte que le salvaras la vida, lo que resulta algo extraño en el caso de
un ser racional, ¿no es cierto?
—¡Cállate,
insecto! —suplicó la hija del Ubar. No parecía temer a Nar, quizá porque los
habitantes de Ar se hallaban familiarizados con el pueblo de las arañas. Sin
embargo, no cabía ninguna duda que el contacto de las mandíbulas le resultaba
desagradable.
Contemplé a la
joven, que ahora verdaderamente no ofrecía ya un aspecto atractivo. Sus pesadas
vestiduras estaban salpicadas de barro, y en varias partes se había despedazado
el brocado. Quizás habían pasado varias horas adornándola para la fiesta. A
través del angosto tajo de sus velos, sus ojos me miraban enfurecidos. Observé
que eran verdes, los ojos de la hija de un monarca, salvajes, insumisos,
acostumbrados a mandar. También advertí con desagrado que la hija del Ubar
medía varios centímetros más que yo; casi parecía que algo raro ocurría con
respecto a las proporciones de su cuerpo.
—Me pones
inmediatamente en libertad —ordenó— y mandas de paseo a este insecto inmundo.
—En realidad
las arañas son insectos particularmente limpios —respondí con una mirada
alusiva a sus vestiduras embadurnadas.
Se encogió de
hombros.
—¿Dónde está el
tarn? —pregunté.
—Sería mejor
que preguntaras dónde está la Piedra del Hogar de Ar —contestó.
—¿Dónde está el
tarn? —repetí. En ese momento mi animal me interesaba más que el ridículo trozo
de piedra por el que había arriesgado mi vida.
—No lo sé
—dijo— Y tampoco me importa.
—¿Qué ha
pasado? —indagué.
—No deseo que
se prolongue este interrogatorio —anunció la joven.
En mi rabia
cerré los puños.
Suavemente las
mandíbulas de Nar comenzaron a apretar el cuello de la muchacha. Esta sintió
miedo y empezó a temblar. —¡Basta! —dijo jadeante, retorciéndose entre las
mandíbulas implacables. Infructuosamente sus dedos trataron de apartar las
duras tenazas.
—¿Quieres su
cabeza? —preguntó la voz mecánica del insecto.
Yo sabía que la
araña no podía hacerle daño a ningún ser racional, o sea que debía estar
actuando de acuerdo con algún plan. Por lo tanto le dije que sí. Las dos
cuchillas comenzaron a cerrarse implacablemente como una tijera gigantesca
alrededor del cuello de la joven.
—¡Basta!
—gritó—. Traté de conducir al tarn de vuelta hacia Ar. ¡Pero nunca antes había
montado un animal así y no tenía el aguijón de tarn!
Hice un
movimiento con la mano y Nar apartó sus mandíbulas.
—Nos hallábamos
en alguna parte sobre el bosque pantanoso —continuó la muchacha—, cuando nos
encontramos con una bandada de tarns salvajes. El mío atacó al guía de la
bandada.
Se estremeció
al recordarlo y me dio lástima. Me la imaginé sujeta, indefensa, a la silla de
montar de un tarn gigantesco, que se lanza a una lucha de vida o muerte: debe de
haber sido una experiencia tremenda.
—Mi tarn mató
al otro —continuó la muchacha—, y lo siguió en su caída hasta el suelo, donde
lo despedazó. Temblaba. Yo solté el cinturón de la silla y me escondí entre los
árboles. Después de algunos minutos tu tarn salió volando; el pico y las garras
llenas de sangre y plumas. Lo último que vi de él fue cómo se puso al frente de
la bandada.
De ese modo se
había esfumado toda esperanza, pensé. El tarn había vuelto a ser un ave
salvaje. Sus instintos habían sido más fuertes que el silbato de tarn y el
recuerdo de los hombres.
—¿Y la Piedra
del Hogar de Ar? —pregunté.
—En el bolso de
la silla de montar —dijo la joven, confirmando mis temores.
Yo había
cerrado el bolso, que se hallaba bien sujeto a la silla. La voz de la joven
había sonado oprimida y percibí su vergüenza por no haberse podido apoderar de
la Piedra del Hogar. El tarn se había escapado, su naturaleza salvaje había
prevalecido, la Piedra del Hogar se encontraba en el bolso de la silla. Yo
había fracasado, la hija del Ubar había fracasado, y así nos encontrábamos,
frente a frente, en el verde claro del bosque pantanoso de Ar.
7 - LA HIJA DEL
UBAR
La muchacha se
irguió orgullosamente, lo que resultaba algo ridículo si se tenía en cuenta su
aspecto deplorable. Retrocedió frente a Nar, y sus ojos me echaron una mirada
fulminante a través de la angosta abertura de su velo.
—Ha sido un
placer para la hija del Ubar —dijo— informarte a ti y a tu hermana de ocho
patas acerca de la suerte que han corrido tu tarn y la Piedra del Hogar. ¡Y
ahora me pondréis inmediatamente en libertad!
—Eres libre —le
dije.
Me miró
fijamente, algo desconcertada, y continuó retrocediendo sin quitarnos la vista
de encima, fijándose sobre todo en Nar. También dirigía su mirada hacia mi
espada, como si esperara que yo la matara en cuanto me volviera la espalda.
—Está bien
—dijo por último—; será mejor para ti que obedezcas mi orden. Quizá se te
otorgue por ello una muerte fácil.
—¿Quién podría
negarle algo a la hija de un Ubar? —pregunté, agregando malignamente: —Y mucha
suerte en el pantano.
Se detuvo y se
estremeció. Me aparté de ella, puse una mano sobre una pata delantera de Nar
—muy suavemente para no dañar sus pelos tan sensibles.
—Bueno, hermana
—dije, y pensé en cómo había sido ofendida por la muchacha— ¿Continuamos
nuestro viaje? —Quería darle a entender a Nar que no todos los seres humanos
pensábamos de la misma manera que los habitantes de Ar con respecto al pueblo
de las arañas.
—Sí, hermano
—respondió la voz mecánica. Y efectivamente hubiera preferido ser hermano de
ese monstruo dulce e inteligente antes que el amigo de algún hombre bárbaro,
tal como me los había encontrado más de una vez en Gor. Quizá hasta era un
honor para mí que me hubiera llamado hermano.
Trepé al lomo
de Nar y nos pusimos en movimiento.
—¡Esperad!
—exclamó la hija del Ubar— ¡No podéis dejarme aquí sola!
Tropezó en el
montículo de pasto y cayó al agua. Estaba arrodillada en el líquido verde y
alzaba los brazos en ademán suplicante, como si de pronto fuera consciente de
su situación desesperada. No era un destino halagüeño el que le esperaba si la
dejábamos sola en el bosque pantanoso.
—Llevadme con
vosotros —dijo.
—Espera —le
pedí a Nar, y la araña gigantesca se detuvo.
La muchacha
trató de incorporarse, pero, de repente, una de sus piernas parecía ser mucho
más larga que la otra. Volvió a tropezar y cayó nuevamente. Maldecía como un
tarnsman. Me reí y descendí del lomo de Nar. Fui vadeando hasta el lugar donde
se encontraba y la llevé al montículo. Teniendo en cuenta su tamaño era
sorprendentemente liviana.
Apenas la había
levantado en mis brazos cuando empezó a pegarme enfurecida. —¿Cómo puedes
atreverte a tocar a la hija de un Ubar? —gritó. Me encogí de hombros y la dejé
caer al agua. Furiosa, sacó fuerzas de flaqueza y fue cojeando hasta el árbol.
La seguí y examiné su pierna. Un zapato enorme se había desprendido de su
pequeño pie y colgaba suelto. La suela tenía unos veinte centímetros de
espesor. Me reí. Finalmente había encontrado la explicación para el tamaño
increíble de la joven.
—El zapato está
roto —dije— Lo siento.
Trató de
levantarse, pero no lo logró.
Desabroché
también el otro zapato. —No es de extrañar que apenas puedas caminar —dije—
¿Por qué llevas estas cosas ridículas?
—La hija del
Ubar debe contemplar desde lo alto a sus súbditos —fue la respuesta.
Cuando volvió a
incorporarse apenas me llegaba hasta el mentón. Furiosa bajó la vista. La hija
de un Ubar no mira a nadie desde abajo.
—Te ordeno que
me protejas —dijo.
—No acepto
órdenes de la hija del Ubar de Ar —respondí.
—¿Pero no ves
que tienes que llevarme? —dijo.
—¿Por qué?
—pregunté. De acuerdo con las rudas costumbres del país yo no le debía nada, en
todo caso era ella la que estaba en deuda conmigo. Después de su intento de
matarme, que sólo se había frustrado gracias a la red de Nar, yo en realidad
tenía el derecho de matarla y abandonar su cuerpo a los lagartos acuáticos.
Naturalmente, no podía ver estas cosas desde el punto de vista goreano, pero
ella ¿cómo habría de saberlo? ¿Cómo habría de sospechar que yo no la trataría
de la manera en que ella merecía ser tratada de acuerdo con la ruda justicia
goreana?
—Tienes que
protegerme —dijo: Su voz tenía algo de suplicante.
—¿Por qué?
—pregunté furioso.
—Porque
necesito tu ayuda —dijo. Luego exclamó sumamente irritada—: ¡No debí haber
dicho eso! Había levantado la cabeza y durante un instante me miró a los ojos.
Temblando de rabia bajó la cabeza.
—¿Me estás
pidiendo que te haga este favor? —pregunté.
De repente
pareció extrañamente sumisa.
—Sí —dijo—. Yo,
la hija del Ubar de Ar, te pide a ti, un extraño, que la protejas.
—Quisiste
matarme —respondí—. ¿Cómo puedo saber que no eres mi enemiga?
Guardó silencio
durante un buen rato.
—Sé qué es lo
que esperas ahora —dijo la hija del Ubar tranquilamente, con una tranquilidad
poco común, a mi parecer. No la entendía. ¿Por qué titubeaba? Para mi
desconcierto la hija del Ubar Marlenus se arrodilló delante de mí, un sencillo
guerrero de Ko-ro-ba, bajó la cabeza y levantó los brazos, cruzando las
muñecas.
Era el mismo
gesto sencillo que había hecho Sana en la habitación de mi padre: la sumisión
de una mujer prisionera. Sin levantar la vista, la hija del Ubar dijo con voz
clara: —Me someto.
Más tarde deseé
haber tenido un cordón para sujetar las muñecas que alzaba inocentemente.
Enmudecí un instante, pero luego recordé la norma goreana según la cual estaba
obligado a aceptar la sumisión o bien a matar a mi prisionero. Tomé sus manos y
dije: —Acepto tu sumisión. Luego la levanté suavemente.
La llevé de la
mano hasta el lugar donde se encontraba Nar, la ayudé a trepar sobre el lomo
reluciente y velloso de la araña e hice lo mismo. Sin decir nada, Nar se puso
en movimiento. Las ocho delgadas patas del insecto apenas parecían sumergirse
en el agua verdosa. En una oportunidad, Nar fue a parar en arenas movedizas y
su lomo se encorvó repentinamente. Abracé con fuerza a la hija del Ubar,
mientras el insecto volvía a incorporarse y nadaba durante un segundo en el
barro; luego pisó tierra Firme.
Después de una
hora, aproximadamente, Nar se detuvo y alzó una de sus patas delanteras. A una
distancia de tres pasang más o menos podían distinguirse prados verdes y campos
de Sa-Tarna. La voz mecánica dijo: —No quisiera aproximarme más a la tierra
firme, pues resulta peligrosa para el pueblo de las arañas.
Me deslicé
hasta el suelo y ayudé a bajar a la hija del Ubar. Nos encontrábamos de pie uno
junto al otro en el agua poco profunda. Coloqué mi mano sobre el rostro
grotesco de Nar y el monstruo presionó brevemente mi brazo con sus mandíbulas.
—Que te vaya bien —dijo Nar.
Respondí a su
saludo y le deseé felicidad a él y a su pueblo.
El insecto
colocó sus patas delanteras sobre mis hombros. —No te pregunto por tu nombre,
guerrero —dijo—. Tampoco repetiré el nombre de tu ciudad delante de los
sometidos, pero quiero que sepas que el pueblo de las arañas se honra en
recordarte a ti y a tu ciudad.
Una vez más oí
la voz mecánica: —Cuídate de la hija del Ubar.
—Se ha sometido
—respondí, confiando en que la joven cumpliera con lo pactado.
Cuando Nar
desapareció en el pantano, me despedí de ella con un gesto. Enseguida dejé de
ver a mi grotesca amiga.
—Vamos —le dije
a la muchacha— y enfilé hacia los campos de Sa-Tarna. La hija del Ubar me
seguía a algunos metros de distancia.
Nos habíamos
abierto canino a través del pantano a lo largo de unos veinte metros, cuando de
repente la muchacha lanzó un grito. Me di la vuelta. Se había hundido hasta las
caderas en el agua salobre ¡en un pozo de arena movediza! Gritaba
histéricamente. Traté de acercarme cuidadosamente, mas el suelo comenzaba a
ceder bajo mis pies. Intenté alcanzarla con el cinto de la espada, pero era
demasiado corto. El aguijón de tarn, que se encontraba en el cinto, cayó al
agua y desapareció.
La muchacha se
hundía cada vez más profundamente en el agua, y pronto sólo se le vieron la
cabeza y los hombros. Gritaba desaforadamente; frente a esa muerte terrible
había perdido todo control sobre sí misma. —¡No te muevas! —le grité. Pero ella
se contraía histéricamente, como un animal enloquecido. —¡El velo! —exclamé—.
¡Suéltalo! ¡Tíramelo! Sus dedos trataron de tirar del velo, pero en su estado
de pánico no logró quitárselo a tiempo. El barro llegó a cubrir sus ojos
desencajados y su cabeza desapareció en el agua verdosa, mientras sus manos se agitaban
con desesperación en el aire.
Apresuradamente
miré a mi alrededor y distinguí un tronco medio sumergido. Sin preocuparme por
los eventuales peligros, corrí hacia él y tiré con todas mis fuerzas.
Probablemente fueron sólo unos segundos, pero a mí me pareció que pasaron horas
hasta que el tronco cedió y pude sacarlo del barro. Lo empujé rápidamente hasta
el lugar en que había desaparecido la hija del Ubar. Me aferré al tronco; bogué
por el agua poco profunda por encima de las arenas movedizas, palpando con mi
mano una y otra vez el líquido verdoso.
Por fin mis
dedos tocaron algo —la muñeca de la joven— y lentamente fui sacándola de la
arena. Sentí una profunda alegría cuando escuché sus quejidos, cuando sus
pulmones aspiraron el aire húmedo, vivificante. Aparté el tronco, levanté a la
muchacha y la llevé hasta una lengua de tierra firme cubierta de pasto, al
borde del pantano.
La coloqué
sobre la hierba. A unos cien metros comenzaba un campo amarillo de Sa-Tarna y
un monte colorido de árboles de Ka-la-na. Agotado, me senté junto a la joven y
sonreí para mis adentros. La orgullosa hija del Ubar con sus vestimentas de
fiesta apestaba a pantano y sudor.
—Has vuelto a
salvarme la vida —me dijo.
Asentí con la
cabeza.
—Y ahora,
¿hemos salido del pantano? —preguntó.
Volví a
asentir.
Esto parecía
gustarle. Con un movimiento que no guardaba ninguna relación con sus ropajes de
fiesta, se reclinó hacia atrás y miró el cielo. Indudablemente estaba tan
agotada como yo. Además era una muchacha. Sentí lástima.
—Por favor
—dijo.
—¿Qué quieres?
—pregunté.
—Tengo hambre.
—Yo también
—dije y me reí—. Ahí hay unos árboles de Ka-la-na. Quédate aquí; traeré algunas
frutas.
—No, iré
contigo, si me lo permites.
La repentina
sumisión me sorprendió, pero recordé sus gestos en el pantano.
—Por supuesto
que me gusta que me acompañes.
La tomé del
brazo, pero ella retrocedió. —Como me he sometido —dijo—, debo ir detrás de ti.
—No digas
tonterías —repliqué—. Ven, camina a mi lado.
Pero ella bajó
la cabeza tímidamente. —Eso no está permitido.
—Como quieras
—dije riendo, y me puse en movimiento. Ella me siguió apocada, o así me lo
pareció al menos.
Ya casi
habíamos llegado hasta los árboles de Ka-la-na cuando percibí un leve crujido
de brocado detrás de mí. Me di la vuelta ¡justo a tiempo! Con un brusco
movimiento logré asir su mano que empuñaba un largo y fino puñal. Gritó
enfurecida cuando le quité el arma.
—¡Animal!
—aullé rabioso— ¡Eres un animal sucio, maloliente, desagradecido!
Sentí la
tentación de traspasarle el pecho con el puñal. Furioso, lo coloqué finalmente
en el cinto.
—Te has
sometido —dije.
A pesar de que
yo la sostenía firmemente y de que esto debía dolerle, la hija de Marlenus se
irguió delante de mí y dijo con arrogancia: —¡Eres un tharlarión! ¿Acaso crees
que la hija del Ubar de todo Gor se sometería a alguien como tú?
Cruelmente la
empujé hasta ver arrodillada a esa muchacha sucia y orgullosa.
—Pues tú te has
sometido —repliqué.
Me maldijo y en
sus verdes ojos brilló el odio. —¿Es así como tratas a la hija de un Ubar? —gritó.
—¡Yo te
mostraré cómo trato a la mujer más traicionera de todo Gor! —exclamé—, y la
solté. Con ambas manos arranqué el velo de su rostro, la así por el pelo y la
arrastré detrás de mí, como si fuera una vulgar muchacha de las tabernas o una
prostituta de campamento, hasta la sombra de los árboles de Ka-la-na. Una
espléndida cascada de cabellos negros enmarcó su rostro, oscura como las alas
de mi tarn. Una maravillosa piel color oliva bordeaba los ojos verdes; su
rostro resplandecía con una belleza que me quitaba el aliento. Sólo su boca
estaba desfigurada por la rabia. —Me alegra —dije— ver el rostro de mi enemigo.
La dejé caer
sobre la hierba, e increíblemente toda mi rabia se esfumó. Enfurecido, la había
arrastrado hasta la sombra de los árboles; de acuerdo con todas las normas de
este mundo me pertenecía. Y sin embargo la vi nuevamente como a una joven, una
beldad de quien no se debía abusar.
—Naturalmente
entenderás —le dije— que ya no puedo confiar en ti.
—Por supuesto
que no —dijo— Yo soy tu enemigo. Y no temo a la muerte.
—Desvístete
—ordené.
—¡No! —gritó, y
retrocedió. Se arrodilló delante de mí, colocando su cabeza sobre mis pies— La
hija de un Ubar te pide de todo corazón: atraviésame con tu espada. ¡Pronto!
Reí
estrepitosamente. La hija del Ubar tenía miedo de que yo la violara, yo, un
soldado común. Pero tuve que confesarme, avergonzado, que hacía un instante
había pensado en eso, cuando la arrastraba hacia los árboles, pero el encanto
de su belleza me había disuadido de humillarla. Me avergoncé y decidí que no
habría de ocurrirle ningún daño a esa muchacha, aunque era maligna y
traicionera como un tharlarión.
—No te violaré
—dije— Tampoco he de matarte.
Alzó la cabeza
y me examinó sorprendida. A continuación se levantó y me miró despectivamente.
—Si fueras un
guerrero auténtico, ya me hubieras tomado sobre el lomo de tu tarn, en medio de
las nubes, y hubieras arrojado mis ropas a las calles de Ar, para mostrarle a
mi gente qué había sido de la hija de su Ubar.
Por lo visto
creía que yo tenía miedo de dañarla y que como hija de un Ubar se encontraba
por encima de los peligros de un cautiverio.
—Desvístete
—repetí— Tengo que ver si llevas más armas.
—Ningún hombre
puede ver a la hija del Ubar desnuda— respondió.
—Desvístete
ahora mismo —le dije— o me encargaré de hacerlo yo.
Furiosa,
comenzó a desabrocharse sus pesadas vestiduras.
Apenas había
comenzado a hacerlo cuando sus ojos, de repente, brillaron triunfantes y dejó
escapar un grito de alegría.
—¡No te muevas!
—dijo una voz detrás de mí— Tienes una ballesta a tus espaldas.
—Bien hecho,
hombres de Ar —exclamó la hija del Ubar.
Me volví
lentamente con las manos extendidas y me vi frente a dos soldados de infantería
de Ar. Uno de ellos era un oficial; el otro, un soldado raso, que me apuntaba
con su ballesta. A tan corta distancia difícilmente podía errarme.
El oficial, un
hombre grande, cuyo casco mostraba señales de lucha, se acercó precavidamente
con la espada desenvainada y me desarmó. Sonrió al contemplar la marca sobre el
puño de la daga. Puso el arma en su cinturón y me colocó unas esposas. Después
se dirigió a la joven:
—¿Tú eres
Talena, la hija de Marlenus? —preguntó, y golpeó el puño de la daga.
—¿No ves acaso
que llevo las vestiduras de la hija del Ubar? —dijo la muchacha—, sin reparar
mayormente en el oficial. Se colocó delante de mí, me dirigió una mirada
triunfante. Me escupió en la cara y me golpeó con todas sus fuerzas. Mis
mejillas ardían.
—¿Eres Talena?
—volvió a preguntar el oficial.
—Sí, soy
Talena, héroes de Ar —respondió la joven con orgullo y se volvió hacia ellos—
Soy Talena, la hija de Marlenus, Ubar de todo Gor.
—Pues bien
—dijo el oficial dirigiéndose a su subordinado—, desvístela y encadénala como
esclava.
8 - CONSIGO
COMPAÑÍA
Salté hacia
adelante, pero me detuvo la espada del oficial. El soldado raso dejó de lado su
ballesta y se acercó a Talena, que lo miraba con espanto. El hombre comenzó a
romper los lazos bordados; metódicamente rasgó sus vestiduras, las abrió, y las
hizo caer al suelo por encima de sus hombros. Poco después se encontraba
desnuda delante de nosotros, su ropa reducida a un sucio montón apilado a sus
pies. Su cuerpo, parcialmente manchado de barro, era de una belleza
extraordinaria.
—¿Por qué
hacéis esto? —pregunté.
—Marlenus ha
huido —dijo el oficial—. En la ciudad reina el caos. Los Iniciados han tomado
el poder y han ordenado que Marlenus y todos los miembros de su familia sean
empalados públicamente sobre los muros de Ar.
La muchacha
dejó escapar un grito dé terror.
El oficial
continuó: —Marlenus perdió la Piedra del Hogar, la Piedra que le traía suerte a
Ar. Él, por su parte, huyó con cincuenta tarnsmanes y gran parte del tesoro de
la ciudad. En las calles se libran batallas entre los grupos que pretenden
asumir el poder en Ar. Los saqueos y pillajes están a la orden del día. La
ciudad se encuentra bajo la ley marcial.
La joven alzó
los brazos sin ofrecer resistencia, y el soldado los sujetó con la cadena de
los esclavos: dos livianos aros de oro, adornados con piedras azules, que casi
parecían joyas. Talena parecía haber enmudecido. En el lapso de unos pocos
segundos su mundo se había derrumbado. De repente se había convertido en la
hija condenada de un delincuente bajo cuyo mandato había sido robada la Piedra
del Hogar. Lo mismo que todos los demás miembros de la familia, se hallaba
ahora expuesta a la venganza de los súbditos exacerbados.
—Yo soy el
hombre que robó la Piedra del Hogar —dije.
El oficial me
propinó un golpe con su espada: —Ya lo habíamos sospechado al encontrarte en
esta compañía —rió por lo bajo—. No te preocupes, que a pesar de que en Ar a
más de uno le alegre tu hazaña, tu muerte no será ni rápida ni agradable.
—Dejad a la
joven en libertad —dije—, es inocente. Ha hecho todo lo posible para salvar la
Piedra del Hogar de vuestra ciudad.
Talena parecía
desconcertada al ver que yo salía en su defensa.
—Los Iniciados
han dado a conocer su veredicto —dijo el oficial— Han decidido que se les
ofrezca un sacrificio a los Reyes Sacerdotes a fin de que se compadezcan de
nosotros y recuperemos la Piedra.
En ese momento
desprecié a los Iniciados de Ar, que al igual que otros de su misma casta en
todo Gor estaban dispuestos a apoderarse del poder político, al que
supuestamente habían renunciado por su vocación. El propósito real detrás de
los «sacrificios a los Reyes Sacerdotes» consistía probablemente en liberarse
de otros competidores al trono de Ar y fortalecer su propia posición política.
El oficial
frunció el ceño: —¿Dónde está la Piedra del Hogar?
—No lo sé.
Me colocó la
espada en el cuello.
En ese instante
la hija del Ubar dijo para mi sorpresa: —Dice la verdad. La Piedra del Hogar
estaba en el bolso de la silla de montar de su tarn. El tarn se escapó y la
Piedra ha desaparecido.
El oficial
maldecía en voz baja.
—Llevadme a Ar
—dijo Talena—. Estoy preparada.
Salió del
círculo formado por su ropa y se detuvo, orgullosa, entre los árboles. El
viento jugaba con sus largos cabellos negros.
El oficial la
examinó de pies a cabeza y sus ojos brillaron. Sin mirar al soldado le dio la
orden de encadenarme. Luego envainó su espada, sin quitarle los ojos de encima
a Talena. —A la muchacha la encadeno yo mismo —dijo—. Sacó una cadena de su
bolso y se acercó la joven.
—La cadena no
será necesaria —replicó Talena con orgullo.
—Eso lo
decidiré yo —repuso el oficial, y rió mientras sujetaba el metal al cuello de
la joven. Juguetonamente tironeó de él—, Nunca hubiera soñado tener alguna vez
encadenada a la hija de Marlenus.
—¡Eres un
monstruo! —chilló ella.
—Veo que aún
tengo que enseñarte el respeto que me debes —dijo el oficial. Colocó su mano
entre el cuello y la cadena, y atrajo a Talena hacia sí. Con un ademán salvaje
se arrojó de repente sobre ella, y la muchacha, de espaldas sobre el pasto,
dejó escapar un grito. El soldado contemplaba la escena: seguramente esperaba
que también a él le llegaría su turno. Levanté mis pesadas esposas metálicas y
le asesté con ellas un golpe en la sien. Sin emitir un quejido cayó al suelo.
El oficial se
incorporó. Gruñó enfurecido y trató de sacar su espada. No había aún terminado
de desenvainarla cuando lo ataqué. Mis manos encadenadas se cerraron alrededor
de su cuello. Se defendía desesperadamente y trató de apartar mis dedos; la
espada se deslizó fuera de la vaina. Pero no aflojé. Entonces sacó de su
cinturón la daga de Talena; esposado como estaba, seguramente no habría podido
evitar el golpe mortal.
De repente se
contrajo espasmódicamente y vi un muñón sangriento en lugar de su mano: Talena
había empuñado su espada y le había cortado la mano que sostenía la daga. Solté
al oficial. Se retorció en el pasto y poco después estaba muerto. Talena,
desnuda, seguía sosteniendo la espada sangrienta en sus manos, y sus ojos
reflejaban el horror por lo que había ocurrido.
—Suelta la
espada —ordené bruscamente, preocupado de que pudiera ocurrírsele atacarme
también a mí. La joven obedeció, cayó de rodillas y ocultó el rostro entre las
manos. Por lo visto la hija del Ubar no era tan inhumana como yo había
supuesto.
Cogí la espada,
me acerqué al otro soldado, y me pregunté si lo mataría, en caso de que aún
estuviera vivo. Quizá le hubiera perdonado la vida, no lo sé; de todos modos no
fue necesario tomar una decisión. Yacía inmóvil en el pasto: las pesadas
esposas le habían partido el cráneo.
Registré el
bolso del oficial y encontré la llave de mis esposas. Me costaba trabajo
colocarla en la abertura indicada.
—Deja que yo lo
haga —dijo Talena, cogió la llave y abrió la cerradura. Tiré al suelo las
cadenas y me froté las muñecas.
Por favor —dijo
Talena, que se hallaba de pie junto a mí, abatida, las manos atadas por las
coloridas esposas destinadas a los esclavos.
—Por supuesto
—dije—. Lo siento.
Seguí buscando
en el bolso y finalmente encontré la diminuta llave de las cadenas de los
esclavos. La puse en libertad.
A continuación
me dediqué a examinar minuciosamente el bolso y las armas.
—¿Qué es lo que
quieres? —preguntó Talena.
—Quiero coger
lo que pueda sernos útil —dije—, y clasifiqué el contenido de los bolsos. Los
objetos más importantes eran una brújula-cronómetro, algunas raciones de víveres,
dos botellas de agua, las cuerdas del arco, cordones y aceite para el
funcionamiento de una ballesta. Decidí llevar conmigo mi propia espada y la
ballesta del soldado. La aljaba contenía unos diez proyectiles. Ninguno de los
dos soldados había llevado consigo lanza o escudo. Finalmente conduje ambos
cuerpos hasta el pantano y los arrojé al agua sucia.
Cuando regresé
al claro del bosque, encontré a Talena sentada en el pasto. Me sorprendió ver
que aún no había vuelto a vestirse. Tenía apoyado el mentón sobre sus rodillas
y cuando me vio, preguntó en forma bastante sumisa: —¿Puedo volver a vestirme?
—Por supuesto
que sí.
Sonrió:
—Como ves, no
llevo armas.
—Te subestimas
—dije.
Pareció
sentirse halagada. De entre sus sucias vestiduras eligió un trozo de viso, de
seda azul, que dejaba los hombros libres; se lo puso y lo ató con un cinturón
de seda del velo. No cogió nada más. Con sorpresa advertí que parecía no
preocuparse ya por su aspecto, sino auténticamente aliviada de haberse
despojado de las incómodas vestiduras de la hija del Ubar. La prenda, que
naturalmente estaba calculada para ser llevada con sus zapatos enormes, le
cubría los pies. A su pedido, corté la tela hasta dejarla a algunos centímetros
por encima de sus tobillos.
—Gracias —dijo.
Le sonreí.
Parecía tratarse de una Talena completamente nueva. Dio una vuelta por el claro
del bosque. Era evidente que se sentía muy a gusto con su nuevo atuendo; giró
varias veces sobre sí misma y pareció alegrarse de la libertad de movimientos
que acababa de conquistar.
Recogí algunas
frutas de Ka-la-na y abrí dos raciones de víveres. Talena se sentó junto a mí
en el pasto y compartimos la comida.
—Me da pena que
le haya pasado esto a tu padre —dije.
—Era el Ubar de
todos los Ubares —dijo y titubeó un instante—. La vida de un Ubar siempre está
llena de peligros —contempló el pasto pensativamente— Tenía que saber que un
día algo de esto pasaría.
—¿Acaso nunca
habló contigo sobre el tema? —pregunté.
Echó la cabeza
hacia atrás y rió: —¿Es que no eres goreano? Sólo he visto a mi padre en las
fiestas públicas. Las hijas de las castas elevadas se crían en Ar en los
Jardines Elevados como flores, hasta que algún pretendiente de alto linaje,
preferentemente un Ubar o un Administrador, pague por la novia el precio fijado
por los padres.
—¿Quieres
decirme que no conociste a tu padre? —pregunté.
—¿Acaso es
diferente en tu ciudad, guerrero?
—Sí —dije
recordando que en Ko-ro-ba se tenía todavía en alta estima a la familia. Pero
me pregunté si acaso esta idea podía deberse a la influencia de mi padre, cuya
actitud terrestre en ocasiones entraba en conflicto con las rudas costumbres de
Gor.
—Eso me
gustaría verlo —dijo. Luego me examinó detenidamente—. ¿De qué ciudad vienes,
guerrero?
—No vengo de Ar
—respondí.
—¿Puedo saber
tu nombre?
—Me llamo Tarl.
—¡Ah! Eres Tarl
Cabot de Ko-ro-ba, ¿no es cierto?
No pude ocultar
mi sorpresa y ella rió alegremente. —Sí, yo lo sabía —dijo.
—¿Cómo puedes
saberlo?
—El anillo
—prosiguió, y señaló el rojo aro de metal que yo llevaba en mi mano derecha—
Ese es el signo de Cabot, el Administrador de Ko-ro-ba, y tú eres su hijo Tarl,
a quien los guerreros de Ko-ro-ba han adiestrado en las artes marciales.
—Los espías de
Ar son muy diestros —dije.
—Más diestros
que los Asesinos de Ar —contestó— Pa-Kur, Maestro entre ellos, debía matarte,
pero fracasó.
Recordé el
atentado en la casa de mi padre, un atentado del que seguramente no hubiera
salido con vida a no ser por la actitud vigilante de Tarl el Viejo.
—Ko-ro-ba era
una de las pocas ciudades que mi padre temía —dijo Talena— porque era
consciente de que quizás algún día podría levantar a otras ciudades en su
contra. Nosotros en Ar opinábamos que te hizo adiestrar para ese fin y por ello
quisimos eliminarte. —Se calló un instante y me miró—: Lo que nunca hubiéramos
sospechado es que pretendías robar nuestra Piedra del Hogar.
—¿Cómo sabes
todo eso? —pregunté.
—¡Oh! Las
mujeres en el Jardín Elevado están bien enteradas —respondió.
Empecé a
dividir las raciones que les había quitado a los soldados.
—¿Qué estás haciendo?
—preguntó Talena.
—Te doy la
mitad de los víveres —respondí.
—Pero ¿por qué?
—preguntó, mirándome con preocupación.
—Porque voy a
dejarte —dije, y le acerqué una porción de comida, así como una de las botellas
de agua. Finalmente le arrojé su daga— Puede serte útil.
La hija del
Ubar parecía petrificada. Sus ojos se dilataron en señal de pregunta, pero sólo
leyó resolución en mi rostro.
Guardé mis
cosas, listo para partir. La joven se levantó y colocó su pequeño envoltorio
sobre un hombro: —Voy contigo —dijo— Y no podrás impedirlo.
—¿Y si te
encadeno a ese árbol? —pregunté.
—Tú no eres
como los demás guerreros de Ar —dijo— No harías algo semejante.
—Pues no debes
seguirme.
—Sola estoy
perdida.
Yo sabía que
decía la verdad. Una mujer indefensa no tenía posibilidades de sobrevivir en
las planicies de Gor.
—Pero ¿qué
puedo hacer para confiar en ti? —pregunté.
—No puedes
hacer nada —dijo abiertamente—, pues yo vengo de Ar y tengo que seguir siendo
tu enemigo.
—Entonces, me
conviene abandonarte.
—Pero yo puedo
obligarte a que me lleves contigo.
Se arrodilló
delante de mí, bajó la cabeza y extendió sus brazos cruzados. —Ahora tienes que
llevarme o de lo contrario, matarme lo que seguramente no harás.
La maldije.
—¿Qué vale la
sumisión de Talena, la hija del Ubar? —pregunté irónicamente.
—Nada —dijo—.
Pero tienes que aceptarla o matarme.
Furioso, me
dirigí hacia donde estaban las esposas en el pasto; recogí también el gorro de
esclava y la cadena.
—Ya que quieres
ser prisionera —dije—, serás tratada como tal. Acepto tu sumisión.
La encadené y
le quité la daga, que coloqué en mi cinturón. Fastidiado, arrojé los dos atados
sobre sus hombros. Luego cogí la ballesta y abandoné el claro del bosque.
Detrás de mí venía la joven embozada, tirada por mí. Con sorpresa, la escuché
reír debajo de su gorro.
9 - KAZRAK DE
PUERTO KAR
Caminamos
juntos en la noche, fugitivos bajo las tres lunas de Gor. Poco después de
abandonar el claro del bosque liberé a Talena, que se divertía con ello, del
gorro y la cadena. Cuando cruzamos los campos de cereales, me habló acerca de
los peligros que nos amenazaban allí, por parte de los animales feroces de las
llanuras o de extraños que podríamos encontrar por el camino. Es interesante
señalar que en el idioma goreano la denominación para un extraño es idéntica a
la palabra enemigo.
Talena parecía
colmada de una nueva vida, como si estuviera sumamente contenta de haber dejado
atrás los Jardines Elevados. Ahora era una persona relativamente libre. El
viento jugaba con sus cabellos y ella lo aspiraba como si fuera vino Ka-la-na.
Noté que en mi compañía se sentía más libre de lo que jamás había sido antes.
Su alegría era sumamente contagiosa. Conversábamos y bromeábamos como si no
fuéramos los más terribles enemigos en todo Gor.
Traté de tomar el
rumbo de Ko-ro-ba. Era imposible regresar a Ar, ya que allí la muerte nos
amenazaba a los dos. Probablemente nos esperaba un destino similar en la
mayoría de las ciudades goreanas; las Ciudades Libres no eran precisamente
célebres por su hospitalidad. Debido al odio que la mayoría de los goreanos
sentía por la ciudad de Ar, era indispensable mantener en secreto la identidad
de mi hermosa acompañante.
Pero me sentía
preocupado, ¿Qué sería de Talena si tuviéramos la suerte increíble de llegar a
Ko-ro-ba? ¿La empalarían allí públicamente o la entregarían a los Iniciados de
Ar? ¿Se propondrían acaso encerrarla para el resto de su vida en un calabozo de
un sótano de la ciudad? Quizá se le concediera la gracia de vivir como esclava.
Si Talena se
interesaba por tales especulaciones, nada se advertía en ella. Me explicó su
plan:
—Yo simularé
ser la hija de un rico mercader, a quien tú conquistaste. Los hombres de mi
padre mataron a tu tarn, y tú me llevas ahora a tu ciudad donde seré tu
esclava.
De mala gana
acepté esa fantasía, que tenía cierta lógica. Talena y yo estábamos de acuerdo
acerca de que el peligro de ser reconocidos era relativamente pequeño. En
general todos supondrían que el hombre que había robado la Piedra del Hogar y
desaparecido con la hija del Ubar ya habría regresado hacía tiempo a su
desconocido punto de partida.
A la mañana
comimos de nuestras raciones y llenamos nuestras botellas de agua en un
manantial escondido. Luego nos bañamos y nos acostarnos para dormir. Talena se
sintió irritada cuando la sujeté a unos cuantos metros de distancia, colocando
sus brazos alrededor del tronco de un árbol joven y atándolos. No tenía ganas
de que me apuñalara mientras dormía.
Por la tarde
retomamos la marcha y finalmente nos atrevimos a transitar por uno de los
anchos caminos empedrados, que nos alejaba de Ar: una ruta semejante a un muro,
compuesta de sólidas piedras yuxtapuestas, hecha para durar mil años. Había muy
poco tránsito por allí, quizá debido al caos reinante en la ciudad. En el caso
de que hubiera fugitivos, seguramente se encontraban todavía detrás de
nosotros, y sólo unos pocos mercaderes se aproximaban a la ciudad. Pues ¿quién
deseaba poner en juego sus mercancías en semejante situación caótica? Y cuando
de tiempo en tiempo nos encontrábamos con un viajero, nos acercábamos a él con
precaución. Lo mismo que en mi país de origen, Inglaterra, en Gor se transita
por el lado izquierdo del camino, lo que significa algo más que una costumbre,
ya que, yendo del lado izquierdo, el brazo que lleva la espada está vuelto
hacia quien viene a nuestro encuentro.
Nuestra
preocupación parecía infundada, y pronto pasamos varias piedras-pasang sin
haber advertido nada amenazante, sin haber visto a nadie, a excepción de
algunos campesinos que llevaban unos juncos sobre la espalda y dos Iniciados
que apresuraron el paso. Sin embargo, en una oportunidad, Talena me apartó del
camino, y apenas pudimos ocultar nuestro horror al ver pasar a un leproso a
nuestro lado. Sufría de la incurable enfermedad Dar-Kosis. Estaba envuelto en
unos harapos amarillos y utilizaba una matraca de madera para prevenir a los
transeúntes.
Poco a poco el
camino se volvió más solitario y parecía que era, en general, menos transitado.
El pasto crecía en los resquicios entre las piedras y casi no se veían huellas
de ruedas. Pasamos varios cruces, pero yo mantuve la dirección hacia Ko-ro-ba.
No sabía qué haríamos cuando llegáramos a la zona de tierra devastada y a las
orillas del río Vosk.
—Nunca
llegaremos a Ko-ro-ba —dijo Talena desesperada.
Esa noche
comimos las últimas raciones y vaciamos una de las botellas de agua. Cuando
quise encadenar a la joven, me empujó hacia un costado.
—Tenemos que
encontrar un arreglo más adecuado —dijo, y tiró las esposas al suelo— Este es
muy incómodo.
—¿Qué propones?
Miró a su
alrededor y, de repente, sonrió:
—Aquí —dijo,
cogió una cadena de esclavos de mi bolso, la hizo girar varias veces alrededor
de sus tobillos delgados y la cerró. Luego me dio la llave. A continuación
llevó la cadena hasta un árbol cercano, se inclinó y colocó el extremo que se
encontraba suelto alrededor del tronco—. ¡Dame las esposas! —ordenó. Le traje
lo que pedía y pasó los dos aros de las esposas por el trozo de cadena que
rodeaba el árbol, las cerró y me dio la llave.
—Ya ves, audaz
tarnsman —dijo— ¡Yo te enseñaré cómo se trata a una prisionera! Y ahora puedes
dormir en paz, y te prometo que esta noche no te degollaré.
Me reí y por un
instante la tuve entre mis brazos. De repente me di cuenta cómo latía mi
corazón. Tampoco Talena parecía indiferente a nuestro contacto. No deseaba
soltarla nunca más, la quería sólo para mí. Solamente haciendo un gran esfuerzo
pude librarme del mágico poder de sus ojos.
—Así que de
este modo —dijo despectivamente— trata un tarnsman a la hija de un rico
mercader.
Me acosté en el
pasto lejos de ella. Estuve mucho tiempo sin poder dormirme.
Muy temprano
por la mañana abandonamos nuestro campamento. Nuestro desayuno consistió en un
trago de agua y algunas pequeñas bayas secas que encontrarnos en los arbustos.
No habíamos caminando mucho cuando Talena me tomó del brazo. Presté atención y
escuché piafar a un tharlarión. —Un guerrero —dije.
—¡Rápido!
—ordenó Talena ¡El gorro!
Le cubrí la
cabeza y la encadené apresuradamente.
Ya se oía más
de cerca el ruido de los cascos del tharlarión.
Poco después
apareció el jinete, un magnífico guerrero barbudo provisto de un casco dorado y
una lanza de tharlarión. Detuvo su cabalgadura algunos metros delante de mí.
Montaba un tharlarión de la especie que se denomina también tharlarión grande,
un animal que avanza dando grandes saltos sobre sus patas traseras. Las
delanteras, pequeñas y ridículas, colgaban inútiles hacia abajo.
—¿Quién eres?
—preguntó el hombre.
—Soy Tarl de
Bristol —respondí.
—¿Bristol?
—preguntó el guerrero desorientado.
—¿Acaso nunca
has oído hablar de ese lugar? —pregunté incrédulo.
—No —admitió
abiertamente—. Yo soy Kazrak de Puerto Kar, y estoy al servicio de Mintar, de
la Casta de los Mercaderes.
Yo había oído
mencionar a Puerto Kar. Se trataba de una ciudad en el delta del Vosk, de
bastante mala fama.
El guerrero
señaló a Talena con su lanza:
—¿Y ésa quién
es? —preguntó.
—No es
necesario que sepas ni su nombre ni su procedencia.
El guerrero rió
y se golpeó los muslos:
—Probablemente
quieres convencerme de que procede de una casta elevada —dijo— Seguramente no
es más que la hija de un pastor de cabras.
—¿Qué hay de
nuevo sobre Ar? —pregunté, sin preocuparme del estremecimiento nervioso de
Talena.
—Allí hay
guerra —dijo el jinete con tono satisfecho—. Mientras los habitantes de Ar
luchan entre sí por los cilindros, a orillas del Vosk se reúne un ejército
compuesto por guerreros de cincuenta ciudades para tomar Ar al asalto. Pocas
veces se ha visto un campamento semejante al que se encuentra allí abajo: una
ciudad de carpas, y corrales para los tharlariones del tamaño de un pasang; las
alas de los tarns resuenan como el trueno desde el cielo.
Se oyó la voz
de Talena, algo ahogada debajo del gorro: —Los buitres llegan y caen sobre los
tarnsmanes heridos—. Se trataba de un dicho goreano.
—Yo no le hablé
a la muchacha —respondió el guerrero— Probablemente hace poco que lleva sus
cadenas.
—¿Cuál es tu
destino? —pregunté.
—La ciudad de
las carpas a orillas del Vosk —me respondió.
—¿Qué hay de
nuevo, acerca del Ubar Marlenus? —preguntó Talena.
—Deberías
pegarle —dijo el guerrero. Pero a pesar de todo le contestó— Nada. Ha huido.
—¿Y qué se sabe
de la Piedra del Hogar de Ar y de la hija de Marlenus? —me di cuenta de que
ésta era la pregunta que el guerrero esperaba que le formulara.
—Si se hace
caso de los rumores, la Piedra puede encontrarse en cien ciudades diferentes.
También se dice que ha sido destruida. Sólo los Reyes Sacerdotes saben la
verdad.
—¿Y la hija de
Marlenus?
—Seguramente se
encuentra en la alcoba del tarnsman más audaz de Gor —dijo el guerrero y se
rió—. Espero que tenga tanta suerte con ella como con la Piedra. Por lo que
dicen, tiene el temperamento de un tharlarión, y la cara le hace juego.
Talena se puso
rígida: —He oído —dijo altiva— que la hija del Ubar es la mujer más hermosa de
todo Gor.
—Me gusta la
muchacha —dijo el guerrero—. ¡Déjamela!
—No —respondí.
—¡Déjamela o mi
tharlarión te hará pedazos! —exclamó— ¿O prefieres que te traspase mi lanza?
—Tú conoces las
reglas —dije tranquilamente—. Si quieres a la muchacha, tienes que desafiarme y
dejar que yo elija las armas.
El rostro del
guerrero se ensombreció. Luego echó hacia atrás su hermosa cabeza, riéndose.
Sus dientes relucían a través de su espesa barba.
—¡De acuerdo!
—bramó. Sujetó su lanza a la silla y se deslizó hasta el suelo. —¡Te desafío!
—Espada —dije.
—De acuerdo
—respondió.
Empujamos hacía
un lado a una Talena asustada, que ahora debía presenciar cómo dos guerreros
resueltos luchaban por ella. Kazrak de Puerto Kar era un excelente espadachín,
pero al cabo de algunos segundos ya sabíamos que lo superaba. Tenía el rostro
pálido debajo del casco, mientras trataba de parar mis violentos ataques. En
una oportunidad, retrocedí y bajé la punta de la espada hasta el suelo, señal
de gracia simbólica en caso de que quisiera interrumpir la lucha. Pero esto
pareció enardecerlo aún más, pues retomó el ataque con furia redoblada.
Por último,
después de un encuentro particularmente violento, logré clavar mi espada en su
hombro, y, al caer el brazo que sostenía el arma, se la arranqué de la mano.
Kazrak se
hallaba de pie, orgulloso, en medio del camino, esperando el golpe mortal.
Me di la vuelta
y me coloqué junto a Talena, que se encontraba abatida al borde del camino,
aguardando el instante en que el vencedor le quitara la capucha.
Cuando levanté
el gorro y me vio a mí dejó escapar un grito de alegría. Luego miró al guerrero
herido. Se estremeció: —¡Mátalo! —ordenó.
—No —dije.
El guerrero,
que se agarraba su hombro ensangrentado, sonrió amargamente: —Valió la pena
luchar por ella —dijo, y examinó a Talena.
La muchacha
arrancó la daga de mí cinturón y corrió hacia Kazrak. Apenas pude evitar que le
traspasara el pecho con su arma.
El no se había
movido del lugar: —Deberías azotarla —dijo impasiblemente.
Corté algunos
centímetros de tela del borde del vestido de Talena, lo que soportó llena de
furia. Había terminado de vendar la herida, cuando escuché ruidos metálicos; me
vi rodeado de repente por jinetes provistos de lanzas, que llevaban las mismas
vestimentas que Kazrak. Detrás de ellos se veía una larga fila de tharlariones
anchos, la variedad de cuatro patas de esta raza. Estos seres monstruosos
tiraban de unos carros imponentes, que estaban cargados hasta el tope,
cubiertos por lonas rojas.
—Esta es la
caravana de Mintar, de la Casta de los Mercaderes —dijo Kazrak.
10 - LA
CARAVANA
—No le hagáis
daño —dijo Kazrak—. Es mí hermano de espada, Tarl de Bristol.
La advertencia
de Kazrak respondía al extraño código de los guerreros de Gor, reglas que les
eran tan naturales como la respiración. Los hombres que han derramado la sangre
de un contrincante se convierten en sus hermanos de espada, a menos que se
maldiga la sangre sobre el arma. Esta es una regla que, desligada de toda
vinculación con la Piedra de Hogar, sólo concierne a los dos guerreros en
cuestión.
El muro de
lanzas se abrió para ceder el paso al comerciante Mintar. Una litera adornada
con alhajas estaba suspendida entre dos tharlariones, que se balanceaban
lentamente de un lado a otro. Cuando los monstruos se detuvieron, se
entreabrieron las cortinas de la litera. Sobre unos cojines bordados se hallaba
sentado un hombre enorme; su cabeza era redonda como un huevo de tarn y sus
ojos casi se perdían en los rollos adiposos de su rostro. Un penacho de pelo raído
colgaba de su gordo mentón.
—Así que Kazrak
de Puerto Kar ha encontrado a su igual —dijo el comerciante captando
rápidamente la escena.
—Esta es la
primera vez que he sido vencido —respondió Kazrak con orgullo.
—¿Quién eres
tú? —preguntó Mintar, dirigiéndose a mí.
—Tarl de
Bristol —dije—. Y ésta es mi mujer, sobre la que hago valer mis pretensiones
por el derecho de la espada.
Mintar no dejó
entrever que no había oído jamás mencionar la ciudad de Bristol. Cerró los ojos
por un instante, y dirigiéndose luego a los jinetes que me rodeaban: —¿Acaso
alguno de los que se encuentra a mi servicio desea luchar por la mujer de Tarl
de Bristol? —preguntó.
Los guerreros,
montados en sus cabalgaduras, parecían nerviosos. Mintar rió despectivamente,
luego su rostro se ensombreció: —Tarl de Bristol —dijo—, has puesto fuera de
combate a mi mejor guerrero. En consecuencia me debes algo. ¿Puedes pagarme el
elevado precio que corresponde a semejante guerrero?
—No tengo más
bienes que esta muchacha —dije—, y no estoy dispuesto a entregarla.
Mintar resopló:
—En los carros tengo cuatrocientas muchachas tan hermosas como ella—. Examinó a
Talena detenidamente, pero no se inmutó: —Ella no aportaría ni siquiera la
mitad del dinero que yo debería gastar para adquirir un guerrero como Kazrak.
Talena se
sobresaltó como si le hubieran golpeado la cara.
—Entonces no
puedo pagarte lo que te debo —dije.
—Soy un
comerciante —respondió Mintar—, y es parte de mis principios exigir el pago de
todas las deudas.
Me preparé para
vender cara mi vida. Extrañamente lo que más me preocupaba era la suerte que
correría Talena.
—Kazrak de
Puerto Kar —dijo Mintar—, ¿estás dispuesto a dejarle a Tarl de Bristol el resto
de tu precio de alquiler, si se pone a mi servicio en tu lugar?
—Sí —respondió
Kazrak—. Él me honró: es mi hermano de espada.
Mintar me
examinó satisfecho: —Tarl de Bristol, ¿te pones al servicio de Mintar,
perteneciente a la Casta de los Mercaderes?
—¿Y si me
niego? —pregunté.
—Entonces
ordenaré a mi gente que te mate —suspiró Mintar—, y ambos sufriremos una
pérdida.
—¡Oh! Ubar de
todos los mercaderes —dije—, ¿cómo habría de permitir yo que menguaran tus
ganancias?
Mintar se
relajó a ojos vista: —¿Y qué pasa con la muchacha? Si así lo deseas, te la
compro.
—No está en
venta. Tiene que acompañarme —repuse.
—Veinte
discotarns —dijo Mintar.
Me reí.
Mintar también
sonrió: —Cuarenta —dijo.
—No —respondí.
Mintar ya no
sonreía: —Cuarenta y cinco —ofreció con tono oprimido.
—Ni lo pienses.
—¿Procede de
una casta elevada? —preguntó el comerciante.
—Soy la hija de
un rico mercader —anunció Talena orgullosamente—, el más rico de todo Gor. Fui
raptada por este tarnsman. Han matado a su tarn, y él me lleva ahora a… a
Bristol, donde seré su esclava.
—Yo soy el
mercader más rico de Gor —dijo Mintar en voz baja.
Talena se
estremeció.
—Si tu padre es
un comerciante, dime su nombre —continuó—, seguramente lo conozco.
—Poderoso
Mintar —tercié en el diálogo—, disculpa a este tharlarión vestido de mujer. Su
padre es un pastor de cabras en los bosques pantanosos de Ar y yo la he
raptado. En Bristol cuidará de mis cabras.
Los soldados
soltaron una carcajada y Kazrak fue quien más se rió. Durante un instante temí
que Talena descubriera su verdadera identidad.
Mintar sonrió
divertido: —Mientras estás a mi servicio, puedes sujetarla a mi cadena —dijo.
—Mintar es
generoso —respondí.
—No —dijo
Talena—. Deseo compartir la carpa con mi guerrero.
—Como quieras
—dijo Mintar, y no se ocupó más de ella. Dio indicaciones para que volvieran a
cerrar las cortinas de su litera.
Kazrak nos
llevó a Talena y a mí a lo largo de la extensa caravana para encontrarle un
lugar a la joven. Junto a un largo carromato, cubierto de seda a rayas
amarillas y azules, le quité las esposas y la dejé a cargo del guardián.
—Tengo un
grillete disponible —dijo, tomó a Talena del brazo y la empujó hacia el
interior del carromato. Dentro se encontraban sentadas unas veinte muchachas,
diez a cada lado. Estaban encadenadas a una barra de metal que pasaba por el
centro del carromato. Estaban vestidas como esclavas. Antes de que sujetaran a
Talena, me gritó por encima del hombro: —¡No te librarás tan fácilmente de mí,
Tarl de Bristol!
—Trata de
deshacerte del aro —rió Kazrak y se dispuso a marcharse.
Apenas nos
habíamos alejado unos diez pasos, cuando oímos los gritos de una muchacha, y a
continuación, chillidos y exclamaciones. El carromato estaba alborotado y se
escuchaba ruido de cadenas. El guardián saltó con su látigo debajo de la lona,
y agregó al estrépito sus maldiciones y latigazos. Poco después volvió a aparecer
furioso y sin aliento, arrastrando a Talena por los cabellos. Ella se resistía
y se retorcía furiosa. Las jóvenes desde el carromato alentaban con sus gritos
al guardián, que, rabioso, arrojó a Talena en mis brazos. Sus cabellos estaban
desgreñados, sus espaldas, cubiertas de ronchas y sus hombros, rasguñados.
Tenía un brazo lastimado y sus ropas colgaban hechas jirones.
—¡Consérvala en
tu carpa! —resopló el guardián. —Los Reyes Sacerdotes son testigos de que lo ha
logrado efectivamente —dijo Kazrak admirado—. ¡Un auténtico tharlarión vestido
de mujer!
Talena alzó su
nariz ensangrentada mostrándome una sonrisa radiante.
Los días que
siguieron se contaron entre los más felices de mi vida. Talena y yo nos
convertimos en parte de la larga y chirriante caravana de Mintar, una procesión
interminable y de increíble colorido. Parecía como si ese viaje agradable nunca
llegara a su fin, y me encontré a gusto entre las largas hileras de carromatos,
cargados con los productos más diversos, con metales misteriosos y piedras
preciosas, con fardos de telas, comestibles, vinos y Paga, armas y armaduras,
cosméticos y perfumes, medicamentos y esclavos.
Cada mañana nos
poníamos en movimiento mucho antes de que amaneciera y viajábamos hasta la hora
de más calor. Temprano por la tarde nos deteníamos para acampar. Se les daba de
comer y de beber a los animales de tiro, se colocaban guardianes, se aseguraban
los carromatos, y los miembros de la caravana se ocupaban de las fogatas para
preparar la comida. Al atardecer cocheros y guerreros se divertían con sus
cuentos y canciones, contaban aventuras inventadas y reales, y bajo los efectos
del Paga entonaban sus rudas canciones, a voz en cuello.
Fue en esos
días cuando aprendí a manejar un tharlarión alto. Esos lagartos gigantescos se
crían en Gor desde mil generaciones atrás. Reaccionan frente a señales
verbales, pero en ocasiones también hay que ayudarlos un poco con la punta de
la lanza.
Los
tharlariones altos son carnívoros, pero su metabolismo es más lento que el del
tarn, que parece estar pensando constantemente en la comida. Además necesitan
muy poca agua.
La silla del
tharlarión se fabrica teniendo en cuenta el propósito de mitigar las sacudidas
debidas a los saltos irregulares de esos animales. Ello se logra; fundamentalmente,
sujetando la silla de montar a un armatoste hidráulico que nada en un líquido
espeso. De ese modo también se mantiene la silla en posición horizontal. A
pesar de este invento, quienes montan un tharlarión llevan además un cinturón
de cuero ancho y grueso que los sujeta a la silla, así como unas botas altas y
blandas. El cuero protege las piernas del jinete de la piel áspera del animal.
Cuando un tharlarión galopa su piel puede desgarrar la carne de la pierna
desprotegida del jinete.
Como había
prometido, Kazrak me dejó el resto de su salario: ochenta discotarns, una
bonita suma. Tuve que convencerlo para que conservara parte de esa cantidad
para sus propias necesidades: a fin de cuentas yo era su hermano de espada. Los
dos compartíamos una carpa con Talena, y bajo la mirada burlona de Kazrak
separé, con una cortina de seda, una parte de la carpa para la muchacha.
Kazrak y yo
adquirimos para Talena un vestido rayado, de los destinados a las esclavas, lo
que me pareció una medida adecuada para evitar preguntas acerca de su verdadera
identidad. Además Kazrak, por cuenta propia, compró dos objetos que consideró
importantes, un collar grabado y un látigo para esclavas.
Regresamos a la
carpa y le entregarnos su nuevo atuendo. Furiosa, se mordió el labio inferior.
A no ser por la presencia de Kazrak, seguramente me hubiera dado a conocer
otras manifestaciones de su enojo.
—¿Acaso
pensabas vestirte como una mujer libre? —la increpé.
Me miró
fijamente, consciente de tener que desempeñar su papel. Echó la cabeza hacia
atrás: —Naturalmente que no —dijo, y agregó irónicamente—: Señor.
Bien erguida,
desapareció detrás de su cortina de seda, para volver a aparecer de inmediato
en su corto manto sin mangas. Coquetamente dio una vuelta delante de nosotros.
—¿Te gusto? —preguntó.
—Arrodíllate
—le dije y tomé el collar de esclava.
Talena
palideció, pero cuando Kazrak comenzó a reírse, obedeció. Le acerqué el collar
de hierro, que llevaba la siguiente inscripción: «PERTENEZCO A TARL DE
BRISTOL».
Luego dejé que
el fino aro de metal se cerrara alrededor de su cuello y metí la llave en mi
bolso.
—¿Quieres que
mande traer el hierro candente? —preguntó Kazrak.
—No —suplicó
Talena, que ahora, por primera vez, parecía realmente asustada.
—Todavía no la
marcaré —dije con expresión seria.
—¡Por los Reyes
Sacerdotes! —rió Kazrak—. ¡Casi me haces creer que te interesas por ese
tharlarión salvaje!
—Déjanos solos,
guerrero —le dije.
Kazrak volvió a
reír, me guiñó el ojo y se retiró haciendo una reverencia irónica.
—¡Cómo puedes
atreverte! —bramó Talena— ¡Encadenar a la hija del Ubar de Ar!
Desesperadamente
trató de desprender el aro.
—La hija del
Ubar de Ar —dije— lleva el collar de Tarl de Bristol.
Tembló de
rabia, pero enseguida se controló y trató de no perder la calma: —Quizá sea
realmente adecuado que un tarnsman le ponga su collar a la hija cautiva de un
rico mercader.
—O a la hija de
un pastor de cabras —corregí.
Sus ojos
centellearon: —Sí, quizá —dijo—. Bien, reconozco que tu plan es razonable.
Con gesto
dominante me tendió su pequeña mano.
—Pero dame la
llave —continuó— para que pueda quitarme el collar cuando quiera.
—Yo conservaré
la llave —dije— Y el collar se quitará cuando lo quiera yo, si es que se quita.
Se irguió
furiosa: —Muy bien —respondió. Entonces su mirada recayó sobre el segundo
objeto que Kazrak me había regalado, el látigo para esclavos—. Y eso ¿a qué
viene?
—¿Acaso no
estás familiarizada con un látigo para esclavas? —pregunté.
—Sí —dijo en
voz baja—. Lo he usado muy frecuentemente con mis esclavas. Pero ¿tú también quieres…?
—Si es
necesario —respondí.
—Te faltaría el
valor para hacerlo —comentó.
—Pero quizá no
las ganas —contesté.
Sonrió. Su
próximo comentario me desconcertó: —Utilízalo tranquilamente cuando yo no te
guste, Tarl de Bristol —dijo, y se apartó.
Los próximos
días vi con sorpresa que Talena se mostraba alegre y comunicativa. Se
interesaba por la caravana y marchaba durante horas junto a los carromatos
coloridos, dejaba que los cocheros de vez en cuando la llevaran un trecho
consigo, les pedía una fruta o un dulce. Conversaba animadamente con las
pasajeras de los carros azules y amarillos, les trasmitía novedades y chismes y
bromeaba con ellas acerca del aspecto de sus futuros amos.
Se convirtió en
la favorita de toda la caravana. En una o dos ocasiones algunos guerreros de la
caravana se mostraron interesados por ella, pero cuando leían la inscripción
del collar se retiraban malhumorados y soportaban de mala gana sus comentarios
irónicos. Por la tarde, cuando acampábamos, nos ayudaba a Kazrak y a mí a armar
la carpa, y a continuación juntaba leña para el fuego. También cocinaba para
nosotros, se arrodillaba junto al fuego, los cabellos recogidos, para que no
fueran presa de las llamas, el rostro cubierto de sudor, la mirada fija en el
pedazo de carne, que a pesar de ello, por lo general, terminaba medio
chamuscado. Después de la comida limpiaba nuestros utensilios y se sentaba
sobre la alfombra de la carpa junto a nosotros para contarnos las cosas
agradables e intrascendentes ocurridas durante la jornada.
—Parece que la
esclavitud le sienta bien —le dije a Kazrak.
—No
precisamente la esclavitud —contestó y sonrió. Yo no entendí qué quería
decirme. Talena enrojeció, bajó la cabeza y pulió con particular empeño mis
botas de tharlarión.
11 - LA CIUDAD
DE LAS TIENDAS
Durante varios
días la caravana atravesó la franja devastada que limitaba el Reino de Ar.
Ahora escuchábamos a lo lejos el tronar amortecido del Vosk. Al pasar por
encima de una colina, contemplamos a orillas del río, delante de nosotros, una
escena increíble. Un campamento compuesto por innumerables carpas coloridas se
extendía hasta el horizonte, una ciudad construida rápidamente para uno de los
ejércitos más grandes que jamás se había formado sobre las planicies de Gor.
Las banderas de cien ciudades ondeaban sobre las carpas, y, a través del
murmullo constante del río, se oía el tronar de grandes tambores de tarn, de
aquellos tambores cuyas señales guiaban la complicada estrategia bélica de la
caballería aérea goreana. Talena corría junto a mi tharlarión y la subí a mi
silla para que pudiera ver mejor. Por primera vez desde hacía muchos días
observé furia en sus ojos.
—Los buitres
llegan y caen sobre los tarnsmanes heridos —exclamó.
No le respondí,
pues sabía que en último término yo era el responsable de esa concentración.
Había robado la Piedra del Hogar de Ar y provocado de ese modo la caída de
Marlenus, por cuya huida, a su vez, se había desencadenado el caos.
Talena se
inclinó hacia atrás convulsionada. Estaba llorando.
Si hubiera
estado en mi poder modificar el pasado, en ese instante, habría deseado no
haber robado nunca la Piedra del Hogar.
Ese día no
acampamos a la hora acostumbrada, sino que tratamos de llegar hasta la gran
ciudad de carpas antes del anochecer. En esos últimos pasang, los guardias de
la caravana, así como yo, nos ganamos la paga, ya que fuimos atacados en varias
oportunidades; en la última de ellas por una docena de tarnsmanes, que querían
apoderarse de nuestro carromato repleto de armas. Pero fueron repelidos por una
descarga de flechas de ballesta y se vieron obligados a emprender la retirada.
Esa noche
llevamos la caravana a un lugar cercado, preparado especialmente para Mintar
por Pa-Kur, Jefe de los Asesinos. Pa-Kur era el Ubar de esa enorme y
desorganizada horda de guerreros. La caravana fue puesta a buen recaudo; en
pocas horas debían comenzar los negocios. El campamento esperaba de forma
urgente la llegada de la caravana y las mercancías se venderían a buen precio.
Mi plan, según
se lo expliqué a Talena, era sencillo. Me proponía adquirir un tarn, si es que
podía pagarlo; en caso contrario, trataría de robar el animal. Y entonces
huiríamos a Ko-ro-ba. Podría ser una empresa arriesgada, pero era preferible a
cruzar el Vosk en un bote y continuar la marcha a pie o montados sobre un
tharlarión.
Talena parecía
abatida y presentaba un extraño contraste con la vivacidad de los últimos días:
—¿Qué será de mí en Ko-ro-ba? —preguntó.
—No lo sé —dije
y sonreí—. Quizá podrías convertirte en una esclava de las tabernas.
Sonrió amargamente:
—No, Tarl de Bristol —dijo—. Presumiblemente seré empalada, porque soy y
seguiré siendo la hija de Marlenus.
Me callé, pero
estaba decidido a no vivir sin ella. En el caso de que en Ko-ro-ba la esperara
semejante destino, yo deseaba morir con ella.
Talena se
levantó: —Esta noche —dijo— beberemos vino.
Era una
expresión goreana con la cual se dejaba en manos de los Reyes Sacerdotes los
acontecimientos futuros.
—Bebamos vino
—dije.
Esa noche llevé
a Talena conmigo a la ciudad de las carpas, y a la luz de las antorchas
caminamos tomados del brazo a través de las calles animadas. Allí no sólo había
guerreros y tarnsmanes, sino también mercaderes y campesinos, mujeres del
campamento y esclavos. Fascinada, Talena se aferraba a mi brazo. En una carpa
contemplamos a un gigante de piel bronceada, que parecía tragar bolas de fuego;
en la próxima, un mercader ofrecía sus telas de seda, y en la tercera,
muchachas esclavas se movían y bailaban mientras su dueño proclamaba su precio
de alquiler.
—Quisiera ver
el mercado —dijo Talena con vehemencia, y yo sabía a qué mercado se refería. De
mala gana la llevé a la gran carpa de seda azul y amarilla. Nos abrimos paso
entre los cuerpos calientes y malolientes de los compradores, hasta que
finalmente nos situamos bastante adelante. Talena observaba excitada cómo allí
arriba una muchacha después de otra era colocada sobre un gran bloque redondo
de madera y era vendida.
—Es hermosa
—decía Talena, cuando el subastador desataba la cinta del sencillo manto que
cubría a la joven y éste caía al suelo. En el caso de otras muchachas resoplaba
despectivamente. Conocía a algunas de las esclavas de la caravana y parecía
tener sus amigas y enemigas.
Con sorpresa vi
que las muchachas parecían alegrarse ante la perspectiva de la venta, y mostraban
audazmente sus encantos, tratando de superar a su predecesora. Naturalmente
resultaba mucho más agradable ser vendida a un precio elevado y tener la
certeza de que el futuro dueño sería un hombre adinerado. En consecuencia, las
muchachas hacían todo lo posible para despertar el interés del comprador.
Talena, al igual que los demás espectadores, no parecía sentir que ese comercio
tuviera nada de abyecto. La esclavitud era una parte aceptada de la vida
goreana.
De repente
distinguí entre el público a una figura grande y sombría, sentada sobre un
elevado trono de madera, rodeada de tarnsmanes. Llevaba el casco oscuro de la
Casta de los Asesinos. Agarré a Talena del brazo y, contrariando sus deseos, la
empujé a través de la multitud hasta que nos encontramos fuera de la carpa.
Compramos una
botella de vino de Ka-la-na y lo bebimos, mientras recorríamos las calles.
Talena me pidió que le diera un décimo de discotarn. Comportándose como una
niña, se dirigió hasta uno de los puestos y me pidió que le volviera la
espalda. Después de algunos minutos regresó con un pequeño paquete en la mano.
Me devolvió el dinero sobrante y se apoyó en mi hombro, diciéndome que se
sentía cansada. Volvimos a nuestra carpa. Kazrak no estaba y supuse que no
regresaría esa noche.
Talena se
retiró detrás de su cortina de seda y yo encendí el fuego en el centro de la
carpa. Todavía no me sentía cansado. No podía olvidar al hombre sobre el trono,
al hombre del casco negro, y casi temía que me hubiera visto y que ya hubiera
tomado sus medidas. Sentado sobre la blanda alfombra revolvía pensativamente la
fogata. Desde una carpa vecina se oía música de flautas, así como un leve
tamborileo y el rítmico sonido de un timbal.
Me encontraba
sumido en mis pensamientos, cuando Talena apareció por detrás de la cortina de
seda. Yo creía que se había acostado. En lugar de ello se había puesto un
vestido de baile de seda transparente y se había pintado los labios. Me sentí
marcado por la intensa fragancia de su perfume. De sus tobillos color oliva colgaban
diminutas campanas de baile. En el pulgar e índice de cada mano había sujetado
diminutos címbalos. Dobló un poco sus rodillas y alzó graciosamente las manos
por encima de la cabeza. Los címbalos de sus dedos comenzaron a sonar, y
entonces Talena, la hija del, Ubar de Ar, empezó a bailar para mí.
Se movía
lentamente delante de mí y preguntó en voz baja: —¿Te gusto, señor? —No escuché
nada de ironía ni de desprecio en su voz.
—Sí, —dije, sin
hacer caso del título por el cual me llamaba.
Se detuvo un instante
y se colocó a un costado. Parecía titubear. Luego, con un movimiento rápido,
levantó el látigo y la cadena de los esclavos. Se arrodilló delante de mí, no
en la posición de una esclava de torre, sino de una esclava de placer.
—Si lo deseas,
bailaré para ti el baile del látigo.
Arrojé lejos de
mí el látigo y la cadena: —No —exclamé con enojo.
—Entonces te
enseñaré un baile de amor —dijo feliz—. Lo he aprendido en los Jardines
Elevados de Ar.
—Eso sí que me
gustaría —respondí—. Talena me mostró el magnífico baile de la pasión, tal y
como se bailaba en Ar.
Durante varios
minutos bailó delante de mí; sus rojas vestiduras resplandecían a la luz de las
llamas y sus pies descalzos se movían suavemente sobre la alfombra. Con un
último tintineo de los címbalos en sus dedos cayó al suelo delante de mí,
jadeante, el deseo reflejado en sus ojos. Enseguida estuve a su lado y la tomé
en mis brazos. El corazón le latía violentamente. Me miró a los ojos, sus
labios temblaban.
—Deja que
traigan el hierro —dijo— Quiero ser tuya, señor.
—No, Talena
—dije y la besé.
—Quiero
pertenecerte —gimió—. Quiero pertenecerte por completo, de todas las maneras
posibles. Quiero tener tu marca de fuego, Tarl de Bristol. ¿Acaso no lo
entiendes? Quiero ser tu esclava.
Tomé su collar
de esclava, abrí la cerradura y lo arrojé a un lado:
—Eres libre, mi
amor —susurré— ¡Siempre libre!
Talena sacudió
la cabeza; sollozaba: —No —dijo—. Soy tu esclava. —Excitada se aferró a mí:
—Soy tuya —susurró—. Tómame.
Un estrépito
repentino me sobresaltó: unos tarnsmanes irrumpían en la carpa. Durante una
fracción de segundo pude ver todavía un asta de lanza dirigida hacia mi cara.
Oí gritar a Talena. Hubo un súbito resplandor y luego reinó la oscuridad.
12 - EN EL NIDO
DEL TARN
Estaba
encadenado por los brazos y las piernas a un armazón de madera que flotaba en
el agua. Debido al peso de mi cuerpo las cadenas penetraban profundamente en mi
carne. Volví la cabeza y vomité en las aguas amarillas del Vosk. Luego parpadeé
ante el sol caluroso y traté de moverme.
Alguien dijo:
—Está despierto.
Confusamente
percibí el movimiento de algunas astas de lanzas, apoyadas contra mi armazón,
dispuestas a empujarlo hacia la corriente del río. Dentro de mi campo visual
apareció un objeto negro, que resultó ser el casco de un miembro de la Casta de
los Asesinos. Lentamente se alzó el casco y contemplé un rostro flaco y cruel,
un rostro que parecía de metal gris.
—Soy Pa-Kur
—dijo el hombre—. Jefe de Asesinos de Ar. Comandante Supremo de este ejército.
—De modo que
volvemos a encontramos —dije.
Sus ojos
permanecieron faltos de toda expresión.
—El cilindro en
Ko-ro-ba. La ballesta —agregué.
Él callaba.
—En aquella
oportunidad no lograste matarme —dije irónicamente— Quizá quieras arriesgar
ahora un segundo tiro. Posiblemente el objetivo se encuentre esta vez más al
alcance de tus posibilidades.
Los hombres
detrás de Pa-Kur murmuraron. El del casco negro no parecía reaccionar.
—Mi arma —dijo,
y extendió su brazo. De inmediato colocaron en él una ballesta. Se trataba de
una gran arma de metal, lista para disparar.
Me preparé para
recibir el tiro mortal, reflexionando acerca de si llegaría a sentir el
impacto. Pa-Kur levantó el brazo con gesto dominante. Desde no sé dónde un
objeto pequeño y redondo voló por los aires, por encima del río. Era un
discotarn, arrojada por uno de los hombres de Pa-Kur. Cuando el objeto
diminuto, cuyo color negro contrastaba con el cielo azul, alcanzó su punto más
alto, escuché el clic del disparador, la vibración de la cuerda y el breve
silbido del pivote. Antes de que la moneda pudiera comenzar a caer, fue
alcanzada por el proyectil que la arrastró unos doscientos cincuenta metros.
—He sido un
necio —gemí.
—Y morirás como
tal —dijo. En su voz no sonaba ninguna emoción.
—Espera
—repliqué—. Te pido un favor —me costaba hablar—: Dime qué has hecho con la
muchacha.
—La joven es
Talena, la hija del Ubar Marlenus —respondió Pa-Kur—. Reinará en Ar a mi lado
como mi reina.
—Antes de hacer
eso, Talena preferiría morir —dije.
—Ella me ha
aceptado —respondió Pa-Kur.
Los ojos
despiadados me miraban inexpresivos: —Fue su deseo que tuvieras la muerte de un
villano —agregó— sobre este armazón humillante, indigna de manchar nuestras
armas.
Cerré los ojos.
Debí haber imaginado que la orgullosa Talena, hija de un Ubar, aprovecharía la
primera ocasión que se te presentara para volver al poder en Ar. Y a mí, su
protector, se me descartaba. De acuerdo con las costumbres goreanas cada uno de
los hombres me escupió encima. Finalmente Pa-Kur escupió sobre su mano y me la
colocó sobre el pecho.
—Te hubiera
concedido una muerte digna —dijo con el rostro inmutable—, si no hubiera sido
por la hija de Marlenus que se opuso a ello. Lo juro por el casco negro de mi
casta.
—Te creo —dije
deprimido. Me daba lo mismo vivir o morir.
Lentamente mi
armazón fue alejado de la orilla Fui atrapado por la corriente y el armazón de
madera, describiendo lentos círculos, se fue internando cada vez más en el
Vosk.
Me esperaba una
muerte desagradable; indefenso, encadenado al armazón, sin alimentos ni agua, a
pocos centímetros sobre la inquieta superficie del agua, bajo un sol caluroso.
En tales condiciones, sólo llegaría al delta del río, si es que llegaba, bajo
la forma de un cadáver apergaminado. Pero probablemente los lagartos acuáticos
o las grandes tortugas del río acabarían antes conmigo.
Las
articulaciones de las manos y de los pies se habían vuelto blancas e
insensibles. El brillo opresivo del sol me atormentaba. Mi garganta estaba
reseca ¡Y el agua del río se encontraba tan cerca! Los pensamientos atravesaban
mi cabeza como agujas ardientes. Talena en su vestido de baile, prisionera en
mis brazos, ella que regalaba su amor al frío Pa-Kur por un trono, ella, cuyo
odio me destinaba esta muerte terrible y ni siquiera me concedía el fin digno
de un guerrero. Quería odiarla, pero no podía. La amaba. Sobre la hierba al
borde del bosque pantanoso, en los campos de cereales del Imperio, sobre el
gran camino de Ar, en la exótica caravana de Mintar había encontrado a la mujer
amada, la flor de una raza bárbara en un mundo lejano, desconocido.
La noche
parecía no llegar nunca, pero al fin el sol se ocultó y sentí, aliviado, la
oscuridad fresca y ventosa. El agua murmuraba alrededor del armazón de madera;
las estrellas brillaban lejanas e indiferentes. En una ocasión me horroricé al
observar un cuerpo escamoso junto a mi armazón y temí por mi vida. Pero luego
desapareció y volvió a reinar la calma.
Nuevamente el
sol apareció en el horizonte y comenzó mi segundo día en el Vosk. Empecé a
temer que nunca más podría utilizar mis pies y mis manos, que no soportarían el
peso de las cadenas; y de repente me eché a reír de una manera violenta e
incontrolada al darme cuenta que ya no importaba, pues nunca más los
necesitaría.
Quizá fue esa
risa salvaje la que llamó la atención del tarn. Lo vi venir, con el sol a sus
espaldas; sus garras afiladas, a semejanza de ganchos, se cerraron alrededor de
mi cuerpo y me llevaron a las alturas junto con el armazón de madera. De
repente me sentí flotando en el aire, y las cadenas, que no habían sido hechas
para semejante peso, se rompieron, el armazón se soltó, y el tarn ascendió
hacia el cielo con un grito de triunfo.
Todavía me
quedaban unos minutos de vida; la pausa breve de la que también gozan los
ratones, mientras el halcón los lleva a su nido. Sobre alguna roca desnuda,
bien arriba en las montañas, mi cuerpo sería despedazado. El tarn, un tarn
marrón con cresta negra, se dirigía hacia un punto lejano, difuso, que debía de
ser una montaña. El Vosk se convirtió en una ancha cinta resplandeciente en el
horizonte.
Allí abajo, muy
lejos de mí, podía verse que la franja devastada ya mostraba manchas verdes en
ciertos lugares, donde la naturaleza volvía a imponerse. Por lo que veía, no
nos acercábamos al gran camino que conducía hacia el Vosk. Allí hubiéramos
podido ver las hordas guerreras de Pa-Kur, que marchaban en largas hileras
hacia Ar, innumerables jinetes montados sobre tharlariones, tropas de tarns,
carretas con provisiones y animales de carga. Con sumo cuidado, abría y cerraba
las manos y movía los pies tratando de que volviera a circular la sangre. El
tarn volaba tranquilamente. Yo estaba agradecido por haberme liberado
finalmente del doloroso armazón, y enfrentaba casi con serenidad la muerte
rápida que me esperaba.
Pero de repente
mi tarn se apresuró y comenzó a revolotear nerviosamente de un lado a otro.
Estaba huyendo de algo. Pude darme la vuelta, a pesar de hallarme sujeto por
sus garras, y mi corazón dio un vuelco. Los pelos se me erizaron cuando percibí
el grito salvaje de ataque de un segundo tarn; se trataba de un animal enorme,
tan negro como el casco de Pa-Kur, cuyas alas batían el aire; despiadadamente
el atacante se nos iba acercando. Mi ave hizo un movimiento inseguro para
eludirlo, y las grandes garras del otro tarn pasaron rozando, sin causarle
daño. De inmediato atacó por segunda vez, y mi tarn volvió a hacerse a un lado,
pero el agresor había previsto esa maniobra y el resultado fue que ambos
chocaron en el aire.
En ese instante
terrorífico noté cómo las terribles garras penetraban dentro del pecho de mi
animal que, a su vez, abrió las suyas. Comencé a caer. Todavía pude vislumbrar
que mi tarn se precipitaba hacia abajo y que el agresor se volvía hacia mí.
Mientras caía me di la vuelta, con un grito de terror en la garganta y,
horrorizado, vi como me iba acercando al suelo. Pero no era mi destino
alcanzarlo, ya que el tarn agresor voló por debajo de mí y me agarró con su
pico, de la misma manera que una gaviota podría agarrar un pescado. El pico
encorvado se cerró alrededor de mi cuerpo y una vez más me convertí en la presa
de un tarn.
Muy pronto el
veloz agresor había alcanzado sus montañas, una cadena de peñascos rojizos que
se alzaban empinados hacia las alturas. Desde un borde de la roca iluminada por
el sol, el tarn me dejó caer en su nido y colocó su garra fortalecida por el
acero sobre mi cuerpo, con el fin de que su gran pico pudiera llevar a cabo
tranquilamente su tarea. Cuando la punta del pico descendía amenazadoramente
logré levantar una pierna y empujar hacia atrás la cabeza del animal con un
fuerte puntapié. Al mismo tiempo lancé una violenta maldición.
El sonido de mi
voz tuvo un efecto inesperado sobre el animal. En actitud interrogante inclinó
la cabeza hacia un costado. Volví a gritarle. Y debí de haber estado medio loco
de hambre y de miedo, pues tan sólo entonces me di cuenta de que ese tarn era
mí propio tarn. Le di una orden con voz clara y firme y aparté la garra
recubierta de acero de mi pecho. El tarn retrocedió: evidentemente no sabía qué
hacer. Permanecí en la zona de peligro, le palmeé cariñosamente el pico, como
si nos encontráramos en un corral de tarns y deslicé la mano entre las plumas
de su nuca, una zona que el tarn no puede asearse cuando trata de encontrar
parásitos. De entre sus plumas saqué algunos piojos del tamaño de canicas, se
los puse en el pico y se los pasé por la lengua. Repetí varias veces ese gesto
y el tarn inclinó la cabeza hacia adelante. Ya no tenía silla ni riendas, que
sin lugar a dudas se habían caído. Después de algunos instantes, el tarn
extendió las alas satisfecho y levantó el vuelo para continuar la búsqueda de
alimentos. Evidentemente yo ya no pertenecía al ámbito de lo que consideraba
comestible. Era obvio que esa opinión podía modificarse rápidamente, en particular
si el animal no encontraba alimento. Lancé una maldición por haber perdido el
aguijón de tarn entre las arenas movedizas del bosque pantanoso. Busqué una
bajada en el promontorio rocoso, pero los peñascos, hacia arriba y hacia abajo,
eran demasiado escarpados.
De repente vi
una gran sombra encima de mí… Mi tarn había regresado. Levanté la vista y pude
comprobar, asustado, que se trataba de otro animal, de un tarn salvaje.
Aterrizó sobre el peñasco y abrió el pico.
Precipitadamente
miré a mi alrededor en busca de un arma y apenas pude dar crédito a mis ojos
cuando en el ramaje del nido distinguí los restos de mi silla de montar. Saqué
la lanza del ristre de la silla y me di la vuelta. El animal me había dado un
instante de ventaja. Cuando pasé al ataque mi arma ancha penetró profundamente
en su pecho. Sus patas cedieron y cayó al suelo con las alas desplegadas.
Estaba muerto Retiré el arma y, utilizándola como palanca, hice rodar el cuerpo
aún caliente a las profundidades.
Luego regresé
al nido y salvé lo que pude de entre los restos de la silla. El arco y la
ballesta faltaban. También el escudo había desaparecido. Con la punta de la
lanza abrí la alforja: tal como esperaba contenía la Piedra del Hogar de Ar.
Era un objeto poco llamativo, pequeño, plano, de un color marrón apagado.
Grabada toscamente sobre ella podía leerse una letra en goreano arcaico.
Impacientemente
coloqué la Piedra a un lado. Mucho más importante para mí era lo que quedaba
del contenido de la alforja, es decir, mis provisiones destinadas para el vuelo
de regreso a Ko-ro-ba. En primer lugar abrí una de las dos botellas de agua y
tomé una ración de carne seca. Y allí arriba, en un promontorio rocoso sacudido
por los vientos, me alimenté con una comida que me satisfizo más que cualquier
otra comida anterior, a pesar de que sólo consistía en algunos tragos de agua,
galletas viejas y un trozo de carne seca.
Vacié
completamente el bolso y tuve la satisfacción de encontrar viejos mapas y el
instrumento que sirve a los goreanos tanto de brújula como de cronómetro. Según
lo que yo podía determinar, de acuerdo con el mapa y mis recuerdos, me
encontraba en la Cordillera Voltai, en ocasiones llamados también Montañas
Rojas, al sur del río y al este de Ar. Esto significaba que, aun sin darme
cuenta, había atravesado el gran camino, pero no sabía si lo había hecho hacia
delante o hacia atrás de las hordas guerreras de Pa-Kur.
Saqué de mi
bolso los cordones y cuerdas de repuesto, que me servirían para reparar la
silla y las riendas. Era una lástima que no hubiera llevado conmigo, en la
alforja, un aguijón de tarn de repuesto; también me hubiera venido muy bien un
segundo silbato de tarn. El mío se había perdido al arrojarme Talena del lomo
de mi tarn poco después de la huida.
Yo no sabía si
el ave se dejaría guiar sin el aguijón de tarn. En mis vuelos anteriores la
había aplicado en contadas ocasiones, menos de lo que se recomienda en general,
pero siempre la había tenido a mi disposición para un caso de necesidad. Ahora
ya no contaba con ella. Controlar el ave durante cierto tiempo dependía de que
su caza hubiera sido fructífera y, seguramente también, de cómo hubiera
repercutido en el animal el súbito goce de libertad. Podía matar al tarn con mi
lanza, pero con eso no solucionaba mi problema de cómo abandonar esa meseta
rocosa. No tenía ningunas ganas de morirme de hambre allí arriba en esa
soledad.
En las horas
que siguieron arreglé de la mejor manera posible la rienda y la silla con los
cordones que había encontrado. Cuando mi enorme cabalgadura volvió a posarse
sobre el promontorio rocoso, había concluido mi tarea y hasta había llegado a
guardar los diversos objetos en la alforja, inclusive la Piedra del Hogar de
Ar, aquel trozo de roca insignificante que había influido tanto sobre mi
destino.
En las garras
del tarn colgaba un antílope muerto; el cuello y la cabeza colgaban laxamente y
oscilaban en una y otra dirección. Después que el tarn devoró su presa me
acerqué al animal y le hablé familiarmente, como si eso fuera lo más natural.
Dejé que el ave le echara un vistazo a los arreos y los sujeté luego con
movimientos serenos a su cuello emplumado. A continuación arrojé la silla sobre
su lomo y me arrastré debajo de su vientre para ajustar la cincha. Finalmente
ascendí tranquilamente por la escala que acababa de reparar, la enrollé y la
sujeté a un lado de la silla. Durante un instante permanecí inmóvil, sentado y
luego, con un movimiento decidido, tiré de la primera rienda. Respiré aliviado
cuando el negro monstruo alado levantó el vuelo.
13 - MARLENUS,
UBAR DE AR
Tomé rumbo
hacia Ko-ro-ba. En mi alforja llevaba el trofeo, que entretanto se había vuelto
inútil, por lo menos para mí. Ya hacía tiempo que ese trofeo había cumplido su
cometido. Su desaparición había hecho tambalear un imperio y había asegurado,
al menos por algún tiempo, la independencia de Ko-ro-ba y sus hostiles ciudades
hermanas. Y sin embargo mi victoria, si es que puede llamársela así, no me
deparaba ninguna alegría. Había perdido a la mujer que amaba, a pesar de su
crueldad y desagradecimiento.
Dejé ascender
al tarn, hasta que pude abarcar con la vista un territorio de unos doscientos
pasang. Muy a lo lejos podía reconocer una franja plateada, que debía
corresponder al gran Vosk; delante de él se veía el límite entre la planicie
cubierta de pasto y la franja devastada. Dominaba con la vista una parte de la
Cordillera Voltai; descubrí en el sur el reflejo de la luz crepuscular sobre
las torres de Ar y observé en el norte, en las proximidades del Vosk, el brillo
de innumerables fogatas. Era el campamento nocturno de Pa-Kur.
Cuando tiré de
la segunda rienda para dirigir al tarn hacia Ko-ro-ba, descubrí algo
inesperado, directamente debajo de mí. Me sentí desconcertado. Al abrigo de las
ásperas rocas de la Cordillera Voltai, solamente reconocibles desde lo alto,
distinguí cuatro o cinco pequeñas fogatas, como se encuentran quizás en el
campamento de una patrulla en las montañas o encendidas por un pequeño grupo de
cazadores que van tras la ágil cabra goreana de los montes o el peligroso larl,
una fiera semejante al leopardo, de un color marrón amarillento que a menudo se
encuentra en las montañas goreanas. Este monstruo en posición vertical alcanza
una altura de dos metros, y se lo teme por sus ocasionales incursiones en las
llanuras civilizadas. Impulsado por la curiosidad, hice descender al tarn; me
pareció improbable que en ese momento una patrulla de Ar se encontrara en la
Cordillera Voltai, y ni qué hablar de un grupo de cazadores.
Al acercarme se
confirmaron mis sospechas. Quizá los hombres del misterioso campamento
escucharon el batir de las alas del tarn, quizá durante una fracción de segundo
pudo verse mi silueta delante de una de las tres lunas goreanas, lo cierto es
que las fogatas desaparecieron de repente tras una lluvia de chispas y las
cenizas ardientes, fueron extintas de inmediato. Quizá se trataba de forajidos,
quizá de desertores del ejército de Ar. Podrían ser muchos los que buscaran su
seguridad en las montañas. Mi curiosidad estaba satisfecha y sentí pocos deseos
de aterrizar allí abajo en la oscuridad, donde fácilmente podía alcanzarme una
flecha, disparada desde cualquier dirección; tiré, pues, de la primera rienda y
me apresté a regresar a Ko-ro-ba, de donde había partido hacía algunos días,
hacía una eternidad.
Cuando el tarn
ascendió a las alturas, escuché el terrible e inquietante grito de caza del
larl. Mi tarn pareció estremecerse en su vuelo. El grito encontró respuesta y
poco después se escuchó un tercer eco desde otro lugar a cierta distancia.
Cuando el larl sale sólo de caza se mueve en silencio y no emite ningún sonido
hasta que aúlla repentinamente, en el momento anterior al ataque, con lo cual
se propone paralizar a la víctima. Pero esa noche toda una horda de larls había
salido a cazar y los gritos tenían la finalidad de hacer huir a la presa —que
generalmente se compone de varios animales— hacia el lugar donde reinaba el
silencio. Allí, por lo general, aguardaba el resto de la manada.
Las tres lunas
brillaban con luz clara, y en el exótico caos de luz y sombra entreví a uno de
los larls que trotaba en silencio; su cuerpo casi parecía blanco a la luz de la
luna. El monstruo se detuvo, alzó husmeando la ancha cabeza y volvió a emitir
un grito de caza, que de inmediato encontró respuesta en el oeste y sudoeste.
De pronto, volvió a detenerse y paró sus orejas puntiagudas. Pensé que quizás
había escuchado a mi tarn, pero no se preocupó por nosotros.
Hice descender
a mi ave describiendo grandes círculos sin perder de vista al larl. La cola del
animal comenzó a golpear fastidiada hacia un lado y otro. Luego el larl se
agachó y salió corriendo.
Por lo visto
allí abajo ocurría algo desacostumbrado. Algún animal parecía intentar romper
el cerco del larl, que no estaba dispuesto, de ninguna manera, a que se le
escapara una sola presa, a pesar de que se arriesgaba de ese modo a que se
rompiera el cerco de las fieras cazadoras. El larl, aun en manada, sigue siendo
siempre un cazador solitario.
Con horror,
distinguí de repente la presa: se trataba de un ser humano que se movía con rapidez
sorprendente en el terreno desnivelado. Desconcertado, observé que llevaba los
harapos amarillos de un leproso que sufre de Dar-Kosis, aquella enfermedad
goreana contagiosa e incurable.
Sin pensarlo
más tomé mi lanza, tiré precipitadamente de la cuarta rienda y logré de ese
modo un descenso abrupto. El pájaro se posó entre el hombre enfermo y el larl
que se le iba acercando.
No me atreví a
arrojar mi lanza desde la silla segura pero oscilante del tarn; antes bien
salté al suelo. Momentos después el larl emitió su grito de caza y pasó al
ataque. El espanto que sentí al escuchar ese grito salvaje me produjo un
reflejo incontrolable que me paralizó. Pero tan rápidamente como había llegado,
la paralización desapareció y alcé la lanza para enfrentar el ataque del larl.
Quizá mi repentina aparición lo desorientó o hizo vacilar sus instintos, porque
debió de proferir su grito asesino antes de tiempo, de manera que pude volver a
controlar los músculos y los nervios. Cuando la enorme fiera, todavía a una
distancia de cinco metros, dio un gran salto, mi lanza ya estaba colocada en el
suelo como una pica. La punta desapareció en el pecho peludo del larl y el asta
comenzó a hundirse en él, ya que el peso del animal la hacía penetrar más
profundamente en su cuerpo. Salté a un lado y, al hacerlo, apenas pude escapar
de las convulsiones de las peligrosas patas delanteras. El asta de la lanza se
quebró y el monstruo cayó al suelo. Emitía gritos salvajes y penetrantes,
mientras trataba de liberarse del pequeño objeto puntiagudo que lo atormentaba.
Con un estremecimiento, la gran cabeza rodó finalmente hacia un costado y los
ojos se cerraron, hasta que sólo se vio un tajo lechoso de muerte entre los
párpados.
Me di la vuelta
y examiné al hombre cuya vida había salvado. Se encontraba acurrucado delante
de mí. Su capuchón le cubría el rostro.
—Aquí hay más
fieras de este tipo —dije— Deberías venir conmigo. Aquí no estás seguro.
La figura,
envuelta en sus harapos amarillos, parecía volverse aún más pequeña.
—La Enfermedad
Sagrada —susurró, y señaló su cara.
Esa era la
traducción literal de la palabra Dar-Kosis, Enfermedad Sagrada. El nombre se
origina en la creencia de que esa enfermedad es sagrada para los Reyes
Sacerdotes, y que todos los que la sufren están consagrados a ellos. Por
consiguiente también es considerado un pecado el derramar su sangre. De todos
modos, los leprosos tenían poco que temer por parte de sus semejantes; su
enfermedad era tan aborrecida en el planeta que aun el delincuente más audaz
hacía un gran rodeo para evitarlos.
En diferentes
lugares existen cavernas de Dar-Kosis donde los enfermos pueden permanecer
voluntariamente y donde se los provee de víveres, arrojados desde el lomo de
tarns que vuelan a grandes alturas. Si un leproso habita semejante cueva, ya no
puede abandonarla. Ese pobre hombre debía de haber huido de una de ellas.
—¿Cómo te
llamas? —pregunté.
—Soy un leproso
—gimió el inquietante personaje. Los leprosos están muertos. Los muertos no
tienen nombre.
Me sentía
agradecido a la oscuridad reinante y a que el hombre se hubiera cubierto con el
capuchón, pues sentía pocas ganas de ver su rostro devastado por la enfermedad.
—No temas —le
dije y señalé al tarn, que sacudía las alas impaciente—. Apresúrate. Hay más
larls por aquí.
—La Enfermedad
Sagrada —volvió a decir el hombre.
—No puedo
abandonarte aquí —dije. Me estremecía al pensar en alzar a ese ser terrible
para colocarlo en mi silla. Cierto que temía a la enfermedad, pero al mismo
tiempo no podía dejar al enfermo a merced de las fieras.
La figura
emitió un ruido débil, quejumbroso: —Hace tiempo que estoy muerto —rió
salvajemente—. ¿Deseas contraer la Enfermedad Sagrada?— preguntó y extendió una
mano, como si quisiera estrechármela.
Retrocedí
aterrado.
El enfermo
tropezó, trató de apoyarse en mí y cayó al suelo con un débil gemido. Estaba
sentado allí, delante de mí, envuelto en harapos amarillos; la imagen de la
desesperación bajo las tres lunas goreanas. Se hamacaba de un lado a otro y
emitía débiles sonidos que parecían provenir de un loco.
A cierta
distancia escuché el aullido de un larl.
—dije— No
tenemos mucho tiempo.
—Ayúdame
—gimió.
Reprimí mi asco
y extendí la mano. —Ven, apóyate —dije— Yo te ayudo.
De entre el
montón de harapos me extendió una mano cuyos dedos estaban encorvados como las
puntas de las garras de una fiera. Cerré los ojos para levantar a ese ser
desgraciado.
Con sorpresa
advertí que la mano del hombre era firme y dura como el cuero de una montura.
Antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba pasando, mi brazo fue arrastrado
hacia abajo y me encontré a los pies del hombre, que se puso de pie de un
salto, y colocó una de sus botas sobre mi cuello. Su mano empuñaba una espada,
cuya punta iba dirigida hacia mi pecho. El hombre se rió a carcajadas y echó su
cabeza hacia atrás, dejando caer el capuchón. Pude distinguir una cabeza
maciza, semejante a la de un león, con largos pelos desgreñados y una barba tan
salvaje como la Cordillera Voltai. El hombre que parecía ir aumentando de
estatura mientras se encontraba de pie delante de mí, sacó de entre sus ropas
amarillas un silbato de tarn y emitió un silbido agudo. De inmediato, desde
diferentes direcciones en las montañas, ese sonido fue retomado por otros
silbidos. Apenas un instante después, el aire resonaba con un salvaje aleteo y
aproximadamente medio centenar de salvajes tarnsmanes aterrizaron sobre la
llanura.
—Yo soy
Marlenus Ubar de Ar —dijo el hombre.
14 - LA MUERTE
DEL TARN
Me habían
obligado a arrodillarme y, en esa posición, me habían encadenado; mi espalda
sangraba, lastimada por numerosos latigazos. Llevaba ya nueve días prisionero
en el campamento de Marlenus torturado y maltratado, cuando me condujeron ante
la presencia del Ubar, por primera vez desde que le había salvado la vida.
Quizá se proponía poner fin a los sufrimientos del guerrero que había robado la
Piedra del Hogar de su ciudad.
Uno de sus
tarnsmanes me asió por el pelo y me obligó a inclinarme hasta que mis labios
tocaron su sandalia. Levanté la cabeza sin encorvar la espalda y no dejé
traslucir nada en mi mirada que pudiera depararle satisfacción. Estaba
arrodillado sobre el suelo rocoso de una caverna poco profunda en alguna parte
de la Cordillera Voltai; a la izquierda y a la derecha ardían fogatas. Marlenus
estaba sentado sobre un trono compuesto de trozos de roca apilados. Su pelo
suelto le caía sobre los hombros y su gran barba casi le llegaba hasta el cinto
de la espada. Era un hombre enorme, más grande que Tarl el Viejo, y en sus
salvajes ojos verdes ardía el fuego que también había encontrado en los ojos de
su hija Talena. A pesar de que moriría a manos de ese bárbaro gigantesco, no
sentía aversión por él.
Alrededor del
cuello, llevaba la cadena dorada del Ubar, una reproducción del tamaño de un
medallón de la Piedra del Hogar de Ar. Sus manos sostenían la Piedra verdadera,
aquella diminuta fuente de tanto derramamiento de sangre. Sus dedos la palpaban
suavemente.
A la entrada de
la cueva, dos hombres habían colocado una lanza de tharlarión en un hoyo.
Probablemente iba a ser empalado. Existen diversas maneras de llevar a cabo
esta cruel ejecución, y, por supuesto, algunas son más consideradas que otras.
Yo apenas contaba con la posibilidad de que se me concediera una muerte rápida.
—Tú robaste la
Piedra del Hogar de Ar —afirmó Marlenus.
—Sí —respondí.
—Lo hiciste
bien —dijo Marlenus y contempló la piedra.
Yo estaba
arrodillado delante de él y me sorprendía ante el hecho de que ni él ni los
demás hombres allí presentes mostraran el menor interés por el destino de su
hija.
—Por supuesto
sabrás que debes morir —agregó Marlenus sin mirarme.
—Eres un
guerrero joven, valiente y tonto —dijo y se inclinó hacia adelante. Durante un
buen rato me miró a los ojos y luego volvió a acomodarse en su trono— Hubo una
época en la que yo fui igualmente joven y valiente, y quizás igualmente tonto.
Marlenus miró
fijamente al vacío por encima de mi cabeza: —Arriesgué mil veces mi vida y
sacrifiqué mi juventud en aras de un imperio unido de Ar, para que en Ar no
hubiera más que un idioma, un comercio, un tipo de ley. Para que los caminos y
desfiladeros de las montañas fueran seguros, y los campesinos cultivaran sus
campos en un clima de paz, y hubiera un solo Consejo que decidiera sobre la
política; para que sólo existiera una ciudad suprema, bajo cuya influencia se
unieran los cilindros de cien ciudades enemigas. Y tú has destruido todo eso.
Marlenus me
miró —¿Qué puedes saber tú acerca de todo eso, tú, un simple tarnsman? Pero lo
puedo saber yo, Marlenus, que era algo más que un simple guerrero. Donde los
demás sólo veían las reglas de sus castas, donde los demás no sentían más
responsabilidad que la relacionada con su Piedra del Hogar yo me atreví a soñar
el sueño de Ar, me atreví a imaginar que podría ponerse fin al absurdo
derramamiento de sangre, que se podrían desterrar temores y peligros, campañas
de venganza y crueldades que ensombrecen nuestra vida, soñé que de las cenizas
de mis conquistas surgiría un mundo nuevo, un mundo de honor y de orden, de
poder y justicia.
—De tu justicia
—dije.
—Sí, de mi
justicia, si quieres llamarla así —dijo Marlenus—. Depositó la Piedra del Hogar
en el suelo y desenvainó su espada, que colocó transversalmente sobre sus
rodillas. Parecía un terrible dios de la guerra.
—¿No sabes
acaso, tarnsman —dijo— que no existe justicia sin espada?— Sonrió ferozmente.
—Esta es una verdad terrible —agregó— ¡Piénsalo bien! Sin esta espada no hay
nada, no hay justicia, ni civilización, ni sociedad, ni comunidad, ni paz. Sin
la espada no hay nada.
—¿Pero con qué
derecho es precisamente la espada de Marlenus la que otorga la justicia a Gor?
—No me
entiendes —dijo el Ubar— También el derecho del que hablas con tanto respeto
debe su existencia a la espada.
—Pienso que eso
es falso —respondí— Por lo menos tengo la esperanza de que lo sea.
Marlenus no
perdió la calma: —Frente a la espada nada es falso o verdadero, frente a la
espada sólo existe la realidad. No existe justicia mientras la espada no la
cree, establezca, garantice, le dé sustancia y significado.
—Pero —objeté—
¿qué ocurre con el sueño de Ar, del que tú hablaste, del sueño que tú
considerabas bueno y verdadero?
—¿Qué le pasa?
—¿Es un sueño
bueno? —pregunté.
—Sí, es un
sueño bueno.
—Y sin embargo,
tu espada aún no ha encontrado la fuerza necesaria para convertirlo en
realidad.
Marlenus me
miró pensativamente y se rió: —Por los Reyes Sacerdotes —dijo— creo que he
perdido esta controversia. Pero si tus palabras son ciertas ¿cómo separamos
entonces los sueños buenos de los sueños malos?
Me pareció una
pregunta difícil.
—Yo te lo diré
—rió Marlenus. Orgullosamente golpeó su espada— ¡Con esto!
Entonces el
Ubar se levantó y envainó su espada. Como respondiendo a una señal, algunos de
sus tarnsmanes entraron en la cueva y me apresaron.
—¡Empaladlo!
—dijo Marlenus.
Los hombres
comenzaron a quitarme las cadenas para ser empalado libremente, ofreciendo tal
vez un mejor espectáculo que si estuviera encadenado.
—Tu hija Talena
vive —le dije a Marlenus. No pareció interesarse mucho por el tema. Sin
embargo, si era un ser humano, tenía que preocuparle el destino de su hija.
—Me hubiera
aportado mil tarns —dijo Marlenus—. Continuad con la ejecución.
Los guerreros
sujetaron mis brazos. Otros dos hombres sacaron la lanza de tharlarión del hoyo
y la acercaron. Ahora habrían de introducirla en mi cuerpo, que luego sería levantado
junto con ella.
—Al fin y al
cabo es tu hija —le dije a Marlenus—. Está viva.
—¿Se te
sometió? —preguntó Marlenus.
—Sí —dije.
—Entonces
valoró más su vida que mi honor.
De repente
desapareció la extraña parálisis que pesaba sobre mí y sentí una furia intensa:
—¡Al diablo con tu honor! —grité.
Sin pensarlo
más, me liberé de los dos tarnsmanes como si se tratara de unos niños, me
arrojé sobre Marlenus y le propiné un violento puñetazo en la cara.
Desconcertado, retrocedió tambaleante. Apenas tuve tiempo para darme la vuelta
y eludir la lanza que, sostenida por dos hombres, estaba por atravesarme la
espalda. Traté de apoderarme de ella, la giré y la utilicé como una barra
sostenida por ambos hombres. Salté por el aire y al hacerlo pateé a mis
contrincantes. Los oí gritar doloridos y me encontré en posesión de la lanza.
Unos cinco o seis tarnsmanes aparecieron corriendo en dirección a la ancha
entrada de la cueva, pero los ataqué de inmediato, sosteniendo la lanza en
posición paralela a mi cuerpo, acometí con fuerzas casi sobrenaturales y forcé
a los hombres a salir de la caverna. Sus gritos se mezclaron con los bramidos
de cólera de los otros tarnsmanes que venían a atacarme.
Uno de los
guerreros alzó la ballesta y yo arrojé la lanza. El hombre cayó de espaldas; el
asta de la lanza podía verse clavada en su pecho y el pivote de su arma chocó
contra el techo, sobre mi cabeza, arrancando chispas. Uno de los hombres yacía
a mis pies. Precipitadamente desenvainé su espada. Comencé a defenderme, maté
al primer hombre que se me acercó y herí al segundo, pero poco a poco fui
empujado al interior de la caverna. No tenía posibilidades de sobrevivir, pero
estaba decidido a vender cara mi vida.
Durante la
lucha escuché detrás de mí la risa desenfrenada de Marlenus, que se alegraba de
que un simple empalamiento hubiera derivado en una de esas luchas que tanto lo
regocijaban. En una pausa de la lucha me volví hacia él, con la esperanza de
poder cogerlo por sorpresa, pero en el mismo instante mis propias cadenas
golpearon mi rostro. Marlenus las había arrojado como un lazo, de modo que se
enrollaron alrededor de mi cuello. Traté de tragar y sacudí la cabeza, para
evitar que mis ojos se llenaran de sangre, pero de inmediato fui dominado por
algunos tarnsmanes.
—Has sabido luchar,
joven guerrero —dijo Marlenus apreciativamente—. Realmente no quisiste morir
como un esclavo. Se volvió hacia sus hombres: —¿Qué os parece? —preguntó
riendo—. ¿No ha conquistado el derecho de morir la muerte del tarn?
—¡En efecto!
—exclamó uno de los tarnsmanes, que se estaba curando una herida en el pecho.
Me arrastraron
hacia afuera y encadenaron las articulaciones de mis pies y de mis manos. Los
extremos sueltos de las cadenas fueron sujetados con anchas tiras de cuero a
dos tarns, uno de los cuales era el mío.
—¡Morirás
despedazado! —dijo Marlenus—. No es agradable, pero de todos modos es
preferible al empalamiento.
Me ataron
firmemente. Un tarnsman montó el primero de los tarns; otro, el segundo.
—Todavía no
estoy muerto —dije. Era un comentario algo tonto, pero presentía que mi hora
aún no había llegado.
Marlenus
permaneció serio: —Has robado la Piedra del Hogar de Ar. Tuviste suerte.
—Nadie se salva
de la muerte del tarn —dijo uno de los hombres.
Los guerreros
del Ubar retrocedieron e hicieron sitio para el tarn.
Marlenus volvió
a examinar personalmente los nudos y los apretó aún más.
—¿Prefieres que
te mate enseguida? —preguntó en voz baja— La muerte del tarn no es un fin
agradable.
Su cuerpo se
interponía entre sus hombres y su mano, que colocó sobre mi cuello.
—¿A qué viene
esta consideración repentina? —pregunté.
—Se debe a una
joven —dijo— Al amor que siente por ti.
—Tu hija me
odia —respondí.
—Sólo cedió a
los requerimientos de Pa-Kur, el Asesino, para que tuvieras una posibilidad de
sobrevivir en el armazón.
—¿Cómo sabes
eso? —pregunté.
—Lo sabe todo
el mundo en el campamento de Pa-Kur —respondió Marlenus—. Sentí que sonreía.
—Yo mismo, en mi condición de leproso, se lo escuché decir a Mintar, que
pertenece a la Casta de los Mercaderes. Los mercaderes deben tener amigos en
ambos bandos, pues ¿quién puede saber si Marlenus, algún día, no vuelve a
ocupar el trono de Ar?
Debí de haber
lanzado un grito de alegría, pues Marlenus me tapó rápidamente la boca con su
mano.
No volvió a
preguntarme si deseaba que me matara, y se marchó.
Sentí un tirón
doloroso cuando ambos tarns levantaron el vuelo. Durante un instante me
balanceé libremente entre las dos aves. Cuando hubimos alcanzado una altura de
aproximadamente cien metros, los dos jinetes de acuerdo con una señal
previamente convenida, a saber, el silbido agudo de un silbato de tarn,
comenzaron a guiar a sus animales en direcciones opuestas. Un dolor repentino
pareció destrozar mi cuerpo y creo que grité sin proponérmelo. Las aves
siguieron su curso, tratando de separarse. De vez en cuando, cejaban en su
empeño y las sogas se aflojaban. Escuchaba las maldiciones de los tarnsmanes
que se encontraban por encima de mí y distinguí en dos ocasiones las chispas de
los aguijones de tarn. A continuación las aves retomaron su curso y volví a
sentir un dolor insoportable.
De repente,
resonó un ruido áspero y advertí que se había roto una de las esposas. Sin
pensarlo más, traté de soltar la del otro brazo, y cuando el ave volvió a
emprender el vuelo, el lazo fue arrancado dolorosamente de mi mano y la soga
desapareció en la oscuridad, colgando de cabeza de las sogas del otro tarn.
Pasarían algunos instantes hasta que los tarnsmanes se dieran cuenta de lo
ocurrido, ya que naturalmente debían suponer en un primer momento que habían
despedazado mi cuerpo.
Hice un
esfuerzo por elevarme y comencé a trepar por una de las sogas que me conducían
hasta la gran ave que se hallaba encima de mí. En pocos segundos alcancé la
cincha de la silla de montar y me aferré a los aros que sostenían las armas.
En ese instante
el tarnsman me descubrió Y lanzó un grito de rabia. Desenvainó su espada y
trató de alcanzarme con ella, pero me deslicé sobre una garra del animal, que
de inmediato cambió de rumbo. Momentos después aflojé la cincha de la silla; la
montura, a la que estaba sujeto el jinete, se desprendió del lomo del tarn y
cayó en la oscuridad insondable que había debajo de mí.
Escuché el
grito del tarnsman, un grito que, de pronto, se apagó.
El otro
tarnsman debía de haber advertido algo. Yo no tenía ni un segundo que perder.
Lo aposté todo a una sola carta, busqué a tientas las riendas del tarn y
finalmente logré agarrar la correa de cuero que rodeaba el cuello del animal.
La presión de mi mano repentinamente dirigida hacia abajo tuvo el efecto
deseado. El ave creyó que yo había tirado de la cuarta rienda y de inmediato
comenzó a descender. Al cabo de unos instantes volví a pisar tierra firme; me
encontraba sobre una áspera meseta. Un resplandor rojo apareció por encima de
las montañas y me di cuenta que estaba amaneciendo. Las articulaciones de mis
pies seguían encadenadas al tarn y solté las sogas precipitadamente.
El primer
resplandor matinal me permitió descubrir a cierta distancia lo que estaba
buscando: la silla y el cuerpo destrozado del tarnsman Me alejé del tarn, corrí
hacia donde se encontraba la silla y me apoderé de la ballesta, advirtiendo con
alegría que estaba intacta. También la aljaba especialmente preparada estaba
llena. Tendí el arma y coloqué un proyectil. Escuché por encima de mí al otro
tarn. Cuando el jinete descendió para atacarme, descubrió demasiado tarde mi
ballesta. El proyectil lo alcanzó y el guerrero se desplomó en la silla.
El tarn, mi
negro gigante de Ko-ro-ba, aterrizó y se acercó majestuosamente. Lo esperé con
cierta inquietud, hasta que apoyó su cabeza confiadamente sobre mi hombro y
extendió el cuello. Amistosamente le saqué un puñado de piojos de entre las
plumas y los coloqué sobre su lengua como si se tratara de golosinas. Luego le
acaricié afectuosamente la pata, trepé a la silla, arrojé al suelo al jinete
muerto y me sujeté a la montura.
Me sentí
magníficamente bien. Contaba nuevamente con armas y con mi tarn, y además con
un aguijón de tarn y con una montura completa. Me elevé a las alturas, sin pensar
en Ko-ro-ba o en la Piedra del Hogar. Con gran optimismo dejé que mi tarn se
elevara por encima de la Cordillera Voltai y tomé el rumbo de Ar.
15 - EN EL
RECINTO DE MINTAR
Ar, si bien
todavía estaba sitiada, seguía invicta y presentaba un espectáculo grandioso.
Sus maravillosos cilindros relucientes se alzaban orgullosos detrás de las
blanquísimas fortificaciones de mármol; sus dos muros, el primero de los cuales
tenía una altura de cien metros y el segundo, a veinte metros del anterior,
alcanzaba los ciento treinta metros, eran tan anchos que se los podía recorrer
con seis carromatos de tharlariones, uno al lado del otro. A intervalos de
cincuenta metros se alzaban torres elevadas. Encima de la ciudad, de los muros
a los cilindros, y entre éstos, pude ver el reflejo del sol sobre alambres de
tarn que se balanceaban, millares y millares de finos hilos de metal que se
extendían sobre la ciudad a la manera de una red protectora. Era prácticamente
imposible conducir un tarn a través de esa red, ya que los alambres
seccionarían las alas del animal.
En la ciudad,
los Iniciados que poco después de la huida de Marlenus habían subido al poder
seguramente ya habían echado mano de las provisiones que se reservaban para las
épocas de sitio y administraban los numerosos graneros. Con un racionamiento
eficaz una ciudad como Ar podría soportar un sitio a lo largo de toda una
generación.
Los ejércitos
de Pa-Kur se habían reunido fuera de los muros y se aprestaban para la lucha
bajo las indicaciones de los mejores expertos sitiadores de Gor. A una
distancia de unos centenares de metros de los muros, fuera del alcance de las
ballestas, millares de esclavos cavaban un inmenso foso. Cuando éste estuviera
terminado debería tener un ancho de quince a veinte metros y una profundidad de
casi veinticinco. En el borde posterior del hoyo, con la tierra removida, se
iba levantando un gran baluarte. En lo alto de ese baluarte se encontraban
numerosos agujeros que, detrás de escudos móviles de madera, se proponían
albergar a arqueros y piezas de artillería.
Entre ese foso
y los muros de la ciudad se habían colocado, en la oscuridad, millares de
estacas afiladas, inclinadas hacia la ciudad. Algunas de esas trampas mortales
estaban disimuladas o colocadas dentro de hoyos. Detrás del gran foso se
extendía, a algunos centenares de metros de distancia, un foso más pequeño, de
unos cinco metros de ancho por cinco de profundidad, también provisto de un
baluarte. Sobre éste se alzaba una empalizada de troncos afilados en la punta.
En esa empalizada se abría, cada cincuenta metros, un portón de madera: accesos
a las innumerables carpas del ejército sitiador.
Aquí y allá se
construían torres sitiadoras entre las carpas. Podían verse nueve de esas
construcciones. Era inimaginable que pudieran sobrepasar los muros de Ar, pero
con sus arietes de asalto quizá podrían causar daños a menor altura. Las
crestas de los muros serían atacadas por tarnsmanes. Cuando llegara el momento
del asalto, se tenderían puentes encima de los fosos; sobre esos puentes avanzarían
las hordas de Pa-Kur. Armas livianas, sobre todo catapultas, serían
transportadas por encima de los fosos por equipos de tarnsmanes armados.
Un aspecto del
sitio debía de ocultarse a mi vista: el violento duelo de los túneles cavados
por ambas partes. Probablemente ya se habrían comenzado a cavar numerosos
pasajes subterráneos, en los cuales, sin duda, se librarían algunos de los
combates más violentos del sitio. Si se observaban los cimientos de los
poderosos muros de la ciudad, parecía improbable que pudieran llegar a
derrumbarse por la existencia de túneles; pero, era posible que alguno de ellos
llegara sin que los sitiados lo advirtieran hasta la ciudad; a través de él
podría pasar un destacamento de guerreros valientes que, quizá, podría situarse
detrás de las filas de los defensores y, desde allí, atacar la puerta
principal.
Entonces noté
una circunstancia que me produjo cierta confusión. Pa-Kur había descuidado la
protección de su retaguardia y no había construido un tercer foso. Yo veía a proveedores
y mercaderes que entraban al campamento y salían de él sin ningún impedimento.
Pensé que, seguramente, Pa-Kur no tenía nada que temer y por ello no quería que
sus esclavos y prisioneros perdieran el tiempo en un trabajo inútil. A pesar de
ello, me pareció que cometía un error, aunque sólo fuera desde el punto de
vista de las reglas de la práctica del sitio de una ciudad.
Aterricé con mi
tarn a una distancia prudente del campamento, a unos ocho o diez pasang de la
ciudad. No me sorprendió el hecho de que nadie me detuviera; la arrogancia de
Pa-Kur era tan grande que no había centinelas que controlaran el acceso a la
ciudad de las carpas. Entré en el campamento como quien entra a una feria. No
tenía planes precisos, pero estaba decidido a encontrar a Talena y huir con
ella, o a morir en el intento.
Detuve a una
joven esclava que pasaba presurosa y le pregunté por el camino que me
conduciría al campamento del comerciante Mintar; estaba segura de que habría
acompañado de vuelta a las hordas al núcleo de las tierras de Ar. La muchacha
escupió en la mano las monedas que llevaba en la boca y me dio la información
requerida.
Me había
cubierto con un casco que le había quitado al guerrero en las Voltai, y me
acerqué nerviosamente al campamento de Mintar. A la entrada había una enorme
jaula de alambre, un corral de tarns. Le arrojé un discotarn de plata al
guardián y le ordené que se ocupara de mi ave.
Sigilosamente
me deslicé alrededor del campamento que, a la manera de muchos campamentos de
mercaderes, se hallaba separado del principal por un cerco de ramas
entrelazadas. Sobre las instalaciones se extendía una red de tarn que emitía un
resplandor plateado, como si se tratara de una ciudad sitiada. El campamento de
Mintar tenía una extensión de varios acres; se trataba del campamento de
mercaderes más grande.
Miré con
precaución a mi alrededor, trepé el cerco y me deslicé hasta el suelo entre
algunos tharlariones. Los pesados animales de tiro apenas levantaron la cabeza,
mientras me abría paso entre ellos y me acercaba cautelosamente al interior del
corral.
Tuve suerte, ya
que nadie me vio cuando salté por encima del cerco; me hallaba sobre un sendero
que tenía aspecto de ser muy transitado, entre las carpas que servían de
vivienda. Normalmente todo campamento de mercader bien organizado se halla
dispuesto en forma geométrica, y noche tras noche las carpas están en la misma
posición relativa. Los diferentes grupos forman círculos concéntricos: las
carpas de los guardianes, el círculo exterior, seguidas por las viviendas de
los artesanos, cocheros, supervisores y esclavos; el centro naturalmente le
estaba reservado al comerciante, a sus mercaderías y a su guardia personal.
Teniendo en
cuenta todo esto, había elegido el lugar adecuado para saltar el cerco; me
proponía llegar hasta la carpa de Kazrak, que se hallaba en el círculo
exterior, en las proximidades de los corrales de los tharlariones. Mis
reflexiones resultaron acertadas, e instantes después me deslizaba dentro de su
carpa. Dejé caer sobre su bolsa de dormir mi anillo con el signo de Cabot.
La hora
siguiente, mientras esperaba la llegada de Kazrak, me pareció interminable. Por
fin, la figura cansada del guerrero se perfiló mientras se agachaba para entrar
en la carpa. Llevaba el casco en la mano. Esperé silenciosamente en la sombra.
Dejó caer su casco sobre la bolsa de dormir y comenzó a quitarse la espada. Yo
seguía callado, ya que mientras portara un arma no podía descartarse la
posibilidad de que me atacara en el primer instante de sorpresa. Vi cómo Kazrak
removía el fuego y advertí un cálido sentimiento de amistad que brotaba dentro
de mí, al distinguir sus rasgos a la luz de las llamas. Encendió la pequeña
lámpara de la carpa y se dio la vuelta; al hacerlo descubrió el anillo.
—¡Por los Reyes
Sacerdotes! —exclamó.
Corrí a través
de la carpa y le tapé la boca con mi mano. Forcejeamos durante un instante.
—¡Kazrak!
—exclamé y aparté la mano. Me abrazó y me apretó fuertemente contra su pecho.
Vi lágrimas en sus ojos.
—Te busqué
—dijo—. Durante dos días cabalgué a lo largo de las orillas del Vosk. Hubiera
cortado tus ataduras.
—Eso está
prohibido —dije riendo.
—Y aunque así
fuera —respondió—, igualmente lo hubiera hecho.
—Estamos juntos
otra vez —dije simplemente.
—Encontré el
armazón de madera —siguió Kazrak— a medio pasang de distancia del Vosk. Te di
por muerto.
El buen hombre
lloraba y tuve ganas de llorar con él. Amistosamente le agarré del hombro y lo
sacudí. De su baúl, que se encontraba junto a la bolsa de dormir, saqué una
botella de Ka-la-na, tomé un buen trago y le puse la botella en la mano. Bebió
el resto y se limpió la barba.
—Estamos juntos
otra vez, Tarl de Bristol, mi hermano de espada.
Kazrak y yo nos
sentamos y le relaté mis aventuras. Sacudió la cabeza: —El destino te favorece
—dijo— Los Reyes Sacerdotes te han elegido para llevar a cabo grandes empresas.
—La vida es
corta —respondí— Hablemos de otras cosas.
En ese instante
se abrió la entrada de la carpa de Kazrak y yo me oculté entre las sombras.
El hombre que
entró era uno de los palafreneros de Mintar: el que conducía los animales que
arrastraban la litera del mercader.
—¿Podrían
Kazrak y su huésped, Tarl de Bristol, hacer el favor de acompañarme a la carpa
de Mintar, de la Casta de los Mercaderes? —preguntó.
Kazrak y yo nos
quedamos mudos, pero nos levantamos y seguimos al hombre. Había oscurecido, y
como tenía cubierta mi cabeza con el casco, no corría peligro de ser reconocido
por un observador casual. Antes de abandonar la carpa coloqué en mi bolso el
anillo de metal rojo. Hasta entonces había llevado la alhaja abiertamente, pero
en ese momento consideré que convenía ser más prudente.
La carpa de
Mintar era redonda y muy grande, un palacio hecho de telas de seda. En la
entrada pasamos junto a los guardianes. En el medio del gran espacio interior,
dos hombres se hallaban sentados sobre almohadones, delante de una pequeña
fogata, con un tablero en medio de los dos. Uno era Mintar, de la Casta de los
Mercaderes, cuyo cuerpo descansaba sobre las almohadas como si fuera un saco de
harina. El otro, un ser gigantesco, se hallaba envuelto en los harapos de un
leproso, pero los llevaba como un rey. Estaba sentado sobre los almohadones con
las piernas cruzadas y la cabeza bien erguida, en la posición de un guerrero.
Lo reconocí de inmediato. Era Marlenus.
—No
interrumpáis el juego —ordenó Marlenus.
Mintar estaba
absorto; sus ojos pequeños se dirigían a los cuadrados rojos y amarillos del
tablero. También Marlenus volvió a concentrarse en él juego. Los ojos de Mintar
relampaguearon brevemente y su gruesa mano se demoró un instante, titubeando
sobre una de las piezas del juego, un Tarnsman. Tocó la figura, lo que le
comprometía a moverla. A esto siguió un breve cambio de piezas, casi una
reacción en cadena, durante la cual ninguno de los dos hombres pareció
reflexionar mucho. Un Primer Tarnsman venció a un Primer tarnsman, un Segundo
Luchador de Lanza eliminó al Primer Tarnsman, la Ciudad venció al Luchador de
Lanza, un Asesino se apoderó de la Ciudad, el Asesino fue víctima del Segundo
Tarnsman, éste fue eliminado por un Esclavo con Lanza y este último, a su vez,
por otro Esclavo con Lanza.
Mintar se
reclinó sobre los almohadones: —Tomaste la Ciudad —dijo— pero no la Piedra del
Hogar —sus ojos centellearon— La perdí para poder apoderarme del Esclavo con Lanza.
Terminemos el juego. El Esclavo con Lanza me otorga el punto necesario, un
punto pequeño, pero decisivo.
Marlenus sonrió
ferozmente. Con un gesto imperioso envió a su Ubar al claro que se había
formado por la última jugada de Mintar; el Ubar protegía ahora la Piedra del
Hogar.
Mintar se
inclinó irónicamente: —Una debilidad de mi juego —dijo—. Siempre presto
demasiada atención a la ganancia, no importa cuán pequeña sea.
Marlenus nos
miró a Kazrak y a mí: —Mintar —dijo— me enseña a tener paciencia. Es por lo
general un experto en cuanto a la defensa.
—Y Marlenus en
cuanto al ataque —respondió Mintar sonriendo.
—Un juego
absorbente —dijo Marlenus y señaló el tablero. Yo utilicé al Asesino para tomar
la Ciudad, luego el Asesino fue eliminado por un Tarnsman… una combinación poco
ortodoxa, pero interesante…
—Y el Tarnsman
a su vez es eliminado por un Esclavo con Lanza —comenté.
—En efecto
—dijo Marlenus sacudiendo la cabeza—, y de este modo soy yo quien vence.
—Y Pa-Kur
—dije— es el Asesino.
—Sí —prosiguió
Marlenus— y Ar la Ciudad.
—¿Y yo soy el
Tarnsman? —pregunté.
—Sí —dijo
Marlenus.
—¿Y quién es el
Esclavo con Lanza?
—¿Acaso
importa? —preguntó Marlenus— Tomó a varios Esclavos con Lanza y los dejó caer
uno tras otro sobre el tablero. Cualquiera de ellos sirve.
—Cuando los
Asesinos tomen la Ciudad —dije—, el dominio de los Iniciados habrá llegado a su
fin y la horda se dispersará con el botín y dejará en la ciudad una guarnición
para ocuparla.
Mintar se movió
con cierta inquietud sobre su cojín: El joven tarnsman juega bien —dijo.
—Y —proseguí—
cuando caiga Pa-Kur las tropas de ocupación se pelearán entre sí y puede
producirse una revolución…
—Bajo la
conducción de un Ubar —dijo Marlenus asintiendo, y examinó la pieza que tenía
en su mano: era un Ubar. La dejó caer sobre el tablero, dispersando de este
modo las demás piezas— ¡Bajo la conducción de un Ubar! —repitió.
—¿Estás
dispuesto a entregar la ciudad a Pa-Kur? —pregunté— ¿Permitirás que sus hordas
se apoderen de los cilindros, saqueen y destruyan la ciudad, maten o esclavicen
a sus habitantes?
Los ojos de
Marlenus centellearon. —No —dijo— Pero Ar caerá. Los Iniciados sólo saben
murmurar plegarias y organizar los detalles de sus inútiles ceremonias de
sacrificio. Ambicionan el poder político, pero no entienden nada al respecto,
no lo saben manejar. No soportarán durante largo tiempo un sitio bien
organizado. No pueden defender la ciudad.
—¿Pero no
podrías entrar tú en la ciudad y tomar el poder? Podrías devolver la Piedra del
Hogar y reunir un séquito a tu alrededor.
—Sí —dijo
Marlenus— Podría devolverle la Piedra del Hogar a la ciudad y pronto contaría
nuevamente con partidarios. Pero no serían suficientes. ¿Cuántos seguirían el
estandarte de un proscrito? No, primero el poder de los Iniciados debe ser
destruido.
—¿Cuentas con
un acceso a la ciudad? —pregunté.
Marlenus me
miró y me guiñó el ojo: —Quizá —contestó.
—Entonces te
propongo lo siguiente: trata de apoderarte de las Piedras del Hogar de las
ciudades dominadas por Ar, que se encuentran en la torre central. Cuando estén
en tu poder puedes sembrar la discordia entre las hordas de Pa-Kur, devolviendo
las piedras a las delegaciones de las diferentes ciudades, bajo la condición de
que se retiren inmediatamente. Si se niegan a hacerlo puedes destruir las Piedras.
—Los soldados
de las doce ciudades sometidas —repuso— buscan el botín y a las mujeres de Ar y
no sólo sus Piedras.
—Quizás algunos
de ellos luchen por su libertad, por el derecho de conservar su Piedra del
Hogar —dije—. Seguramente las hordas de Pa-Kur no están compuestas sólo de
aventureros y mercenarios.
Advertí el
interés del Ubar y proseguí: —Además, pocos soldados goreanos, a pesar de su
posible salvajismo, arriesgarían la destrucción de su Piedra del Hogar, que a
fin de cuentas es el símbolo de su patria.
Marlenus
frunció el ceño: —Pero si se pone fin al sitio, el poder seguiría en manos de
los Iniciados.
—Y Marlenus no
podría reconquistar el trono de Ar —dije—. Pero por lo menos se salvaría la
ciudad. ¿Qué es lo que tú más quieres Ubar, tu ciudad o tu título? ¿Te preocupa
el bienestar de Ar o sólo tu gloria?
Marlenus se
levantó de un salto, se despojó de sus harapos amarillos y desenvainó su espada
reluciente: —¡Un Ubar responde con la espada semejante pregunta!
Yo también
había desenvainado mi espada. Durante un largo, terrible instante nos mirarnos
fijamente, luego Marlenus retrocedió un paso, lanzó una gran carcajada sonora y
envainó la espada: —Tu plan es bueno —dijo— Esta noche entraré en la ciudad con
mis hombres.
—Y yo os
acompañaré —agregué.
—No —replicó
Marlenus—. Los hombres de Ar no necesitan la ayuda de un guerrero de Ko-ro-ba.
—Quizás el
joven tarnsman podría ocuparse de Talena, la hija de Marlenus —dijo Mintar en
voz baja.
—¿Dónde está?
—pregunté.
—No lo sabemos
con exactitud —respondió Mintar—. Pero se supone que se halla en las carpas de
Pa-Kur.
Kazrak habló
por primera vez: —El día que caiga Ar, se casará con Pa-Kur y reinará a su
lado. Él abriga la esperanza de que esto inducirá a los sobrevivientes de Ar a
reconocerlo como Ubar legítimo. Se proclamará libertador de la ciudad, el
hombre que puso fin al despotismo de los Iniciados, y restablecerá el esplendor
del imperio.
Mintar movía
pensativamente de un lado a otro las figuras sobre el tablero: —Tal como la
situación se presenta actualmente —dijo— la joven carece de importancia, pero
sólo los Reyes Sacerdotes pueden prever todas las variaciones posibles. Podría
resultar ventajoso eliminar a la muchacha del juego.
Marlenus miraba
fijamente el suelo con los puños cerrados: —Sí —dijo—, tiene que desaparecer,
pero no sólo por motivos estratégicos: me ha deshonrado —Me miró con el ceño
fruncido—. Estuvo a solas con un guerrero, se le sometió y ahora le ha
prometido a un Asesino que reinaría a su lado.
—Ella no te
deshonró —afirmé.
—Se sometió
—gruñó Marlenus.
—Sólo para
salvar la vida —respondí.
—Y por lo que
se dice —dijo Mintar sin levantar la vista —aceptó a Pa-Kur sólo para ofrecerle
una oportunidad de supervivencia a cierto tarnsman que ama.
—Como novia
habría aportado mil tarns —dijo Marlenus amargamente—. Ahora vale menos que una
esclava educada.
—¡Es tu hija!
—repuse acaloradamente.
—Si ahora
estuviera aquí —dijo Marlenus—, la estrangularía.
—Y yo te
mataría —exclamé.
—Bueno —dijo
Marlenus sonriendo—, quizá sólo la azotaría y se la entregaría a mis
tarnsmanes.
—Y yo te
mataría —repetí.
—En verdad
—dijo Marlenus—, uno de los dos mataría al otro.
—¿Acaso no la
quieres? —pregunté.
Marlenus me
miró confundido: —Soy un Ubar —repuso—. Recogió el manto amarillo, se lo echó
encima y ocultó su rostro tras la capucha amarilla de leproso. Antes de irse,
me golpeó amistosamente el pecho con su bastón nudoso —Que los Reyes Sacerdotes
te acompañen —dijo riéndose.
Marlenus se
encorvó y abandonó la carpa, simulando ser un leproso desesperado que con el bastón
iba buscando el camino.
Mintar levantó
la vista: —Hasta ahora eres el único hombre que se ha salvado de la muerte de
tarn —dijo, y en su voz había algo de veneración— Quizá sea cierto lo que se
cuenta acerca de ti: que eres uno de esos guerreros que se traen a Gor sólo una
vez cada mil años para modificar el mundo, y son los Reyes Sacerdotes quienes
los traen.
—¿Cómo sabías
que vendría a tu campamento? —le pregunté.
—Por la
muchacha —respondió Mintar. Era una suposición lógica que en primer lugar visitarías
en su carpa a Kazrak, tu hermano de espada.
Mintar hurgó en
su bolso y sacó un discotarn de oro. Se la arrojó a Kazrak. Supongo que deseas
dejar de prestarme servicios —dijo.
—Tengo que
hacerlo —respondió Kazrak.
—¿Dónde están
las carpas de Pa-Kur? —pregunté.
—Se encuentran
en el lugar más alto del campamento, cerca del segundo foso, directamente
frente a la gran puerta de la ciudad de Ar. No se te escapará el estandarte
negro de la Casta de los Asesinos.
—Muchas gracias
—dije—. A pesar de pertenecer a la Casta de los Mercaderes eres un hombre
valiente.
—Un comerciante
puede ser tan valiente como un guerrero, joven tarnsman —repuso Mintar
sonriendo. Casi parecía turbado— Veámoslo desde este ángulo. Si Marlenus
reconquistara la ciudad, ¿acaso Mintar no obtendría todos los monopolios que
desee?
—Sí, pero en
eso Pa-Kur, seguramente, no seria menos generoso que Marlenus.
—Sería aún más
generoso —rectificó Mintar, volviendo a mirar el tablero—, pero
desgraciadamente Pa-Kur no interviene en este juego.
16 - LA
MUCHACHA ENJAULADA
Kazrak y yo
regresamos a la carpa y hasta el amanecer discutimos acerca de las
posibilidades de salvar a Talena. Discurrimos varios planes, pero ninguno
parecía tener grandes probabilidades de éxito. Era suicida arriesgar un contacto
directo y, sin embargo, me parecía que no había otra salida. Hasta que cayera
la ciudad o Pa-Kur modificara sus planes, consideré que Talena estaría
relativamente a salvo, pero soportaba apenas imaginarla en las carpas de Pa-Kur
y tenía conciencia de que ya no podría controlarme durante largo tiempo. Sin
embargo, por el momento prevaleció la reflexión serena de Kazrak.
Los días
siguientes permanecí a su lado y esperé que llegara la ocasión apropiada. Teñí
de negro mi pelo y conseguí el casco y uniforme de un Asesino. En el costado
izquierdo del casco negro sujeté la franja dorada de los mensajeros. Con ese
disfraz me movía entre las carpas, observaba el sitio y los movimientos de
tropas. De vez en cuando, escalaba una de las torres de sitio que estaba en
construcción y contemplaba la ciudad de Ar y las luchas que se libraban entre
el primer foso y el muro de fortificación exterior.
A intervalos
regulares se oían silbidos de alarma cuando las fuerzas de ataque de la ciudad
efectuaban alguna salida. Tales luchas se libraban casi diariamente y
finalizaban con resultados diversos. A pesar de ello, no cabía ninguna duda de
que la gente de Pa-Kur se encontraba en una posición más favorable. El refuerzo
de soldados y de material para Pa-Kur parecía inagotable; además tenía a su
disposición una eficiente caballería de tharlariones, un arma de la que
carecían por completo los defensores de la ciudad.
A menudo el
cielo estaba poblado de tarnsmanes provenientes de Ar o del campamento, que
disparaban sobre los soldados que marchaban en hileras apretadas, o que se
batían a duelo a algunos centenares de metros de altura. Pero con el pasar del
tiempo el ejército de tarnsmanes de la ciudad disminuyó, debió ceder cada vez
más a la supremacía de Pa-Kur. Al noveno día de sitio, Pa-Kur había conquistado
el predominio aéreo; también cesaron las salidas por tierra por parte de los
soldados de la ciudad. No les quedaba ya ninguna esperanza a los sitiados de
poner fin al sitio por medio de la lucha. Los moradores de Ar permanecían detrás
de sus muros, se escondían debajo de sus redes de tarn y esperaban los ataques,
mientras los Iniciados ofrecían sus sacrificios a los Reyes Sacerdotes.
El décimo día
de sitio, pequeñas catapultas fueron transportadas por tarns por encima de los
fosos y comenzaron de inmediato sus duelos de artillería con armas equivalentes
que se encontraban sobre los muros de Ar. Simultáneamente, los esclavos
empujaban hacia adelante la hilera de estacas afiladas. Después de un bombardeo
de alrededor de cuatro días, que probablemente no tuvo grandes consecuencias,
se procedió al primer ataque general.
Algunas horas
antes del amanecer las enormes torres sitiadoras se pusieron en movimiento.
Estaban rodeadas por placas de acero para resistir el efecto de flechas de fuego
y alquitrán ardiente de los defensores. A mediodía se encontraban al alcance de
los proyectiles de los arqueros. Al anochecer la primera torre avanzó hasta los
muros a la luz de las antorchas. En el curso de una hora, otras tres torres
habían llegado a la meta. Alrededor de ellas pululaban los guerreros. Encima de
éstos, en el aire, los tarnsmanes se enfrentaban en duelo mortal. En escalas de
cuerda, los defensores de la ciudad descendían unos cuarenta metros por los
muros para alcanzar las puntas de las torres. A través de pequeñas puertas, los
habitantes de la ciudad atacaban asimismo las torres desde abajo, pero eran
rechazados por las hordas de Pa-Kur. Desde la parte superior de los muros
llovían piedras y otros proyectiles sobre las torres. Dentro de éstas, esclavos
sudorosos se inclinaban bajo los látigos de sus supervisores y tiraban con
violencia de las cadenas que balanceaban de un lado a otro los poderosos
arietes de acero.
Una de las
torres sitiadoras fue socavada y cayó hacia un lado, otra fue capturada e
incendiada. Pero otras cinco rodaban lentamente hacia los muros de la ciudad.
Un grupo de tarnsmanes logró eliminar a varios arqueros de la ciudad que
provocaban numerosas bajas. El vigésimo día reinaba gran alegría en el
campamento de Pa-Kur, ya que en cierto lugar de la ciudad se habían cortado los
alambres de tarn y un destacamento de luchadores de lanza había llegado hasta
el depósito principal de agua de Ar y lo había envenenado. Ahora la ciudad
vivía esencialmente de una cisterna privada, y se esperaba que el agua y los
víveres escasearan pronto, y así los Iniciados, que no habían procedido con
mucha habilidad durante el sitio, se verían enfrentados a una población
hambrienta y desesperada.
Yo ignoraba qué
había sido de Marlenus. Suponía que había encontrado un acceso para entrar en
la ciudad y que esperaba el momento oportuno para actuar. Pero a la cuarta
semana llegaron malas noticias. Por lo visto Marlenus había sido descubierto y
lo habían encerrado en el cilindro de las Piedras del Hogar, en el edificio que
una vez fuera su palacio.
Parecía que
Marlenus y sus guerreros dominaban el piso superior y el techo del cilindro,
pero no podía servirse de las Piedras del Hogar que ahora estaban tan cerca. Él
y sus hombres carecían de tarns, y les habían cortado la retirada. Además las
redes de tarn eran particularmente espesas en las proximidades de la torre
central y frustrarían todo intento de salvarlo.
Pa-Kur, por
supuesto, se sentía satisfecho de saber a Marlenus en manos de sus contrarios.
Yo me preguntaba durante cuánto tiempo Marlenus soportaría esa situación. De
todos modos, mi plan con respecto a las Piedras del Hogar había fracasado y
Marlenus, en quien había confiado, estaba neutralizado o bien completamente
descartado, utilizando el lenguaje del juego.
Desesperados,
Kazrak y yo discutíamos esa situación. Nos parecía improbable que Ar resistiera
el sitio, pero por lo menos, debíamos intentar una cosa. Salvar a Talena. Se me
ocurrió un nuevo plan.
—Quizá podría
levantarse el sitio —dije— si Pa-Kur fuera atacado por sorpresa, o sea desde
atrás, del lado desprotegido de su ejército.
Kazrak sonrió:
—Efectivamente. ¿Pero de dónde sacamos un ejército?
Titubeé un
instante y dije: —De Ko-ro-ba o quizá de Thentis.
Kazrak me miró
incrédulo: —¿Has perdido la razón? —preguntó— Las Ciudades Libres se cuidarán
de hacerlo. Desean la caída de Ar.
—¿Y qué
ocurrirá —pregunté— cuando Pa-Kur reine sobre la ciudad?
Kazrak frunció
el ceño.
—Pa-Kur no
destruirá a Ar —dije— y hará lo posible para que no se desbande su horda.
Marlenus soñó con un imperio, la ambición de Pa-Kur sólo puede llevar a una
pesadilla de sometimiento.
—Tienes razón
—dijo Kazrak.
—¿Por qué no se
habrían de unir entonces las Ciudades Libres de Gor para vencer a Pa-Kur?
Marlenus ya no representa un peligro; aun si llegara a sobrevivir, no dejaría
de ser un proscrito.
—Pero las
ciudades nunca se unirán.
—No lo han
hecho hasta ahora —dije—, pero espero que sean lo suficientemente razonables
como para reconocer el momento oportuno. Toma este anillo —proseguí, y le di el
aro rojo de metal con el sello de Cabot— Muéstraselo a los administradores de
Ko-ro-ba, Thentis y otras ciudades. Diles que deben levantar el sitio, y que
este pedido procede de Tarl Cabot, guerrero de Ko-ro-ba.
—Probablemente
me empalarán —dijo Kazrak y se levantó—. Pero iré a pesar de todo.
Apesadumbrado,
vi cómo Kazrak se pasó por encima del hombro el cinto de su espada y tomó el
casco: —Adiós, hermano de espada —dijo, se dio la vuelta y abandonó la carpa.
Pocos minutos
después, yo también recogí mis cosas, me puse el casco negro de los Asesinos y
me dirigí hacia el campamento de Pa-Kur. Estaba compuesto de algunas docenas de
carpas de seda negra, situadas sobre una pequeña elevación detrás del segundo
foso.
Ya me había
acercado centenares de veces a ese grupo de carpas, pero ahora quería algo más.
Mi corazón comenzó a palpitar; al fin iba a actuar. Hubiera sido suicida
penetrar a la fuerza en el campamento, pero como Pa-Kur por el momento se
encontraba en las afueras, cerca de la ciudad, quizá podría hacerme pasar por
su mensajero.
Sin titubear me
presenté ante los guardias.
—Un mensaje de
Pa-Kur —dije— para ser entregado a Talena, su futura Ubara.
—Yo se lo
llevaré —respondió uno de los guardianes con desconfianza.
—El mensaje es
para la futura Ubara —dije enojado— ¿Le impides el acceso a un mensajero de
Pa-Kur?
—No te conozco
—gruñó.
—¡Dime tu
nombre! —le exigí.
Siguió un
silencio angustiante; luego el guardián me dejó pasar. Atravesé el portón y
miré a mi alrededor. De inmediato llegué a un segundo portón y fui nuevamente
interrogado; un esclavo de la torre me acompañó a través de las carpas, seguido
por dos guardias.
Nos detuvimos
delante de una carpa resplandeciente de seda amarilla y roja. Me di la vuelta:
—Esperad aquí —dije— Mi mensaje está destinado a la futura Ubara y sólo a ella.
—El corazón me latía violentamente. Me sorprendió que mi voz no delatara tal
emoción.
Entré en la
carpa. En el gran espacio interior se encontraba una jaula. Era un cubo de unos
tres metros. Las pesadas barras de metal estaban cubiertas de plata y adornadas
con piedras preciosas. Una joven estaba sentada sobre un trono, llevaba los
pesados ornamentos de una Ubara.
Una voz
interior me previno. No sé por qué tenía la sensación de que algo extraño
ocurría. Reprimí el impulso de llamarla por su nombre, de correr hasta la
jaula, de tocarla y abrazarla. Tenía que ser Talena, mi amada, a quien
pertenecía mi vida. Y sin embargo me acerqué lentamente, casi sigilosamente. La
figura, de algún modo, me resultaba extraña. ¿Acaso estaría herida o
aletargada? ¿Acaso no me reconocía? Me coloqué delante de la jaula y me quité
el casco. No dio señales de reconocerme.
Mi voz sonaba
apagada: —Soy un mensajero de Pa-Kur —dije— Te manda decir que la ciudad caerá
con brevedad y que entonces reinarás a su lado sobre el trono de Ar.
—Pa-Kur es
bondadoso —dijo la muchacha.
Me sentí
aturdido, prácticamente aplastado en el momento por la astucia de Pa-Kur. Podía
estar agradecido por no haber desoído los consejos de Kazrak. Sí, hubiera sido
un error querer liberar a Talena por la fuerza. La voz de esa joven no era la
voz de mi querida Talena. La muchacha que estaba en la jaula era una
desconocida.
17 - CADENAS DE
ORO
Pa-Kur había
sido más listo que yo. Deprimido, abandoné el campamento del Asesino y regresé
a la carpa de Kazrak. Los días siguientes traté de hacer averiguaciones;
pregunté a esclavos, desafié a espadachines e incurrí en diversas situaciones
peligrosas para obtener la información deseada. Pero en los casos en que, por medio
de la espada o el pago de discotarns de oro, obtuve alguna respuesta, ésta era
siempre la misma, que Talena vivía en la carpa amarilla y roja. Probablemente
sólo Pa-Kur sabía dónde se encontraba realmente la joven.
En mi
desesperación me di cuenta de que con mis apresuradas averiguaciones sólo había
logrado un objetivo. Pa-Kur tenía que saber ahora que alguien se interesaba
desesperadamente por conocer el paradero de la joven, por lo cual el Asesino
extremaría las medidas de seguridad. Durante esos días yo llevaba las simples
vestimentas de un tarnsman; a pesar de ello en más de una ocasión eludí a duras
penas patrullas enviadas por Pa-Kur; por lo general eran conducidas por hombres
a quienes yo había interrogado.
En la carpa de
Kazrak hice un triste balance. Tenía que admitir que el Tarnsman de Marlenus
había sido neutralizado y ya no intervenía en el juego. Reflexioné acerca de la
posibilidad de matar a Pa-Kur, pero eso probablemente no me hubiera acercado a
la meta anhelada.
Fueron días
terribles. No recibía ninguna noticia de Kazrak y las informaciones procedentes
de la ciudad sobre la situación de Marlenus comenzaron a ser contradictorias.
De ello podría deducirse que él y sus hombres habían sido vencidos y que la
torre central se hallaba nuevamente en poder de los Iniciados. Y si aún no
había sido derrotado, eso ocurriría en cualquier momento.
El sitio duraba
ya más de cincuenta días y el primer muro había caído en poder de las fuerzas
de Pa-Kur. Era metódicamente desmantelado en siete lugares diferentes para
brindar acceso a las torres sitiadoras que se aprestaban a atacar el segundo
muro. Adicionalmente se construían centenares de livianos «puentes voladores»;
en el momento del asalto a la ciudad éstos se tenderían entre el primero y
segundo muro y así los guerreros de Pa-Kur podrían pasar del uno al otro.
Corrían rumores de que docenas de túneles llegaban ya mucho más allá del
segundo muro y podían ser abiertos en cualquier momento en diferentes lugares
de la ciudad. Ar tuvo la desgracia de que, precisamente en esos tiempos
difíciles, se encontraba dominada por la más débil de todas las castas, la
Casta de los Iniciados, expertos únicamente en mitología y superstición. Por
relatos de desertores se sabía que detrás de los muros reinaba el hambre y que
el agua escaseaba. Algunos defensores de la ciudad abrían las arterias de los
tarns y bebían su sangre. En nuestro campamento se calculaba que la ciudad
caería en días, en horas. Pero Ar no se rendía.
Creo, en
realidad, que los valientes guerreros de Ar hubieran defendido su ciudad hasta
la última gota de sangre, pero ese no era el designio de los Iniciados.
Sorprendentemente, el Iniciado Supremo de la ciudad apareció sobre los muros.
Alzó un escudo y luego lo colocó delante de sus pies, junto con su lanza. Tal
gesto, de acuerdo con las convenciones goreanas, es el pedido de una
conferencia, de un armisticio, de una suspensión temporal de la lucha. En el
caso de una capitulación, se rompen la correa del escudo y el asta de la lanza,
como señal de que el vencido se encuentra sin armas a merced del vencedor.
Poco después
Pa-Kur apareció sobre el primer muro frente al Iniciado Supremo y realizó los
mismos gestos. Esa noche se intercambiaron mensajeros, y las condiciones de
capitulación quedaron fijadas en notas y conferencias. Al amanecer, en el
campamento, se conocían las principales condiciones. Ar había caído.
En las
negociaciones, a los Iniciados les interesó principalmente garantizar su propia
seguridad e impedir, en lo posible, la devastación de la ciudad. En
consecuencia la primera condición fue que Pa-Kur les concediera una amnistía
general. Pa-Kur, de buena gana, aceptó esa condición; una matanza
indiscriminada de los Iniciados hubiera sido un mal augurio para sus tropas, y
además ellos podrían prestarle valiosos servicios en el control de la
población. Adicionalmente, los Iniciados exigían que la ciudad sólo fuera
ocupada por diez mil soldados armados; los guerreros restantes sólo habrían de
pasar desarmados las puertas de la ciudad. Seguía una cantidad de concesiones y
condiciones complicadas de menor importancia, que en su mayor parte se
relacionaban con el aprovisionamiento de la ciudad y la protección de sus
mercaderes y campesinos.
Pa-Kur, por su
parte, impuso las severas exigencias que en general son propias de un
conquistador goreano. La población debía ser completamente desarmada. Los
oficiales de la Casta de los Guerreros y sus familias, empalados; del resto de
la población, sería ejecutado un hombre de cada diez. Las mil mujeres más
hermosas de la ciudad serían puestas a disposición de Pa-Kur como esclavas de
placer, para su distribución entre los oficiales de más rango. En cuanto a las
restantes mujeres libres, un treinta por ciento, entre las más sanas y
atractivas, serían repartidas entre los soldados; el beneficio económico que
eso reportaría le correspondería a Pa-Kur. Siete mil hombres jóvenes se
incorporarían a las filas de sus esclavos sitiadores. Los niños menores de doce
años serían repartidos al azar entre las demás Ciudades Libres de Gor. Y en
cuanto a los esclavos de Ar, pasarían a poder de quienes les cambiaran el
collar.
Al amanecer,
una imponente procesión abandonó el campamento de Pa-Kur y cuando llegó al
puente principal, sobre el primer foso, comenzaron a abrirse las grandes puertas
de la ciudad. Probablemente yo fuera el único en la inmensa multitud de
espectadores que sentía ganas de llorar, quizá con la excepción de Mintar.
Pa-Kur cabalgaba al frente de los diez mil hombres de las tropas de ocupación.
Su cabalgadura era un tharlarión negro, un animal poco común, adornado de
joyas. Con sorpresa advertí que la enorme procesión se detenía y ocho miembros
de la Casta de los Asesinos acercaron una litera.
Entonces presté
la máxima atención. La litera fue depositada junto al tharlarión de Pa-Kur. De
ella descendió una joven. No tenía velo, y mi corazón dio un vuelco. ¡Era
Talena! Pero no llevaba las vestiduras de una Ubara. Iba descalza y la cubría
un largo manto blanco. Con sorpresa advertí que sus muñecas estaban sujetas por
esposas doradas; de ellas pendía una cadena de oro que Pa-Kur sujeto a la silla
de su tharlarión. Al sordo ritmo de los tambores de tarn la procesión volvió a
ponerse en movimiento, y Talena avanzó con dignidad junto al tharlarión de su
vencedor.
No logré
disimular totalmente mi espanto cuando un jinete montado sobre un tharlarión
comentó en tono divertido: —Una de las condiciones de la capitulación: Talena,
la hija de Marlenus, será empalada.
—¿Pero por qué?
—pregunté—. ¿Acaso no iba a ser la esposa de Pa-Kur, la Ubara de Ar?
—Cuando huyó
Marlenus —contestó el jinete— los Iniciados decidieron que todos los miembros
de su familia fueran empalados—. Sonrió agriamente: —Ahora, para no caer en
descrédito ante los ciudadanos de Ar, han exigido que Pa-Kur respete esa decisión.
—¿Y Pa-Kur ha
accedido?
—Por supuesto,
él acepta cualquier llave que le abra las puertas de la ciudad.
Me sentí
mareado y salí, tambaleándome, a través de las filas de soldados que observaban
la procesión. Corrí por las calles abandonadas del campamento y busqué a ciegas
el camino hasta la carpa de Kazrak. Me arrojé sobre la bolsa de dormir y me
puse a llorar.
Luego mis manos
se aferraron a la tela y sacudí violentamente la cabeza, tratando de librarme
del cúmulo de sentimientos incontrolados. La emoción de volver a ver a Talena y
enterarme del destino que le esperaba había sido demasiado para mí. Tenía que
hacer un esfuerzo para controlarme.
Finalmente me
levanté con lentitud y me puse el casco negro y el uniforme de la Casta de los
Asesinos. Aflojé la espada en la vaina, coloqué el escudo sobre mi brazo
izquierdo y torné mi lanza. Apresuradamente me dirigí hacia el gran corral de
tarns a la entrada del campamento.
Me trajeron mi
tarn. Tenía un resplandor saludable y parecía lleno de energía. Los días de
descanso le habían sentado bien; por otra parte seguramente extrañaba la
inmensidad de las alturas.
Le arrojé al
cuidador un discotarn de oro. Había hecho un buen trabajo. Desconcertado, me
mostró la moneda. Un discotarn de oro equivale a una pequeña fortuna. Me
instalé sobre la silla y me sujeté con firmeza. Le dije al cuidador que se
guardara el dinero, un gesto que le alegró. Además, no esperaba vivir para
gastarlo yo personalmente.
—Quizá me
traiga suerte —dije. Luego tiré de la primera rienda y dejé que el enorme
animal alzara el vuelo.
18 - EN EL
CILINDRO CENTRAL
Cuando el tarn
alcanzó cierta altura, vi el gran campamento, los fosos, los dobles muros de Ar
y la imponente procesión de Pa-Kur; el sol matinal brillaba sobre las armas de
los soldados. Pensé en Marlenus, quien, si es que todavía vivía, podía
contemplar ese espectáculo desde su torre. Deseaba que no supiera qué destino
aguardaba a su hija. Yo haría lo posible para salvarla. ¡Qué habría dado en ese
momento por tener a mi lado a Marlenus y a sus tropas, no importa cuán
reducidas fueran!
Como si
repentinamente las piezas de un rompecabezas encajaran, empecé a ver claro.
Marlenus, por algún camino, había entrado en la ciudad. Durante días había
meditado acerca de esto, y ahora la solución parecía estar a la vista.
¡Los harapos de
los leprosos! ¡Las cuevas de Dar-Kosis detrás de la ciudad! Una de esas cuevas
debía de ser una pista falsa, debía de ocultar un acceso subterráneo a la
ciudad. Probablemente, hacía años, el astuto Ubar se había preparado esa
posibilidad de fuga. Tenía que encontrar la cueva y el túnel y, de alguna
manera, unirme a Marlenus.
Pero antes
tenía que resolver otro asunto. Dejé que mi animal volara en línea recta hacia
los muros de la ciudad. Apenas un minuto más tarde me encontraba, montado sobre
mi tarn, encima del muro interior en la proximidad de la gran puerta. Los
soldados se dispersaron frenéticamente cuando aterricé con mi tarn. Nadie se
atrevió a atacarme. Yo llevaba el uniforme de un guerrero de la Casta de los Asesinos
y, en el lado izquierdo de mi casco, resplandecía la franja dorada de
mensajero.
Sin descender,
pedí hablar con el oficial al mando. Un hombre canoso se acercó cabizbajo; no
le alegraba ser llamado por un enemigo de la ciudad.
—¡Pa-Kur se
acerca a la ciudad! —exclamé. Ar le pertenece.
Los hombres
callaron.
—Le dais la
bienvenida —dije despectivamente— abriéndole la gran puerta, pero no habéis
retirado las redes de tarn. Bajadlas de inmediato para que sus tarnsmanes
puedan entrar sin tropiezos en la ciudad.
—Eso no
figuraba entre las condiciones de capitulación —dijo el oficial.
—Ar ha caído
—dije— Obedece la palabra de Pa-Kur.
—Bien —dijo el
oficial, y se volvió hacia un subordinado— Baja la red.
La orden
recorrió el muro de boca en boca, de torre en torre. Poco después se ponían en
movimiento los grandes cabrestantes, y metro tras metro fue descendiendo la
espantosa red. En cuanto cayó al suelo, fue desmontada y enrollada. Por
supuesto que a mí no me interesaba facilitarles el acceso a los tarnsmanes de
Pa-Kur, que por lo que yo sabía ni siquiera se contaban entre las tropas de
ocupación, sino que quería que el cielo sobre la ciudad estuviera libre para
que yo y otros tuviéramos posibilidad de huir.
Seguí hablando
con tono arrogante: —Pa-Kur desearía saber si el ex Ubar Marlenus vive aún.
—Sí —dijo el
oficial—, en el cilindro central.
—¿Está preso?
—Como si lo
estuviera.
—Procurad que
no huya.
—No huirá —dijo
el hombre— Cincuenta guardias se ocupan de ello.
—¿Y qué pasará
ahora con el techo del cilindro? —pregunté—. Las redes de tarn han sido
bajadas.
—No creo que
Marlenus pueda volar —respondió el oficial.
—¿Adónde
llevará Pa-Kur a la hija del ex Ubar, dónde será ejecutada?
El oficial
señaló un cilindro lejano: —En el Cilindro de la Justicia. La ejecución se
realizará lo antes posible.
El cilindro era
blanco, un color que en Gor es símbolo de imparcialidad. El color también
indicaba que la justicia practicada en esa torre era la justicia de los
Iniciados.
En Gor existen
dos sistemas de derecho, el de la ciudad, bajo la jurisdicción de un
Administrador o Ubar, y el de los Iniciados, bajo la jurisdicción del Iniciado
Supremo de cada ciudad. La división corresponde aproximadamente a la que existe
en nuestro mundo entre derecho civil y canónico.
Advertí aterrorizado
que sobre el techo del Cilindro de la Justicia relucía una lanza de casi quince
metros de largo. En la distancia parecía una aguja brillante.
Volví a
remontarme a las alturas. Había logrado eliminar las redes de tarn de la
ciudad, sabía que Marlenus vivía y controlaba una parte del cilindro central, y
sabía además dónde y cuándo tendría lugar la ejecución de Talena.
Dejé a mis
espaldas los muros de Ar y, al hacerlo, observé consternado que la procesión de
Pa-Kur ya casi había llegado a la ciudad. Vi al tharlarión que montaba Pa-Kur
y, junto a él, a la muchacha vestida de blanco.
Los tres
minutos siguientes me parecieron interminables; pero al cabo me encontré detrás
del campamento de Pa-Kur y comencé a buscar las temidas cuevas de Dar-Kosis,
aquellas prisiones a las que los leprosos podían acudir por su voluntad. Había
varias de esas cuevas, fácilmente reconocibles desde arriba, cavidades grandes,
circulares, como un pozo de agua hundido en la tierra. Al terminar mi búsqueda
había encontrado sólo una cueva no habitada por leprosos. Sin perder tiempo en
reflexionar acerca de un posible peligro de contagio, aterricé con el tarn en
la cueva abandonada.
El gigante
llegó hasta el suelo rocoso; mirando hacia arriba eché un vistazo a lo largo de
las paredes artificialmente alisadas, que de todos lados se alzaban hasta una
altura de unos trescientos metros. Hacía frío allí abajo. En el centro de la
cueva había una cisterna llena hasta la mitad de agua podrida. Por lo que podía
comprobar no existía ninguna posibilidad de abandonar la cueva de Dar-Kosis,
excepto sobre el lomo de un tarn. Si existía una salida secreta, preparada por
Marlenus, al menos no era visible. Y yo no tenía tiempo de mirar detenidamente
a mi alrededor.
Descubrí
algunas de las cavidades que habían sido abiertas en las paredes rocosas de la
cueva y que servían de morada a los leprosos. Desesperado, examiné varias de
esas cavidades; algunas eran pequeñas, otras constaban de tres o cuatro cámaras
conectadas entre sí. Encontré esteras de dormir medio podridas, trozos
herrumbrados de utensilios como sartenes y ollas, pero el pasaje buscado seguía
oculto.
Al abandonar
unas de esas cavidades vi que mi tarn se encontraba en el otro extremo de la
cueva, con la cabeza reclinada hacia un costado con gesto desconcertado. El ave
picoteaba en una roca aparentemente lisa, luego retiraba el pico y repetía
varias veces el movimiento. Después comenzó a moverse de aquí para allá,
mientras sacudía impacientemente las alas.
Corrí a través
de la cueva hacia el lugar donde se encontraba el tarn, y comencé a examinar
detenidamente la roca. Miraba fijamente cada centímetro cuadrado y deslizaba
sobre él mis dedos. Pero no aparecía nada, aunque por cierto flotaba en el aire
un leve olor a tarn.
Durante varios
minutos examiné el muro liso, seguro de que allí se encontraba el secreto.
Desesperado, retrocedí con la esperanza de distinguir, en alguna parte, una
prominencia o cavidad poco común, donde podría encontrarse el mecanismo de
apertura del túnel. Pero no apareció ninguna palanca, manivela u otro
dispositivo.
Extendí mi
búsqueda y recorrí los muros de piedra, los que empero parecían completamente
intactos e impenetrables.
Con una
exclamación repentina corrí hacia donde se encontraba la cisterna poco profunda
en el centro de la cueva, me arrojé de bruces al suelo, hundí mi mano en el
agua fresca y maloliente, y palpé desesperadamente la roca.
Mis dedos
apresaron una manivela, que hice girar apresuradamente. Al mismo tiempo oí
detrás de mí un ruido suave; en alguna parte, un gran peso era levantado
hidráulicamente y mantenido en equilibrio. Ante mi desconcierto, se abrió un
enorme boquete en el muro rocoso. Un imponente trozo de roca se había deslizado
hacia arriba y dejaba al descubierto un gran túnel sombrío, rectangular, que
parecía suficientemente grande como para que en él volara un tarn. Tomé las
riendas de mi animal y lo hice pasar a través de la abertura. Detrás de ella
distinguí una segunda manivela, que hacía juego con el dispositivo de la
cisterna. La hice girar y la gran puerta se cerró detrás de mí. Pensaba guardar
el mayor tiempo posible el secreto del túnel.
Allí abajo no
reinaba una oscuridad total; el túnel estaba iluminado por focos redondos,
protegidos por alambre, que brillaban cada cien metros. Esos focos, inventados
hacía aproximadamente cien años por la Casta de los Constructores, brindan una
luz clara, suave y sólo deben ser remplazados cada dos años.
Monté mi tarn,
que evidentemente se sentía nervioso en ese ambiente extraño. Lo acaricié y le
hablé para tranquilizarlo, aunque no logré que se calmara. Cuando tiré de la
primera rienda, el animal no reaccionó, pero al hacerlo por segunda vez alzó el
vuelo y, al ascender, casi tocó el techo y rozó los muros con las puntas de sus
alas. Mi casco me protegió del granito del techo del túnel. Por último, el tarn
descendió un poco y comenzó a volar con mayor agilidad a través del túnel; los
focos brillaban a mi paso como una cadena centelleante.
Al final de
nuestro vuelo el túnel se ensanchó, convirtiéndose en una cámara enorme,
iluminada por centenares de focos. En la cavidad se encontraba una enorme jaula
de tarns que contenía unos veinte animales gigantescos medio muertos de hambre.
Levantaron la cabeza al vernos y nos examinaron atentamente. El suelo de la
jaula estaba cubierto por los huesos y plumas de aproximadamente quince tarns.
Supuse que debía de tratarse de los animales de Marlenus y sus hombres, que se
encontraban encerrados arriba, en el cilindro central. Privados de alimentos
durante semanas, los tarns finalmente se habían abalanzado sobre sus compañeros
más débiles. El hambre los había convertido en fieras incontrolables.
Quizá yo podría
servirme de esto.
De alguna
manera tenía que liberar a Marlenus. Sabía que si aparecía en el palacio, mi
presencia debía resultarles inexplicable a los guardias, y que allí no podía
hacerme pasar por mensajero de Pa-Kur. De alguna manera debía dispersar o
abatir a sus guardias. De repente se me ocurrió un plan. Sin duda me encontraba
ya debajo del cilindro central, y Marlenus y sus hombres debían de hallarse en
alguna parte por encima de mí. Miré a mi alrededor. Una ancha escalera conducía
hacia una puerta que seguramente constituía el acceso a la torre central.
Satisfecho, comprobé que también era lo suficientemente grande como para el
paso de un tarn. Por suerte, una de las puertas de la jaula de tarns se
encontraba frente a la escalera.
Agarré el
aguijón de tarn y desmonté. Subí las escaleras que conducían al portón del
cilindro, hice girar la manivela y, en cuanto comenzó a moverse la pared, bajé
apresuradamente la escalera, abrí la puerta de la jaula y me refugié detrás de
ella. Pocos segundos más tarde, el primero de los enflaquecidos tarns asomó su
cabeza por la puerta de la jaula. Me miró fijamente con ojos centelleantes.
Para él yo significaba alimento, algo que podía matar y devorar. Caminó
alrededor de la puerta y se dirigió hacia mí. Golpeé al agresor con el aguijón
de tarn, pero el instrumento no parecía surtir efecto. El peligroso pico me
volvía a embestir una y otra vez; el animal levantó sus poderosas garras. El
aguijón de tarn me fue arrancado de la mano.
En ese instante
una gran sombra negra terció en la lucha embistiendo con el pico y con las
garras protegidas por el acero; mi tarn negro, en unos pocos segundos,
trasformó al agresor en un triste montón de plumas. Apoyando una de sus garras
sobre el enemigo vencido, mi tarn lanzó el grito de guerra propio de su raza.
Los demás tarns, que deseaban abandonar la jaula, titubearon. Entonces
advirtieron la puerta abierta que conducía hacia el cilindro.
Entonces uno de
los guardias descubrió la misteriosa abertura que de repente había aparecido en
la pared y dio la señal de alarma. Uno de los tarns famélicos se arrojó sobre
él, y el hombre gritó aterrorizado. Un segundo tarn llegó hasta la puerta y
trató de quitarle su presa al primero. Otros hombres llegaron corriendo y de
inmediato los tarns, casi enloquecidos por el hambre, se precipitaron hacia el
cilindro. Desde la gran sala llegaron hasta mí terribles ruidos de luchas,
gritos de hombres y tarns, silbidos de flechas, golpes violentos de alas y
garras.
Después de
algunos minutos conduje a mi tarn por la escalera y a través de la abertura. La
gran sala, en la planta baja del cilindro, presentaba un aspecto espantoso.
Quince tarns se encontraban posados sobre los restos de unos doce guardias.
Varias aves estaban muertas; otras, alcanzadas por flechas, se movían
convulsivamente en el suelo. No se veía un solo guardia vivo. Los
supervivientes seguramente habían huido, quizá por la ancha escalera que, por
la parte interior del cilindro, conducía hacia arriba.
Dejé mi tarn y
subí los escalones con la espada desenvainada. Al acercarme a la parte del
edificio reservada para uso particular del Ubar, distinguí a unos veinte guardias
delante de una barricada compuesta de basuras y alambre de tarn. Algunos
soldados habían luchado abajo contra los tarns; estaban bañados en sudor; sus
ropas, destrozadas; sus armas, manchadas de sangre. Me veían como al
responsable del peligroso ataque. Sin preguntarme acerca de mi identidad y sin
ningún tipo de protocolo se abalanzaron sobre mí.
—¡Muere,
Asesino! —gritó uno de los hombres, y me atacó con su espada.
Logré eludirlo
y hundir mi espada en su pecho. Los otros hombres se me habían acercado. No
recuerdo claramente los siguientes minutos; los recuerdo como fragmentos de
sueño inconexos, absurdos. Los hombres me atacaron; mi espada, como guiada por
el brazo de un dios, hacía frente a sus aceros, se abría camino hacia arriba.
Uno, dos, tres contrincantes cayeron al suelo, y luego otro y otro. Yo atacaba,
paraba los golpes, y volvía a atacar, mi espada relucía y bebía sangre nueva.
Me parecía como si yo me hallara junto a mí mismo y me observara, Tarl Cabot,
un simple guerrero, un solo hombre. En ese violento delirio de la lucha me
parecía también que yo era muchos hombres a la vez, un ejército, que nadie
podía hacerme frente, como si no me combatieran a mí, sino a algo intangible y
a la vez irresistible, algo que tampoco yo podía percibir claramente, un alud,
una tormenta, una fuerza de la naturaleza, el destino de su mundo, algo a lo
que no lograba dar un nombre, pero que en aquellos instantes no se podía negar
ni controlar.
De pronto me
encontré solo en la escalera, rodeado de muertos. Tomé conciencia de que
sangraba por varias heridas poco profundas.
Lentamente subí
la escalera hasta alcanzar la barricada. Grité en voz alta: —¡Marlenus, Ubar de
Ar!
Con alegría
escuché la voz del Ubar. —¿Quién quiere hablar conmigo?
—¡Tarl de
Bristol! —exclamé.
Silencio.
Limpié mi
espada, la envainé y trepé por encima de la barricada. Lentamente descendí del
otro lado y subí los escalones con las manos vacías; pasé la curva de la
escalera y varios metros encima de mí apareció una puerta ancha, obstruida por
muebles. Detrás de ese baluarte protector apareció el rostro macilento y la
mirada siempre fogosa del Ubar Marlenus. Me quité el casco y lo coloqué sobre
la escalera. Enseguida Marlenus se abalanzó a través de los obstáculos, como si
no fueran otra cosa que leña menuda.
Nos abrazamos
en silencio.
19 - EL DUELO
Acompañado de
Marlenus y de sus hombres bajé apresuradamente a la sala principal del
edificio. Las grandes aves, que habían saciado su hambre, se mostraban
nuevamente accesibles a las órdenes de los hombres, y Marlenus y sus guerreros
pronto lograron hacerse respetar con sus aguijones de tarn. A pesar de la
urgencia de nuestra misión, el Ubar se tomó el tiempo necesario para levantar
una baldosa y mover la manivela que se encontraba debajo. La puerta secreta, a
través de la cual habíamos llegado, se cerró y guardó el secreto del túnel.
Llevamos a
nuestros tarns a una de las grandes ventanas circulares del cilindro. Monté mi
tarn y dejé que alzara el vuelo. Marlenus y sus hombres me imitaron. Un minuto
más tarde habíamos alcanzado el techo del cilindro central y Ar se hallaba a
nuestros pies.
Marlenus estaba
informado, en términos generales, de la situación política. Lanzó una maldición
cuando le informé acerca del destino que le aguardaba a su hija, pero no
parecía dispuesto a acompañarme en el ataque al Cilindro de la Justicia.
—¡Mira!
—exclamó Marlenus—. Las tropas de ocupación de Pa-Kur ya están en la ciudad.
Los hombres de Ar entregan sus armas.
—¿No piensas
salvar a tu hija? —pregunté.
—Toma todos los
hombres que quieras —dijo— pero yo tengo que luchar por mi ciudad: mientras yo
viva Ar no ha de caer.
Se acomodó el
casco sobre la cabeza y se aprestó para la lucha. Momentos después su tarn
salía volando.
Lo llamé, pero
su decisión ya estaba tomada. Iba descendiendo hacia las calles de la ciudad
para volver a movilizar a los ciudadanos de Ar, para exhortarlos a que se
liberaran del yugo traicionero de los Iniciados. Uno por uno lo seguían sus
hombres, un tarnsman detrás de otro, todos dispuestos a morir con su Ubar. Y
también yo habría volado con él, si un compromiso más elevado no hubiera
requerido mi intervención.
Me aprestaba
para la lucha. Sin grandes esperanzas conduje a mi tarn hacia el Cilindro de la
Justicia. Mientras volaba observé, aterrado, cómo las hordas de Pa-Kur se
apretujaban sobre los puentes del primer foso. La luz del sol brillaba sobre
sus armas. Por lo que yo veía, no parecía que los vencedores fueran a respetar
las condiciones de la capitulación. Esa noche Ar estaría en llamas; los cofres,
vaciados; los hombres, apuñalados; las mujeres, en poder de soldados ávidos de
placer.
El Cilindro de
la Justicia era de mármol blanco. Su techo, sobre el que se encontraban unas
doscientas personas, tenía un diámetro de aproximadamente cien metros. Distinguí
las vestiduras blancas de los Iniciados y los uniformes de diversos colores de
los soldados de Ar, y, como manchas negras en esa concentración, la ropa oscura
de la Casta de los Asesinos. La punta de lanza, generalmente visible en lo alto
del cilindro, había sido bajada. Cuando volviera a subir, sostendría el cuerpo
de Talena.
Aterricé con mi
tarn en el centro del techo. Gritando y lanzando violentas maldiciones, los
hombres corrieron a refugiarse en un lugar seguro. En realidad, yo esperaba que
me atacaran de inmediato, pero luego caí en la cuenta de que seguía llevando
las ropas de mensajero.
Talena yacía en
el suelo, con los pies y las manos encadenados. La punta de la lanza de
ejecución se encontraba junto a ella. Cuando aterricé, también habían huido sus
dos verdugos. La joven se encontraba casi al alcance de las alas del tarn, tan
cerca y sin embargo tan alejada de mí.
—¿Qué ocurre
aquí? —exclamó una voz acostumbrada a mandar. Pa-Kur se dio la vuelta.
Lo miré y sentí
dentro de mí una furia inmensa, como de lava que pugna por salir: —¡Hombres de
Ar! —exclamé—. ¡Tened cuidado!
Con un gesto
amplio señalé las multitudes armadas que avanzaban a través del campo, delante
de los muros de la ciudad. Se oyeron gritos enfurecidos.
—¿Quién eres
tú? —exclamó Pa-Kur, y desenvainó su espada.
Me quité el
casco: —Soy Tarl de Bristol —contesté.
El grito de
sorpresa y de alegría que lanzó Talena me tranquilizó indescriptiblemente.
—¡Empaladla!
—gritó Pa-Kur.
En el momento
en que avanzaban los dos robustos verdugos tomé mi lanza y la arrojé con una
fuerza que a mí mismo me pareció increíble. La lanza cruzó el aire como un
rayo, se incrustó en el pecho de uno de los verdugos, traspasó su cuerpo y se
clavó en el corazón del otro.
Un silencio
aterrorizado se apoderó de todos.
Desde abajo
sonaban gritos débiles. Comenzó a olerse a quemado. Se oía estrépito de armas.
—¡Hombres de
Ar! —exclamé— ¡Escuchad! ¡Marlenus, vuestro Ubar, está preparado para la lucha
por la libertad de Ar!
Los hombres de
la ciudad se miraron entre sí.
—¿Queréis
entregar vuestra ciudad? ¿Dejar a merced de los Asesinos vuestra vida y
vuestras mujeres? —pregunté.
—¡Mueran los
Iniciados! —exclamó un hombre y desenvainó su espada.
—¡Mueran los
Asesinos! —dijo otro.
Los Iniciados
retrocedieron aterrorizados. Como por arte de magia los hombres de la ciudad se
iban separando de los otros guerreros. Desenvainaron sus espadas; pronto
comenzó la lucha.
—¡Alto! —tronó
una voz solemne y sonora. Todos se dieron la vuelta. El Iniciado Supremo de Ar
avanzó majestuosamente entre los demás hombres. Era un hombre de rostro
demacrado, increíblemente alto, de mejillas hundidas y bien afeitadas y
ardientes ojos proféticos. —¿Quién pone en duda aquí la voluntad de los Reyes
Sacerdotes? —preguntó.
Nadie
respondió. Los hombres retrocedieron asustados, también Pa-Kur parecía
intimidado. El poder espiritual de ese hombre flotaba en el aire en forma casi
visible.
Si es la
voluntad de los Reyes Sacerdotes —dije— provocar la muerte de una joven
inocente, entonces yo me opongo a esa voluntad.
Tales palabras
aún no habían sido nunca pronunciadas en Gor.
Sobre el
cilindro reinaba un silencio absoluto. El Iniciado Supremo se volvió hacia mí y
alzó un largo dedo esquelético.
—¡Muere por la
muerte llameante! —dijo.
Mi padre y Tarl
el Viejo me habían hablado de esa muerte, del destino legendario que aguardaba
a todos los que se oponen a la voluntad de los Reyes Sacerdotes. Yo sabía muy
poco acerca de los misteriosos Reyes Sacerdotes, pero creía que debían existir,
ya que había sido traído a Gor mediante una tecnología avanzada. Por cierto que
no los consideraba dioses, suponía más bien que eran seres vivos normales, bien
informados acerca de los acontecimientos de este mundo y que de tiempo en
tiempo les manifestaban su voluntad a los goreanos.
Esperé montado
sobre el lomo de mi tarn.
—¡Muere por la
muerte llameante! —repitió el anciano pero su voz se había vuelto insegura, su
gesto tenía algo de patético.
—Quizá ningún
hombre pueda conocer la voluntad de los Reyes Sacerdotes —dije.
—¡Yo dispuse la
muerte de la joven! —gritó el anciano con vehemencia— ¡Matadla! —gritó a los
que lo rodeaban.
Nadie se movió.
Antes que alguno de los presentes pudiera detenerlo, le arrancó la espada a un
Asesino, la cogió con ambas manos y se arrojó hacia donde se encontraba Talena.
Temblaba histéricamente, sus ojos parecían los de un loco, su boca se contraía
convulsivamente, su fe en los Reyes Sacerdotes había sido destruida. El anciano
se preparó para el golpe que debía matar a la joven. Pero en ese instante se vio
envuelto en un resplandor azulado, y ante el terror de todos, parecía que iba a
explotar echando chispas como una bomba viviente. La masa en llamas, que una
vez había sido un ser humano, no emitió ningún sonido; segundos después todo
había concluido y un soplo de viento dispersó algunas partículas de ceniza por
el techo.
Pa-Kur dijo con
voz excesivamente tranquila: —La espada decidirá.
De inmediato me
deslicé de la silla de mi tarn y desenvainé mi espada. Por lo que se decía,
Pa-Kur era la mejor espada de Gor.
Momentos
después se desencadenó una lucha violenta entre los Asesinos de Pa-Kur y los
hombres de la ciudad, que respondieron con violencia al ataque repentino. Eran
una minoría absoluta, pero yo estaba seguro de que sabrían defenderse.
Pa-Kur se aproximó
precavidamente; confiaba en su destreza superior; sin embargo no quería
arriesgarse.
Nuestras
espadas se encontraban casi encima del cuerpo de Talena. Las puntas de las
hojas se tocaron brevemente, una vez, dos veces. Pa-Kur hizo una finta, sin
exponerse, sus ojos parecían observar mi hombro, registrando cómo paraba su
golpe. Una vez más me puso a prueba y pareció satisfecho con el resultado.
Luego probó metódicamente otros golpes; utilizaba su espada casi como una
sonda. En una oportunidad lo ataqué directamente. Con suma facilidad Pa-Kur
desvió el golpe hacia un costado.
Finalmente
retrocedió: —Puedo matarte —dijo, seguro de sí. Podía ser verdad, pero yo más
bien tenía la impresión de que con ese comentario se proponía quitarle
seguridad e iniciativa al adversario.
—¿Cómo podrás
matarme si no te doy la espalda? —respondí. En esa calma exterior debía de
encontrarse una pizca de vanidad.
Pero sólo
coseché un breve centelleo de enfado en sus ojos, seguido por una agria
sonrisa. Nuestros aceros chocaron, el intercambio de golpes era ahora más
rápido. Empecé a preguntarme si su táctica respondía a un motivo especial, si
sus pruebas cuidadosas habían dejado quizás al descubierto algún punto débil de
mi defensa. Pero durante una lucha tales especulaciones son peligrosas. Quería
concentrarme por completo en el movimiento de su espada, sin dejarme intimidar.
Comencé a
presionarlo y él no se opuso; sin ningún esfuerzo paraba mis golpes, sin pasar
por su parte a la ofensiva. Por lo visto deseaba debilitarme a fin de poder
comenzar, sin correr ningún peligro, su propio ataque violento, que era
legendario en Gor.
Mientras
luchábamos, los hombres de Ar hacían retroceder una y otra vez a sus
adversarios, pero desde el interior del cilindro emergían más y más partidarios
de Pa-Kur. Era sólo una cuestión de tiempo que el último defensor de la ciudad
fuera empujado por encima del borde del edificio.
Talena se había
dado la vuelta y, a pesar de estar encadenada, ahora de rodillas, observaba el
combate. El verla me dio nuevas fuerzas, y por primera vez creí notar que
Pa-Kur ya no paraba mis ataques con la misma seguridad que al comienzo.
De repente se
escuchó un ruido como de truenos en el cielo y una enorme sombra flotó sobre
nuestras cabezas, como si el sol hubiera sido oscurecido por una nube. Pa-Kur y
yo nos separamos y miramos precipitadamente hacia arriba. En nuestro duelo nos
habíamos olvidado por completo del mundo exterior. Escuché entonces el grito
alegre: —¡Hermano de espada! —¡Era Kazrak!
—¡Tarl de
Ko-ro-ba! —exclamó una segunda voz familiar, la voz de mi padre.
El cielo estaba
cubierto de tarns. Millares de aves enormes descendían sobre la ciudad, se
derramaban sobre los puentes y las calles, se precipitaban entre las torres,
que ya no estaban protegidas por redes de tarn. A lo lejos vi el campamento de
Pa-Kur envuelto en llamas.
Un ejército
irrumpió sobre los puentes del gran foso. En Ar los hombres de Marlenus por lo
visto habían llegado a la puerta grande, pues se cerró lentamente, separando
las tropas de ocupación de las hordas salvajes que quedaban fuera. La horda
misma se sintió sorprendida y confundida, presa del pánico. Muchos tarnsmanes
de Pa-Kur ya buscaban su salvación huyendo de la ciudad. Las tropas de Pa-Kur
eran mucho más numerosas que las de los agresores, pero les faltaba algún tipo
de liderazgo. Los hombres de Pa-Kur sólo sabían que habían sido sorprendidos y
que ahora eran atacados por tropas disciplinadas, mientras que los tarnsmanes
enemigos podían proceder sin trabas desde arriba.
El tarn de Kazrak
había aterrizado en el techo del cilindro, seguido por mi padre y por otros
cincuenta luchadores. Los Asesinos de Pa-Kur ya estaban entregando sus armas y
eran rápidamente encadenados.
También Pa-Kur
había visto todo esto antes de que volviéramos a enfrentarnos. Yo incliné mi
espada al suelo, en gesto de gracia concedida al vencido. Pero Pa-Kur resolló
despectivamente y volvió al ataque. Yo resistí con paradas diestras y después
de un largo y violento intercambio de golpes, me di cuenta de que podía vencerlo.
Entonces fui yo
quien tomó la iniciativa y empecé a empujarlo hacia atrás; paso a paso nos
acercábamos al borde del cilindro. Le dije tranquilamente: —Puedo matarte—.
Sabía que decía la verdad.
De un golpe
hice saltar su espada, que cayó con estrépito sobre el suelo de mármol.
—Ríndete —dije—
o coge tu espada.
Como una cobra
lista para el ataque, Pa-Kur volvió a coger su arma. La lucha continuó; dos
veces lo herí, la segunda vez casi alcancé la posición que necesitaba. Sólo
faltaban unos pocos golpes y el Asesino yacería sin vida a mis pies.
Pa-Kur también
pareció advertirlo, pues de repente arrojó su espada hacía mí. Me hirió en un
costado y sentí el calor de la sangre que brotaba de la herida. Pa-Kur y yo nos
miramos sin odio. Bien erguido y desarmado se encontraba de pie delante de mí.
—No seré tu
prisionero —dijo. Se volvió y saltó al vacío.
Lentamente me
dirigí hacia el borde del cilindro. No se veía nada del Asesino. Su cuerpo
destrozado sería recogido allí abajo en las calles y empalado públicamente.
Envainé mi
espada, fui hacia donde se encontraba Talena y deshice sus ataduras. Se
encontraba junto a mí, temblorosa; la tomé en mis brazos:
—Te quiero —le
dije.
Estábamos
abrazados.
—Te quiero
—susurró Talena.
Detrás de
nosotros resonó la risa estrepitosa de Marlenus. Talena y yo nos separamos
precipitadamente.
El Ubar me dio
unas palmadas en el hombro. Luego se dirigió hacia donde se encontraba su hija
y tomó su cabeza entre sus manos. —Sí —dijo, como si viera a su hija por
primera vez—. Merece ser la hija de un Ubar. ¡Dadme muchos nietos!
Me volví. Mi
padre me contemplaba cariñosamente. Del campamento de Pa-Kur, que se veía a lo
lejos, no quedaba nada más que un resto de postes carbonizados. Las tropas de
ocupación en la ciudad se habían rendido. Fuera de los muros la horda había
entregado sus armas. Ar estaba a salvo.
Talena me miró.
—¿Qué harás conmigo? —preguntó.
—Te llevo a
Ko-ro-ba —dije— A mi ciudad.
—¿Cómo tu
esclava? —sonrió.
—Si me quieres
tomar, como mi Compañera Libre.
—Te tomo, Tarl
de Ko-ro-ba —dijo Talena— Te tomo como mi Compañero Libre.
Se rió y la
coloqué sobre la silla de mi tarn.
—¿Eres un
guerrero auténtico? —preguntó.
—¡Ya lo
veremos! —respondí riendo.
Actuando según
las rudas costumbres matrimoniales de Gor, ella se resistía, se retorcía
simulando no querer volar conmigo y yo la arrastré a la silla delante de mí.
Con las muñecas y las piernas encadenadas, se encontraba acostada
transversalmente sobre el lomo del tarn, una prisionera indefensa, pero
prisionera por amor y por propia decisión. Los guerreros reían y Marlenus más
que nadie.
—Me parece que
te pertenezco, audaz tarnsman dijo— ¿Qué vas a hacer ahora conmigo?
En lugar de
responderle tiré de la primera rienda y la gran ave se remontó a las alturas,
casi hasta las nubes. Talena exclamó: —¡Ahora, Tarl!
Y aun antes de
dejar la ciudad detrás de nosotros la desencadené y arrojé su manto a las
calles para que su pueblo supiera qué había sido de la hija de su Ubar.
20 - EPÍLOGO
Ya es tiempo de
que el redactor solitario de estas líneas termine su relato, sin amargura y sin
resignación. Aún no he perdido la esperanza de poder quizá regresar algún día a
Gor. Estos últimos párrafos los escribo en un apartamento en Manhattan en el
sexto piso, alejado del tránsito de la calle. Brilla el sol y sé que en alguna
parte detrás de él, contrapuesto a mi planeta natal, existe otro mundo. Y me
pregunto si en ese mundo una muchacha, ahora una mujer, piensa en mí y en los
secretos de mi planeta, acerca de los cuales le he hablado.
Mi destino se
había cumplido: había servido a los Reyes Sacerdotes; un mundo se había
modificado. No me necesitaban más y me enviaron de vuelta. Quizá los Reyes
Sacerdotes de Gor me consideraran peligroso, tal vez se dieran cuenta que yo no
los adoraba, quizá también envidiaran mi amor por Talena.
Gracias a mi
intervención, los ejércitos vencidos de Pa-Kur fueron tratados con mucha
benevolencia. Se devolvieron las Piedras del Hogar de las Doce Ciudades
Sometidas y se les permitió regresar a su patria a los guerreros de esas
ciudades. La mayor parte de los mercenarios fueron retenidos durante un año
como esclavos, y debieron rellenar los grandes fosos y túneles sitiadores y
reparar los muros de Ar. Los oficiales de Pa-Kur no fueron empalados sino
tratados como simples soldados. Los miembros de la Casta de los Asesinos
tuvieron que trabajar como esclavos en las galeras. Extrañamente no pudo
encontrarse el cuerpo de Pa-Kur.
Marlenus se
sometió al Consejo de las Castas Elevadas de su ciudad. Si bien fue revocada la
sentencia de muerte decretada por los Iniciados, fue desterrado de su ciudad
por temor a su ambición de poder. Con unos cincuenta hombres leales a él se
retiró a la Cordillera Voltai, desde donde puede divisar las lejanas torres de
su ciudad. Allí probablemente reine aún hoy, un larl entre los hombres, un rey
expulsado, para sus seguidores el Ubar por excelencia.
Las Ciudades
Libres de Gor nombraron a Kazrak, mi hermano de espada, Administrador
provisional de Ar, una decisión que más tarde fue ratificada por el Consejo Superior.
Cuando Talena y
yo regresamos a Ko-ro-ba, se realizó allí una gran fiesta para celebrar nuestra
unión como Compañeros Libres. Se declaró un día festivo y la ciudad entera lo
celebró. Hasta Torm, el viejo Escriba, me dio la alegría de dejar de lado sus
pergaminos para compartir mi felicidad.
Aquel día
Talena y yo nos juramos fidelidad eterna. He tratado de cumplir esta promesa y
sé que ella también lo ha hecho. Esa noche maravillosa estuvo colmada de
flores, antorchas y vino Ka-la-na, y después de las dulces horas del amor nos
dormimos tiernamente abrazados.
Habrá sido unas
semanas más tarde cuando volví a despertar con una sensación de frío y rigidez
en las montañas de New Hampshire, cerca de la meseta donde había aterrizado la
aeronave plateada. Vestía la misma ropa de excursión que había llevado en
aquella oportunidad; ahora me parecía tosca y estrecha. Los hombres mueren,
pero no por el corazón destrozado, porque si eso fuera cierto yo hace tiempo
que estaría muerto. Dudé que estuviera en mi sano juicio; tenía el temor de que
todo lo ocurrido no fuera más que un sueño terrible. Estaba solo en medio de
las montañas, sentado, con la cabeza apoyada en las manos.
Me levanté con
el corazón oprimido. Entonces vi, junto a mi bota en el pasto, un pequeño objeto
redondo.
Caí de
rodillas, lo tomé en la mano y las lágrimas rodaron por mi rostro; mi corazón
experimentó la alegría más triste que un hombre puede conocer. En mi mano
sostenía el anillo de metal rojo, que llevaba el sello de Cabot, el regalo de
mi padre. Me corté la mano con el anillo y reí de alegría cuando sentí el dolor
y vi la sangre. El anillo era realidad y yo estaba despierto, y existía una
Contratierra y una muchacha llamada Talena.
Cuando regresé
a la ciudad comprobé que había estado fuera durante siete meses. No me deparó
mayores dificultades simular una amnesia y ¿qué otra explicación habría podido
dar sobre el tiempo transcurrido? Pasé algunos días bajo observación en un
hospital y luego fui dado de alta. Decidí que al menos provisionalmente me
mudaría a Nueva York. Mientras tanto, mi puesto en el college había sido
ocupado. Además no sentí deseos de regresar; hubiera tenido que explicar
demasiado.
Le mandé a mi
amigo en el college un cheque en pago por su equipo para acampar que había sido
destruido por la carta azul. Tuvo la amabilidad de ocuparse de que enviaran a
la nueva dirección mis libros y otros objetos de mi propiedad. Al transferir mi
cuenta bancaria, comprobé con sorpresa que habían aumentado considerablemente
los fondos de mi Caja de Ahorros. Desde mi regreso de la Contratierra no he
tenido pues necesidad de trabajar. He aceptado algún puesto ocasionalmente,
pero sólo trabajos que me gustaban y que en cualquier momento podía dejar. Me
dediqué a viajar, leo mucho y me mantengo en forma. Hasta he llegado a ingresar
en un club de esgrima para mantener alerta mi ojo y fuerte mi brazo. A pesar de
que la hoja diminuta, en comparación con la espada goreana, apenas se siente en
la mano.
Han pasado seis
años desde que regresé de la Contratierra, mientras tanto parece que no
envejezco exteriormente. He estado pensando sobre esto y lo he relacionado con
la misteriosa carta de mi padre que llevaba fecha del siglo diecisiete. Quizá
los sueros de la Casta de los Médicos tienen algo que ver al respecto, no lo
sé.
Dos o tres
veces al año regreso a las montañas de New Hampshire para contemplar la gran
roca chata y pasar una noche allí, y para tratar de divisar, quizás, el disco
plateado en el cielo, en el caso de que los Reyes Sacerdotes quieran volver a
llamarme a su mundo. Pero si esto ocurre, lo harán conscientes de que yo no
estoy dispuesto a ser una simple pieza de su gran juego, ¿Quién o qué son los
Reyes Sacerdotes para determinar de tal modo la vida de otros, para dominar un
planeta, infundir terror a las ciudades de un mundo, condenar a hombres a la
muerte llameante y separar a quienes se aman? No importa cuán tremendo sea su
poder, alguien tiene que desafiarlos. Si vuelvo a contemplar alguna vez los
verdes campos de Gor, sé que trataré de resolver el enigma de los Reyes
Sacerdotes. Me internaré en las Montañas Sardar y me enfrentaré con ellos,
quienesquiera que sean.
FIN